Hoy es la última oportunidad para arañar esos votos que quedan en el fondo del cesto electoral y que, en esta ocasión, pueden provocar un vuelco de dimensiones históricas en la vida política de Cataluña.  Es verdad que el PP tiene en el aire no menos de tres escaños que, si sus electores naturales se inclinan esta vez por apoyar a  Ciudadanos, pueden ir a parar directamente al zurrón de los partidos independentistas, lo cual sería un auténtico drama no sólo para Mariano Rajoy y para Xavier García Albiol, sino también una desgracia para Albert Rivera e Inés Arrimadas, quien no sólo no obtendría más escaños sino que vería cómo sus adversarios políticos se nutrían de los votos  en principio destinados a fortalecer su candidatura.

Estos son los inconvenientes de la ley de D´Hont pero sobre todo son las consecuencias de haber hecho una campaña en la que los constitucionalistas han huido como de la peste, con razón, de presentarse como un bloque. Pero es  que no se puede pedir a los ciudadanos que se conviertan en finos estudiosos y depositen sus votos con alma de alquimistas, como quien está extrayendo la esencia de la madera de boj. El votante se inclina hacia quien le parece que mejor representa sus esperanzas políticas y no tiene por qué saber nada más ni está en condiciones de averiguarlo.

En esta campaña, los constitucionalistas han huido como de la peste de presentarse como un bloque

Este de los votos que se van a repartir a los restos no es más que el último ribete dramático de una campaña que será irrepetible porque nunca se había dado, ni se volverá a dar, tal cúmulo de anomalías y de situaciones excepcionales. Para empezar, son unas elecciones autonómicas convocadas no por el presidente de la comunidad, como manda la Constitución, sino por el presidente del Gobierno de España, quien previamente se ha visto obligado a suspender al gobierno legítimamente elegido de la comunidad porque ese gobierno ha optado por situarse al margen de la ley, violentando deliberadamente incumpliendo su Estatuto de Autonomía y la propia Constitución. Y lo ha hecho, además, con plena conciencia de su incumplimiento y habiendo desobedecido reiterada, consciente y retadoramente las sucesivas sentencias del Tribunal Constitucional.

Pero antes de que se produjera esta inmensa anomalía habían sucedido muchas otras cosas, entre ellas, la puesta en práctica de un plan minuciosamente preparado durante años y convenientemente regado desde el poder con dinero público con el objetivo de instaurar en el seno de la sociedad catalana un estado de opinión unívoco, lo cual ha sido parcialmente conseguido por el procedimiento de adoctrinar a las nuevas generaciones en el rechazo a España engañándolas con falsedades mil veces repetidas y ayudándose de una política de amedrentamiento de todos aquellos ciudadanos que no han llegado a comulgar con la verdad independentista.

Nunca hasta ahora desde 1980 había existido la posibilidad de que un partido no nacionalista pudiera ser la primera fuerza en votos

En este clima, democráticamente brutal y políticamente patológico, se van a abrir este jueves las urnas. Y, sin embargo, y a pesar de lo que los sondeos puedan apuntar de incertidumbre y miedo al fracaso en el ánimo de quienes defienden las libertades de la España democrática, próspera y pacífica que casi 40 años de Constitución nos han proporcionado, hay que decir que los ciudadanos libres e iguales no habían recorrido en todos estos años en Cataluña un trecho tan largo  y con tanto éxito. Nunca hasta ahora desde 1980 había existido la posibilidad de que un partido no nacionalista pudiera ser la primera fuerza en votos. Nunca se habían planteado dudas sobre posibles pactos post electorales que pudieran arrebatarle al secesionismo el poder. Pero eso es lo que está sucediendo hoy y, sea cual sea el resultado final,  ése es un avance extraordinario, aunque no el único.

Otro avance formidable es el hecho de que ya nada podrá volver a ser como ha sido en estos dos últimos años. Una vez desenmascarado el propósito de los independentistas y conocidas todas sus actividades realizadas bajo capa, ningún gobierno de España volverá a cometer las siderales ingenuidades en las que, uno tras otro, han ido cayendo sistemáticamente todos los Ejecutivos desde la recuperación de la democracia en relación con las reclamaciones de los nacionalistas convertidos finalmente en activistas de la independencia.

Una vez que los dirigentes de esos partidos han comprobado que sus mentiras han quedado desnudas bajo la luz de la realidad, tendrán muy difícil volver a vender a sus parroquias la mercancía averiada de aquella Tierra Prometida que ha resultado ser un erial triste. Y no importa que su clientela natural haya optado por cerrar los ojos ante unos hechos que no admiten discusión y persistan en envolverse en el victimismo y en el recordatorio de los malos tratos a los que supuestamente han sido sometidos los catalanes pata negra por los “fascistas”, que son todos los demás que no piensan como ellos.

Gane quien gane, gobierne quien gobierne, será inevitable manejar otras cartas, hablar otro lenguaje

No importa, porque la realidad ha demostrado que en esa comunidad hay una parte importantísima de la población que quiere seguir siendo parte de España y nadie podrá arrogarse de ahora en adelante la potestad de hablar con una sóla voz en nombre de un sólo pueblo; no importa, porque todos, hasta los más ciegos, han visto cómo la independencia prometida no contaba con el reconocimiento de ningún país del mundo, salvo la muy relevante e influyente en el concierto internacional Osetia del Sur; no importa, porque ha quedado claro que la política secesionista que prometía a los catalanes prosperidad, flores y miel no ha traído más que muy serios daños económicos a la población, daños cuyos efectos tardarán en subsanarse; y no importa, porque ya se ha comprobado que en un Estado de Derecho como es España, quien transgrede las leyes es sancionado por unos tribunales que hacen su trabajo con independencia de lo que convenga al poder político; no importa, porque ya nadie duda de que el desagarro social provocado por esos delirios suicidas no ha traído a Cataluña nada más que sufrimiento y parálisis. En definitiva, por más que se empecinen en no abrir los ojos, no importa porque todos ellos saben que su apuesta ha fracasado.

Por lo tanto, gane quien gane estas elecciones, gobierne quien gobierne, será inevitable manejar otras cartas, hablar otro lenguaje. Será difícil y será larga la tarea y, aunque el escenario final es todavía una incógnita, lo que es seguro es que todos los elementos que lo componen han cambiado de una manera muy profunda y ya para siempre. Esto es lo que ya hemos ganado quienes creemos en una España libre, tolerante, pacífica y europea. Y no es poco.