Después de la brutal derrota sufrida en los comicios parlamentarios de diciembre de 2015, el dictador Nicolás Maduro y sus colaboradores se han empleado a fondo en urdir todo tipo de trampas para impedir que se celebrara cualquier tipo de elección en Venezuela. Y cuando decimos cualquier tipo de elección podemos mencionar incluso las de autoridades universitarias, de renovación de las direcciones de los partidos políticos y los sindicatos.

Maduro sabe que el chavismo que ahora él representa ya no cuenta con el favor popular. Siguiendo las instrucciones de Cuba ha declarado a los cuatro vientos que la grave situación que sufren los venezolanos se debe a una presunta guerra económica en la que el universo se ha aliado en un complot para impedir que Venezuela salga adelante.

Maduro sabe que el chavismo que él representa ya no cuenta con el favor popular»

La triste realidad es que, como era de esperar,  el comunismo no solo acabó con a industria petrolera venezolana y todas las grandes empresas que fueron nacionalizando, sino que hicieron de la escasez de alimentos y medicinas, la hiperinflación y el crimen parte del gravísimo panorama que al pueblo le toca sufrir todos los días.

La ola de manifestaciones que comenzó en abril de 2017 y que concluyó los primeros días de agosto fueron producto de este estado de cosas en las que el venezolano ha perdido todas las libertades y ha visto violar todos los derechos humanos que se listan en la declaración universal que amparan esta delicada y fundamental materia.

Un gobierno sin recursos, más preocupado por pagar el servicio de la colosal deuda externa contraída por Hugo Chávez ha puesto al pueblo en segundo plano. La desnutrición, sobre todo la infantil, la reaparición de enfermedades endémicas previamente erradicadas, la ausencia de insumos para la higiene personal y un sinfín de calamidades han hecho que la mayoría atribuya la responsabilidad de lo que está pasando a Nicolás Maduro.

La protesta ha puesto a Maduro contra la pared y lo obligó a realizar parcialmente unas elecciones regionales que se debieron realizar en diciembre de 2016. La presión internacional, lograda en parte por la violencia con la que las fuerzas represivas de la dictadura atacaron al pueblo venezolano, no le dejaron más espacio.

Por supuesto, guiados por recomendaciones cubanas, Maduro ha posibilitado que estas elecciones regionales se hayan convocado bajo un esquema que divide a la oposición en cuanto a participar o no hacerlo, basado en premisas baladíes que insultan la concepción misma de conceptos fundamentales de la ciencia política como la legitimidad y la eficacia política.

Maduro ha hecho que estas elecciones fuesen convocadas por la ilegal Asamblea Nacional Constituyente»

Para ello, Maduro ha hecho que las elecciones fuesen convocadas por la ilegal y por lo tanto ilegítima Asamblea Nacional Constituyente, órgano que ha sustituido a la legítima Asamblea fruto de las elecciones de diciembre de 2015. De esta manera generó una diatriba interna en la oposición. Unos no muy enterados del concepto de legitimidad y partidarios de la abstención declararon que la participación en las elecciones serviría para legitimar a la ANC de Maduro.

Esta deducción es un exabrupto. No necesita mayores explicaciones que unos comicios que repitieran el nivel de rechazo de 2015 supondrían una bofetada a Maduro y su Asamblea Nacional Constituyente y dejarían claro que son instituciones que generan una descomunal condena de la población. Están convocados a votar 20 millones de venezolanos y han de elegir 23 gobernadores, que el chavismo ha desprovisto de poder real.

Nunca se puede decir que un voto en contra de Maduro lo pueda legitimar ni a él ni a su bodrio constituyente y mucho menos a las corruptísimas rectoras que se prestan para conculcar los derechos electorales de los venezolanos.

Una alta participación, a pesar de las trampas, pondrá de relieve la ilegitimidad de la Asamblea Nacional Constituyente»

Es claro que una alta participación en las elecciones regionales de 2017, a pesar de todos los inconvenientes y trampas descaradas del chavismo, pondrá de relieve la ilegitimidad de una Asamblea Nacional Constituyente, que no tendrá fundamento moral para exigir que los gobernadores electos por el pueblo se sometan a ella. Además expresaría el altísimo nivel de rechazo de lo peor que ha pasado por la Presidencia de la república en Venezuela.

Eso se llama eficacia política. Convertir la acción política en resultados que después hay que saber explotar de cara al proceso de transición que inevitablemente tendrá que suceder en Venezuela.

Quienes claman por la abstención con base en erróneas interpretaciones del concepto de legitimidad no ofrecen esta alternativa como un elemento de eficacia política. Argumentos como que esto traería una intervención de los militares o una acción militar de potencias extranjeras son trampas de trasnochados en las que no debemos caer.

Votar es participación política efectiva y pone al pueblo nuevamente en posición de reclamar la salida de los narcotraficantes que hoy ostentan el poder en Venezuela.

Votar es agarrar el toro por lo cachos y demandar de la dirigencia opositora acciones concretas para salir de Maduro y sus complices.

Las elecciones del 15 de octubre son otro clavo para el ataúd del chavismo.


José V. Carrasquero A. es profesor de Ciencia Política, USB y UCAB, y consultor en opinión pública

@botellazo