Él pidió personalmente declarar ante la comisión que investiga en el Congreso la financiación ilegal del PP, y les advirtió a los suyos en la cárcel de Valdemoro: “La voy a liar”. Y vaya si cumplió su palabra. Ante sus señorías se mostró como es, no el mayor corrupto de España, no el muñeco roto de Correa y Camps, no como el amigo de Alejandro Agag y mucho menos como la prensa lo ha señalado: El Bigotes. Nada de eso. Se presentó vehemente, sarcástico, hasta divertido, bromeando hasta de su sombra, pero a la vez el Álvaro Pérez profesional, inteligente y sobradamente preparado. Era uno de los profesionales más cotizados en España organizando eventos, hasta que la Gürtel le llevó al ostracismo.

Empezó respondiendo a la pregunta del diputado socialista: “¿Cómo conoció a Correa?”. Y dijo: “Me lo presentó Alejandro Agag en un cabaret”. A partir de ahí mucho sarcasmo e ironía, que le han mantenido lúcido en los peores momentos. La sociedad no le perdona su alto poder adquisitivo, su esmoquin en la boda de la hija de Aznar, sus bigotes, incluso que su tío fuese Andrés Pajares. Hasta se inventaron que había salido como actor en la película Los Bingueros, un hecho completamente falso pero que nadie se ha preocupado en comprobar.

No tiene nada que perder: cumple condena de doce años ‘por haber montado un stand en FITUR’ y le caerán más porque en España hay corruptos oficiales y él está entre ellos

Ya no tiene nada que perder, cumple condena de doce años de cárcel como dice él “por haber montado un stand en FITUR” y le caerán nuevas condenas porque en España hay corruptos oficiales, y él está entre ellos. Como dijo ante los diputados “pasé de ser persona a ser apestado”. Dejó claro hasta que él había pagado los trajes a Francisco Camps -“el curita” le llama-, “pero si el Supremo dice que no, yo no soy nadie para llevarle la contraria”.

Los delitos de Álvaro Pérez han sido tratar como en la empresa privada a cargos públicos, repartir regalos a sus mejores clientes, corbatas, bolsos, perfumes, coches, vinos, trajes… Pero el delito no estaba en quien los ofrecía, sino en el cargo público que no solo los aceptaba, sino que le hacía pedidos a domicilio, como cuando Ricardo Costa le pidió 100 gramos de caviar “para la cena de medianoche”.

Lo dijo en el Congreso: “Yo nunca le dije al PP cómo tenía que pagar, es el PP el que me dijo cómo tenía que cobrar”. Así era, a través de un listado de empresarios. “Los atizantes” les llama él. Y lo que pagaban lo llamó “el mondongo”, el dinero. En el vocabulario utilizado en los pinchazos telefónicos que constan en el sumario del caso, usaban la palabra “Alicante” para referirse al dinero en A y “Barcelona” para señalar el B. “Magdalenas y bizcochos” eran las palabras para referirse al dinero que pagaban los empresarios que también tenían mote, se les llamaba “la fábrica de galletas”. Finalmente, “el parque” lo usaban para referirse a una caja de seguridad en una sucursal del Banco de Santander en Valencia donde el PP supuestamente acumulaba todo el dinero negro que pagaban los empresarios.

Pero todo esto es solo ruido de fuegos de artificio que nos hacen perder la atención en lo principal, son divertimento para la prensa. Lo importante es que los empresarios que pagaban siguen en sus casas, y algunos son intocables, y los nombró Álvaro Pérez. Y lo que es peor, los políticos que organizaron la trama siguen libres y alguno ni siquiera está imputado, mientras los contratados de la empresa privada cumplen decenas de años de condena, marcados para el resto de sus vidas como corruptos.

Tras el caso Gürtel cualquier empresario de éxito se negará a trabajar con algunos partidos políticos, visto el canibalismo que practican con los suyos y sus colaboradores.

Álvaro Pérez demostró dignidad humana cuando dijo que “no le deseo la cárcel ni a mi peor enemigo”. Incluso llegó a pedir la libertad para Oriol Junqueras. Al igual que tantos presos recién llegados, pidió dignidad para los presos que pasan frío, que están cinco horas de viaje para un simple traslado a los juzgados y que sufren la indignidad del sistema, acusando de desinterés a los diputados que le escuchaban.

Se desahogó y sin prisas, porque sus clases de cocina en Valdemoro las tiene ya muy avanzadas y como dijo “ahora estoy con el rebozado”. Y porque lo ha pasado tan mal que cualquier foro “con calefacción” donde quieran escucharle es bienvenido.

Álvaro Pérez, a pesar del estereotipo de la prensa, sigue mirando al frente mientras su familia cambia de vivienda y sus hijos de escuela por no poder pagarla, mientras lucha contra el cáncer de próstata al que vence día a día pero que le obliga a orinar de forma constante y mientras recompone su vida para el futuro, lejos de los focos, de los medios y sobre todo de los políticos.