Recuerdo cuando nos parecía normal que los niños fueran a las manifestaciones contra el Gobierno acompañados de sus profesores. “¡No a la guerra!”, “¡No a la guerra!”, gritaban aquellos muchachos, como si fuera una canción que les hubieran enseñado en el colegio. Y seguramente allí también corearan el cántico que hace casi 15 años recorría las calles de toda España. En aquel febrero de 2003, las calles españolas estaban abarrotadas de pancartas que pedían Paz. También los colegios y las universidades.

Recuerdo cuando nos parecía normal que los niños fueran a las manifestaciones contra el Gobierno acompañados de sus profesores

Según los convocantes, la manifestación del ‘No a la guerra’ reunió a casi dos millones de personas solo en la capital. Aunque fuera solo la mitad, ya es casualidad que me encontrara con varios profesores del que había sido mi colegio en una Gran Vía abarrotada. En clase habían hecho pancartas, debates y murales contra la guerra de Irak, aquella a la que el presidente José María Aznar le pareció buena idea embarcar a España. Yo ya estaba en la universidad, donde por supuesto también nos habíamos movilizado pidiendo paz y faltado a clase en su nombre todo lo que nos había parecido necesario. En centros educativos de toda España se sucedían las pancartas y los carteles que pedían a Aznar que no bombardeara Irak.

¿Estaban aquellos maestros adoctrinando a los niños en un asunto político? Sin duda. Lo hacían porque creían que con ello inculcaban valores fundamentales a sus alumnos: los derechos humanos. También a ellos apelan ahora los profesores que defienden mensajes independentistas en las aulas catalanas colgando pancartas que piden Democracia.

Creo que para entender lo que están pasando muchas familias en Cataluña puede ayudar pensar en aquella España dividida por la guerra de Irak que los que conocimos el mundo antes de Google aún tenemos edad de recordar. Entonces también había amigos que se dejaban de hablar por el bombardeo del Trío de las Azores. La sociedad estaba muy polarizada y en casa, en el trabajo y en la escuela, cada uno defendía sus ideas con las tripas. Solo se podía estar a favor o en contra de la guerra. No había otra opción. Si hubieran existido entonces los grupos de Whatsapp no quiero ni pensar lo que habrían pasado los equidistantes.

La escuela tiene un problema cuando lo tiene la sociedad a la que representa. Y viceversa

No me sorprende que la escuela catalana esté politizada. Y mucho menos que lo esté la universidad. La Generalitat lleva años esforzándose a conciencia para que así sea. Tampoco me extraña que los independentistas lleven a los niños a las manifestaciones: hace 15 años también los veía por Gran Vía de la mano de sus padres, convencidos de que gritando “¡No a la guerra!” les enseñaban a luchar por un mundo mejor.

Lo sorprendente es que a gran parte de la sociedad catalana (incluidos sus maestros) no la movilizan mensajes defendiendo la paz, sino una hoja de ruta nacionalista, materia prima de tantas guerras. Y que no sea fruto de una movilización espontánea sino el reflejo de una política sistemática desde la Consellería de Educación no resta un ápice de convencimiento a los maestros independentistas que transmiten sus ideas a los niños convencidos de ser más demócratas por ello.

La escuela es el corazón de una sociedad. Un reflejo de los valores que esta defiende y considera justos. Y si esa sociedad tiene un problema, la escuela, claro, también.