Más sorprendente aún que la chulería con la que Rodrigo Rato ha ido al Congreso a dar un mitin sobre por qué todo el mundo menos él tiene la culpa de la quiebra de Bankia, es que haya podido hacerlo a sus anchas y sin límite de tiempo. El ex vicepresidente del Gobierno detrás del presunto milagro económico español empezó a dar lecciones a sus señorías a las nueve y media de la mañana y terminó de desahogarse justo a la hora de comer. Echar broncas le abre el apetito.

Con el descaro de quien se cree por encima del bien y del mal, sobre todo del mal, Rato se ha jactado de que el hundimiento de Bankia no fue “un saqueo” sino “el mercado”. Tiene delito que haya que aguantar lecciones macroeconómicas de alguien que ya ha sido condenado a cuatro años y medio de cárcel por apropiación indebida tras haber “dilapidado”, según la Audiencia Nacional, el patrimonio de Caja Madrid con las tarjetas black.

Con el descaro de quien se cree por encima del bien y del mal, sobre todo del mal, Rato se ha jactado de que el hundimiento de Bankia fue “el mercado”

Desplegando un inusitado superávit de soberbia a modo de capa de invisibilidad que tape los múltiples delitos de los que aún se le acusa (Rato está siendo investigado por la Policía Antifraude, por Hacienda y por la Fiscalía por un presunto delito de blanqueo de capitales), el ex presidente de Bankia ha aprovechado para repartir culpas. Y ha identificado a los responsables de todos sus males, los de la entidad que dejó al borde del colapso y de paso también de la crisis que tambaleó el euro y la economía española. Los malos de la película que le han dejado montarse en la Comisión de Investigación son el Banco de España, Luis de Guindos y el Gobierno de Zapatero.

No ha ido Rato a dar explicaciones ante una Comisión de Investigación. Ni mucho menos a pedir disculpas a los españoles. Ha ido a ajustar cuentas con el PP. El tono de perdonavidas que ha  utilizado en sus cuatro horas de comparecencia deja entrever más bien un aviso para navegantes. Como se siente víctima de una conspiración en su contra y traicionado por su partido, le ha dado un toque al Gobierno de Rajoy acusándole directamente de haber confabulado para meterlo en la cárcel.

Todavía Hacienda le tiene que decir cuánto dinero le debe, porque según Rato nadie se lo ha dicho. El cálculo que hace un año hizo la Policía Antifraude, sin embargo, aclara que el que fuera mano derecha de José María Aznar y durante un tiempo su favorito para sucederle, no habría declarado en el IRPF un total de 14 millones de euros. Con todas las causas que acumula Rato es comprensible que le bailen las cifras. Se lo recordamos sin problemas: el dinero defraudado entre 2004 y 2015 ascendería a 6,8 millones de euros. Todos los años, salvo 2005, superó los 120.000 euros de delito fiscal.

No ha ido Rato a dar explicaciones ante una Comisión de Investigación. Ni mucho menos a pedir disculpas a los españoles. Ha ido a ajustar cuentas con el PP

Según las investigaciones de la Policía Antifraude, dependiente del Ministerio de Hacienda, el patrimonio de Rato engordó gracias al tráfico de divisas, a sus trabajos como conferenciante y a actividades empresariales no declaradas. Claro, que no es lo mismo que a uno le traten como a un delincuente informándole por los cauces judiciales oportunos que en una reunión privada. No es fácil ser un proscrito, sobre todo si uno estaba acostumbrado a que lo trataran como a un ministro o, cuando dejó de serlo, lo siguieran recibiendo como tal, como cuando hace un par de veranos Jorge Fernández Díaz se reunió con Rato en el despacho del ministro del Interior.

La capa de invisibilidad de la chulería, sin embargo, no funciona fuera del Congreso. Ni le va a servir a Rato ante los jueces y abogados a los que no se puede permitir hablar con la soberbia que le ha dedicado a los diputados.