La segunda parte de este artículo, publicado tres horas antes de que Carles Puigdemont anunciara su retirada, incluía una afirmación que va a servir para encabezar el actual añadido, que es algo obligado después de que el fugado en Bruselas haya hecho pública esta tarde su intervención. Decía así: «Lo que diga Puigdemont esta noche será un capítulo más de la ficción que se afanan por fabricarse para disfrazar el hecho de que, como es natural, han sido felizmente derrotados por el Estado de Derecho».

Y, efectivamente, así ha sido. Puigdemont se ha constituido en el «activista mayor» que se dispone a llevar su verdad por el mundo, al modo en que los apóstoles hicieron lo propio en tiempos de Jesucristo. Con una leve diferencia: que los apóstoles tuvieron un éxito arrollador que perdura hasta nuestros días y que la doctrina que predicaron sentó las bases de lo que se conoce como civilización cristiana y el pobre Puigdemont ya ha tenido sobradas ocasiones de haber saboreado las hieles del fracaso en todos los intentos que el independentismo catalán ha hecho -y han sido muchos y financiados con muchos millones de euros- para lo que ellos llaman «internacionalizar el conflicto».

El activista mayor va a pedir que la ONU reconozca el derecho de autodeterminación de Cataluña

Ahora anuncia que un equipo de abogados internacional ha presentado ya una demanda contra el Estado español «ante el comité de los Derechos Humanos de las Naciones Unidas por la violación de la declaración universal de los derechos humanos y de la Carta de los Derechos Civiles y Políticos, instrumentos que reconocen expresamente el derecho a la autodeterminación». Así que el activista mayor va a pedir que la ONU reconozca el derecho de autodeterminación de Cataluña respecto de España. Si esa es su gran baza será muy interesante comprobar la respuesta que las Naciones Unidas le dan.

Lo verdaderamente relevante de su anuncio es que evidencia el hecho de que ha asumido de manera irreversible que su vida política se ha acabado -resultó patética su afirmación de que renunciaba  de «manera provisional» a  su candidatura a la presidencia- y que ahora se va a orientar a vender su mercancía por el mundo adelante, eso sí, teniendo buen cuidado de no salir de Bélgica porque en cuanto ponga en pie en otro país con menos recovecos judiciales lo mandan derecho a España donde le esperan los tribunales y la cárcel.

Todo lo demás es farfolla, agresiva, insultante, embustera, todo lo que se quiera, pero farfolla al fin y al cabo

Todo lo demás es farfolla, agresiva, insultante, embustera, todo lo que se quiera, pero farfolla al fin y al cabo. Porque el gobierno que se constituya en Cataluña -desde luego sin Jordi Sánchez como presidente- ya tendrá buen cuidado de no mantener en absoluto ninguna clase de relación de subordinación con Puigdemont ni con ese que él ha llamado Consejo de la República porque quienes participaran de semejante fraude serían inmediatamente acusados de usurpación de funciones y los que desde España se hubieran sometido a esa actividad fraudulenta cometerían un delito por el que tendrían que dar cuenta ante los tribunales de Justicia. Por lo tanto, por mucho que él esfuerce, en un intento inútil, en dirigir la vida política de la Generalitat, ya tendrán buen cuidado el nuevo presidente y los nuevos consejeros en no permitirlo en absoluto, por la cuenta que les trae.

Lo demás, eso de que no renunciará, no claudicará y demás protestas de resistencia, no son más que las que cabe esperar de una retirada en toda regla, auspiciada por el Gobierno pero también por sus propios compañeros de viaje hacia la independencia, que no veían el modo de quitárselo de encima como por fin han conseguido.

Ahora queda despejar la incógnita de Sánchez y su solicitud de libertad al juez instructor del Tribunal Supremo. Es muy, pero que muy improbable que Pablo Llarena acceda a permitirle presentarse a una sesión de investidura porque es un preso preventivo y esa prevención se deriva precisamente del riesgo de reiteración delictiva, lo que en el caso hipotético de que asumiera la presidencia de la Generalitat y habida cuenta de que el señor Sánchez es el número dos de una candidatura en la que el número uno acaba de declarar que va a «defender la legitimidad de la República catalana», la sospecha de que puede reiterarse en el delito deja de ser tal sospecha para convertirse en una certeza meridiana. En definitiva, si el señor Sánchez lo tenía difícil, las palabras de Puigdemont le han dado unas cuantas vueltas más a la llave del candado de su celda.

Pero no hay que engañarse: tanto el activista fugado como todos los demás saben que la opción Sánchez es la última pirueta de los recalcitrantes y que, superada esa casilla -ahora se dice esa pantalla- se entrará ya en el terreno de la elección de un candidato operativo dentro de lo posible.

