Sólo hay algo rescatable de la primavera, que es la huida hacia delante del cambio de armario. Lo demás es convención social, un idilio artificial equiparable al supuesto placer de acartonarse al sol arenero o beberse un gintonic. Todo mentira. Por eso hoy Sabina u otro como él, con el espíritu ya asentado en lo básico, no se preguntaría quién le robó el mes de abril. A fin de cuentas, ¿qué más da? El calendario, a quien echa de menos, es a agosto.

Lo hacemos en realidad todos los futboleros para los que este mes solía ser un oasis de esperanza. Una especie de mañana electoral en la que todos los candidatos se votan creyéndose presidenciables. Uno se precipitaba al 1 de agosto y el vacío lo llenaba de dudas ligeras. ¿Ficharemos este año a Chivu o a Mexes? ¿Cuándo golearemos al Sturm Graz? ¿Quién es ese rubiajo que lleva el 41?

El derecho a la desconexión debería legislarse con urgencia, pero no del trabajo, sino del fútbol

A agosto uno llegaba para relajarse pero ya no le dejan. El derecho a la desconexión debería legislarse con urgencia, pero no del trabajo, sino del fútbol. Para un vikingo es más humano un whatsapp chiringuitero del jefe que una goleada de Guardiola a las 6 de la mañana. No sé cuántos e-mails habría que responder durante el asueto para compensar la infamia de palmar un Madrid-Barça en Benidorm.

La sociedad del espectáculo obligatorio ya no tolera el relax. En 1978 la sensacional planificación de las pretemporadas del Real Madrid en Navacerrada incluía siestas de tres horas y entrenamiento posterior para quien quisiera levantarse tras el «largo descanso».

En la misma línea de vagancia, la hemeroteca dicta que hace diez años la mayor preocupación blanca a estas alturas del año era que el equipo había llegado a Austria sin Antonio Cassano, quien por cierto ha anunciado esta semana que amenaza con retirarse del fútbol profesional. Lo cual imbrica directamente con el género de la doble noticia: seguía dedicándose al fútbol profesional.

Hoy, sin embargo, el madridista entra en el mes de la esperanza sumido en una crisis que no se recuerda desde que en 2005 Vanderlei Luxemburgo consiguió hacer caer al equipo por 3-0 ante el Tokyo Verdy, penúltimo por entonces en la Liga japonesa, ante el escándalo de la prensa deportiva, que acertó en el titular: Harakiri. Aquello no lo resucitó ni la aparición mariana de Robinho en Cádiz, también en agosto.

Ahora que cierra el Congreso y los juzgados sestean, el fútbol emerge como serpiente del verano periodístico haciendo de espejo de una realidad que acostumbraba a aligerar. Ya ni ese lujo se nos permite. Nos han robado el verano y nos lo han cambiado por una sección de Tribunales. No se puede descansar con un partido del año cada tres días, con Cristiano pitado sin ni siquiera pisar el Bernabéu y Villar haciéndole hueco en Soto del Real junto a la cúpula de la RFEF. A la espera del fax, hay que dar gracias a Vitolo y Neymar por mantener vivas las brasas de la tradición.