Un acto por la paz ha revelado el estado moral, llagado, de la sociedad en la que vivimos. La degradación ética, o la inutilidad mental, es descorazonadora. Comportamientos como los que hemos percibido el pasado sábado en Barcelona trascienden la falta de respeto hacia las personalidades congregadas. La ausencia de rigor analítico de quien, sin juicio, lo mezcla todo, hiere la dignidad de las víctimas, pues le resta valor al sacrificio de quienes han muerto para que podamos seguir viviendo como vivimos.

La manifestación de Barcelona fue un anticipo litúrgico de la tensión, palpable, que destila la confrontación entre los que quieren la independencia y quienes la rechazan, y que alcanzará su clímax, primero el 11 de septiembre y, posteriormente, el 1 de octubre. Tampoco fue un homenaje a las víctimas, ausentes de los discursos y cuyos nombres no se citaron. Ni una sola pancarta de condena a los autores de las 16 muertes y el centenar largo de heridos. Ni un sentimiento de repulsa ante el terrorismo. Más bien, fue una argucia ensayada, con eslóganes listos para la próxima Diada: “ElsCatalansNOTenimRei”.

Los independentistas se adueñaron -sin disimulo- del dolor de las familias y de los sentimientos de solidaridad para exhibir sus banderas, sus pancartas, culpabilizar al jefe del Estado y al presidente del Gobierno y ocultar la realidad de los hechos.

Los independentistas se adueñaron del dolor de las familias para exhibir sus banderas

Formalmente, era una manifestación convocada por la alcaldesa. Por razón de la causa, se trataba de un acto cívico suprapartidista, abierto, de protesta contra el terrorismo y a favor de convivir en paz. Nada de todo eso fue así. La regidora había delegado el servicio de orden de la manifestación a una asociación independentista. A partir de ahí, a nadie le puede extrañar que al jefe del Estado le pasearan las pancartas literalmente a un palmo de sus narices. Un acto que no dejaba de ser infantil y contraproducente para los responsables intelectuales de la hazaña.

En esta ocasión, ni el Estado ni la Nación podían permanecer al margen. La presencia del Rey fue discutible para una parte de la opinión, pero su voluntad, sabedor de lo que es el sentido del deber, resulta inobjetable. Su decisión de asistir a la manifestación, no resultaba fácil, puesto que creaba un precedente y planteaba cuestiones de gestión en el futuro. Pero de esta forma se fortalecen afecciones. Parecería como si los reyes tuviesen que legitimarse, parando golpes de Estado o encabezando manifestaciones, cuando a la reina de Inglaterra no se le ha visto en una de estas en casi un siglo de reinado…

Pues sí, el jefe del Estado ha hecho bien estando cerca de las preocupaciones de los ciudadanos y ha acertado compartiendo sus miedos. Echarle la culpa de la matanza tiene el mismo rigor analítico que echarle la culpa al sector automovilístico por fabricar furgonetas o a la industria albaceteña por fabricar cuchillos. Y quienes se sienten españoles han agradecido en las redes sociales esa representación.

Tras los asesinatos en las Ramblas por parte de una célula radical islamista, felizmente neutralizada, la sólida alianza de partidos y asociaciones secesionistas no ha dejado pasar la oportunidad de aprovechar un instante, ciertamente favorable, para dar a conocer en los medios internacionales sus intenciones secesionistas. Pero los atentos observadores, analógicos y digitales, no se han quedado con el embeleco y han extraído intenciones yuxtapuestas al dolor de la ciudad. Así, la edición digital de La Republica, titulaba: Il nazionalismo senza solidarietà (El nacionalismo sin solidaridad).

El despliegue de esteladas y cartelería descarriada, mezclando “nuestros muertos con vuestras ventas de armas”, no venía a cuento. Fue un claro anticipo de próximas maniobras, con los mismos protagonistas e idénticos ausentes.

El Rey ha hecho bien estando cerca de las preocupaciones de los ciudadanos y ha acertado compartiendo sus miedos

El atentado de Barcelona ha colocado el debate independentista en las parrillas de los medios internacionales. Ahí también los rupturistas se han vuelto a equivocar porque su aspiración no va a sumar nuevas adhesiones a la causa, a pesar de los esfuerzos desplegados por el entramado exterior catalán. Los desgraciados atentados y el manejo -torpe y sesgado- de los separatistas les van a pasar factura.

Cuando el clamoreo torna en odio y este se pasa de la raya, mayor es el esfuerzo para contenerle. Pocos se creen los preludios de los tumultos porque muchas veces se originan desde pequeños comienzos cosas muy grandes. Normalmente es mucho mayor el ímpetu con que se precipitan los males que el impulso que le dieron sus autores. Pero no está en la mano de quien arrojó el fuego poner término a sus estragos. Por ello, hay que huir de la violencia, si es que a alguien pudiera interesar activar.

Es fácil presagiar que la algazara será ruidosa en la “Diada de la independencia”. Los países más cercanos van a estar atentos a su desarrollo. Resulta complicado anticipar la magnitud de la borrasca. Lo que sí parece claro es que la agenda atlántica no está para conmociones.

Esa furgoneta nos ha rozado a todos porque, cuando se trata de dolor, la solidaridad no conoce fronteras, reales o imaginarias. Tal vez, entre tanto grito, algunos no pudieron apreciar que en la tarde soleada de Barcelona, sonaba en la Plaza de Cataluña, el bajo sensible y afligido de Peter Thiermann, la emoción transida de El cant dels ocells.