Por lo demás, y en lo referente a lo sucedido por la mañana en el Parlamento catalán, será la Fiscalía la que tendrá que decir si  vulnera de lleno las resoluciones del Tribunal Constitucional o, como han pretendido conseguir los autores de la maniobra, el hecho de que la enmienda inicial presentada por la CUP haya sido admitida a trámite pero finalmente no haya sido traslada al Pleno para su votación, libra al señor Torrent de la responsabilidad penal en la que sin duda habría incurrido haberle dado curso hasta su votación. Que la cosa no está clara lo demuestra el que el Gobierno haya hecho saber que está estudiando atentamente lo sucedido para determinar su actuación posterior. Bien, es cuestión de esperar, porque doctores tiene la Iglesia para concluir si en la mañana del jueves 1 de marzo ciertos miembros de la Mesa vulneraron o no la ley.

Ése es un debate que quedará resuelto más pronto que tarde pero el análisis político de lo sucedido se puede hacer inmediatamente. Y queda claro una vez más que el independentismo da vueltas y más vueltas dentro de su propio laberinto, del que no se atreven a salir porque lo que les espera fuera es la constatación de su rotundo fracaso y la obligación de explicar a sus seguidores que todo lo llevado a cabo durante los últimos dos años ha sido una farsa alimentada sobre una ignorancia imperdonable basada en el estúpido convencimiento de que podían doblar el pulso al Estado a base de practicar el haka, el ritual maorí que los jugadores de rugby de Nueva Zelanda ejecutan antes de cada partido para acoquinar al adversario. Eso, en el mejor de los casos, sólo pone de manifiesto la escasa preparación política y académica de sus impulsores. Y, en el peor, desvela el grado de cinismo y deshonestidad para con los suyos practicada por quienes llevan muchísimos años viviendo ¡y cobrando!  a costa del procés.

Al final, de este pleno forzado por Ciudadanos ha salido un reconocimiento a la «legitimidad» del fugado de Waterloo, que es tanto como silbarle al viento, pero el parlamento también ha avalado el calificado como «referéndum de autodeterminación» del 1 de octubre y reivindicado algo llamado «la acción republicana» sin más precisiones de en qué va a consistir en términos políticos y parlamentarios esa llamada acción que lo probable es que se limite a desarrollarse en su lugar natural, que es la calle. En definitiva, nada entre dos platos.

La CUP, con sólo dos de sus cuatro diputados, tiene cogidos por el gaznate a todos los diputados secesionistas, que se pliegan a sus exigencias

Pero sí se han constatado algunas cosas que conviene subrayar. Una, que el señor Torrent no tiene la formación mínima imprescindible para permitirle comprender de un primer vistazo el berenjenal en el que se puede haber metido y en el que se puede meter en el futuro si no anda listo. Porque ayer la CUP le pilló los dedos y le ha puesto al borde de tener que comparecer ante los tribunales, que ya veremos si la Fiscalía lo determina o no. Dos, que la CUP, con sólo dos de sus cuatro diputados, tiene cogidos por el gaznate a todos los diputados secesionistas, que se pliegan a sus exigencias porque en caso contrario no podrían ni siquiera formar gobierno. En esto estamos como en la anterior legislatura, un poco peor si cabe porque lo previsible es que todas las decisiones relevantes de ese futuro gobierno tendrán que pasar el fielato cupero. Y tres, que el independentismo está preso de su propia trampa y no sabe si podrá algún día salir de ella.

Desde este lado de la barrera, el Gobierno va a seguir defendiendo el respeto a las leyes, al Estatuto catalán y a la Constitución, y los tribunales, los de primera instancia, los superiores de la autonomía, el Tribunal Supremo y el Tribunal Constitucional van a seguir obligando a que esas leyes se cumplan y a imponer las sanciones correspondientes a quienes no lo hagan. De modo que por aquí no hay novedad ni cambio alguno. Es del otro lado de la ley desde donde tienen que asumir de una vez por todas que no hay espacio posible fuera del marco legal. Podrán hacer todas las declaraciones que se les ocurran, podrán fabricar lazos amarillos en todos los formatos, podrán entronizar al fugado de Waterloo en una peana cubierta de armiño y rodearlo de los demás fugados y de un coro añadido de gallifantes. Pero, como dice un chiste que no puedo reproducir porque es un poco chabacano, eso sí, siempre …. cumpliendo la ley por parte del gobierno que finalmente constituyan.

El independentismo está preso de su propia trampa y no sabe si podrá algún día salir de ella

El espectáculo que lleva meses ofreciendo al público este independentismo desnortado, entre el rechazo unánime del mundo entero, incapaz de enderezarse y encontrar una salida digna y razonable, perdido en sus propias trifulcas internas de corto alcance y tratando de mantener una posición imposible de dignidad impostada, es de tal desoladora naturaleza que no tiene nada de sorprendente que el apoyo a la causa haya bajado nada menos que ocho puntos en el plazo de cuatro meses, los que van de octubre de 2017, momento cumbre de todos los disparates secesionistas, hasta este mes de febrero en el que la constitución de un gobierno de acuerdo con la ley presidido por una persona no perseguida por la Justicia sigue en el aire.

La sesión del jueves por la mañana en el parlamento catalán es el concentrado de todos los despropósitos con vocación, siempre frustrada, de triunfar en los que viven envueltos, como en un sudario, los dirigentes que persisten en seguir mintiendo a sus seguidores. Ninguna novedad reseñable, por lo tanto.