Ningún debate en el Parlamento está de más y éste que se ha celebrado hoy tampoco. Otra cosa son los resultados que se sigan de cada uno de ellos y en este caso son tan evidentes que incluso varios de los portavoces de los grupos lo han subrayado abiertamente. En palabras de Albert Rivera, que reprochaba al PSOE y a Podemos el error de haber convocado este Pleno extraordinario fuera de calendario normal del periodo de sesiones: «Le han regalado ustedes al señor Rajoy un mitin en pleno inicio del curso político».

Y esto ha sido exactamente lo que ha sucedido. En primer lugar porque la habilidad parlamentaria del presidente del Gobierno es bien conocida y esta mañana ha dado una vez más muestras de ello. Y en segundo lugar porque, con la salvedad de Pablo Iglesias, que se ha atenido estrictamente al tema que les había convocado hoy, los demás han sido incapaces de acorralar a Rajoy y, al contrario, le han proporcionado argumentos para devolverles la pelota y marcar un gol. El líder de Podemos le ha hecho al presidente seis preguntas de las que tres, o quizá cuatro, tenían contenido de mucho interés. Y Rajoy no le ha contestado a ninguna con el razonamiento de que esas preguntas ya habían sido respondidas anteriormente tanto en sede parlamentaria como en sede judicial, lo cual no era cierto en todos los casos.

El momento de las preguntas de Iglesias fue en el que la celebración de este Pleno extraordinario tuvo alguna justificación

Aún no sabemos, por ejemplo, por qué motivo el presidente del PP envió el famoso SMS a Luis Bárcenas con el texto «Luis, lo entiendo. Sé fuerte». Eso no lo ha explicado nunca, tampoco lo ha hecho hoy y todos, incluido Iglesias, sabíamos que no lo haría. Pero este de las preguntas de Iglesias fue el momento, breve, en el que la celebración de este Pleno extraordinario tuvo alguna justificación. La cuestión es que estas preguntas, como el resto del debate, podían y debían haberse producido en un momento más adecuado que no hubiera producido la sensación de que el interés prioritario de la oposición es en este momento estirar hasta el límite de lo posible el efecto que haya podido causar en la opinión pública la comparecencia del presidente del Gobierno ante la Audiencia Nacional en calidad de testigo.

Y ahí la debilidad de la estrategia de Podemos y del PSOE, promotores de esta iniciativa parlamentaria, se encontró con la rocosa respuesta de Rajoy: «Oiga, y cuando uno comparece como testigo, ¿tiene que asumir responsabilidades políticas? ¿Yo debo dimitir por haber sido testigo? Yo he sido testigo porque lo han pedido ustedes [el Partido Socialista]». La portavoz Margarita Robles, que nos hizo el regalo de intervenir sin papeles, algo que ya muy pocas de sus señorías hacen, no pudo rebatir eficazmente al presidente porque la ahora portavoz socialista, como él astutamente le apuntó, además de que este Pleno era la consecuencia política de un testimonio de Rajoy ante el tribunal que había sido solicitado por el PSOE, le recordó que ella también había testificado ante la Audiencia en su calidad de secretaria de Estado de Interior en el caso Laza y Zabala, que Rajoy se cuidó de mencionar de manera concreta, pero del que le recordó a Robles que nadie le había reclamado responsabilidad política alguna por ello. Robles cometió el error de emplear demasiado tiempo de su réplica en dar detalles de aquel terrible caso del GAL y personalizar en exceso su respuesta, lo cual permitió al presidente dejar caer la pelota mansamente al otro lado de la red y ganar  ese set.

Pero, al margen del resultado del Pleno de hoy, que ya se daba por sabido antes de empezar, hay que anotar que la señora Robles ha demostrado tener sobradamente la capacidad de hacer un buen papel en su nuevo cometido. Necesita, eso sí, dejar de lado la ingenuidad que acompaña inexorablemente a todos aquellos que han pasado su vida administrando justicia y se atienen a los hechos y a la búsqueda de la verdad como única guía de sus actuaciones. En el Parlamento hay más trampas, muchas más, a las que puede recurrir pero en las que también corre el riesgo de caer.

El picor de ese alfiler no ha justificado este Pleno extraordinario mientras la calle tiene la cabeza puesta puesta en la amenaza del terrorismo

Por lo demás, cada uno fue a lo suyo. Joan Tardá fue a anunciarnos que el 1 de octubre los catalanes van a ir a votar ¡para dejar de lado la corrupción!, que hay  que tener valor para decir eso con lo que ya sabemos de las andanzas de su socio de gobierno en Cataluña. Albert Rivera fue a desmarcarse del PP en la medida de sus posibilidades pero, sobre todo, fue a anunciarnos una batería de proyectos de ley relativos genéricamente a la regeneración democrática que Ciudadanos va a presentar ante la Cámara y para los que pidió el apoyo tanto del PP como de Podemos y del PSOE. Estuvo bien, pero hoy no era el día.

Aitor Esteban, el portavoz del PNV, estuvo muy acertado y explicó por qué había votado a favor de este Pleno en cuya utilidad no creyó nunca pero cuyos votos fueron determinantes para que se convocara. «Es evidente», dijo, que el PP debe explicaciones al país y a sus votantes «por hechos de tal gravedad» que hacen «inevitables» las responsabilidades penales y también políticas. Pero también describió la inutilidad de la convocatoria: «Este pleno va a suponer un insulso trámite en busca de las portadas de los periódicos de mañana», pronosticó. Esteban sí se centró en el asunto por el que habían sido convocados, la corrupción del PP, pero a eso le colgó unas una cuantas crudas consideraciones y otras tantas verdades: «No tenemos [los diputados] ni los medios ni la capacidad, necesitamos las conclusiones de los tribunales. Aquí estamos mareando la perdiz. Este pleno es un mero trámite».

Y esta es, efectivamente, la conclusión final: el intento de Podemos de incorporar al PSOE en encerrar a Rajoy y forzar un poco más su propósito de acorralarle en pos de su dimisión no ha dado resultado. Más bien el interpelado  -«es usted más chulo que un ocho, después de esto, seguro que se fumará un puro», le reconoció Tardá asumiendo así el sentir de la mayoría de los portavoces- salió indemne del debate aunque, eso sí, con la espinita clavada en la espalda de no haber respondido a las preguntas de Pablo Iglesias. Como era de prever. El picor de ese alfiler no ha justificado este Pleno extraordinario mientras la calle tiene la cabeza puesta puesta en la amenaza del terrorismo y en el vértigo del desafío de secesión de los gobernantes catalanes. No es un debate que pasará a la historia del parlamentarismo ni tampoco a la pequeña historia del devenir del Partido Popular.