Hay múltiples razones por las que María Dolores de Cospedal no debería haber ordenado que la bandera de España ondee a media asta por la muerte de Cristo durante la Semana Santa. Las más importantes están en la Constitución, que vela por la aconfesionalidad del Estado. Las demás, en Twitter.

El Domingo de Ramos, sin ir más lejos, nos despertamos con un tuit de la monja Sor Lucía Caram, icono pop del independentismo más culé, anticipándose a la detención de Carles Puigdemont con esta presunta apropiación indebida de los Evangelios: «Hace más de 2.000 años. Barrabás quedaba absuelto y Jesús, que era inocente, era detenido. La historia se repite y Jesús sigue siendo encarcelado injustamente por su compromiso y por no renunciar al Reino de justicia…»

A Jesús de Nazaret lo apresaron en Getsemaní, a Puigdemont en una gasolinera alemana. Como el procés también es cuestión de fe, algunos fieles no ven mucha diferencia. Por eso las filas independentistas, convencidas de que su República no es de este mundo, fuerzan constantemente comparaciones con el Nuevo Testamento desde mucho antes de que la monja Caram politizase la Semana Santa.

A Jesús de Nazaret lo apresaron en Getsemaní, a Puigdemont en una gasolinera alemana

Como cuando Rufián tuiteó aquello de las «155 monedas de plata». Era el 26 de octubre y Puigdemont estaba a punto de convocar elecciones en Cataluña si el Gobierno de Mariano Rajoy renunciaba a aplicar el artículo 155 de la Constitución. Pero sintió el todavía president al leer a Rufián que el de ERC lo llamaba Judas por no atreverse a declarar la independencia. ¡A él!, ¡llamarlo Judas a él! ¡si según TV3 era el Mesías! 

Hay parábolas que las carga el diablo. Aquella precipitó la DUI. Y al final, ni Mesías ni Judas. Cuando el Parlament se saltó la Constitución para votar la República Catalana, Puigdemont se quitó de enmedio como Pilatos.

Oriol Junqueras, hombre de fe e independentista practicante, se quedó al pie del Calvario judicial. Y su procesión va por dentro de Estremera. Esta Semana Santa tiene incluso lista de espera de religiosos para visitarle en la cárcel. Sin que aún haya quedado claro si acata o no el 155,  su mejor defensa ante el juez Llarena ha sido declararse contra la violencia «por sus creencias religiosas».

Y mientras por las cárceles españolas desfilan los líderes independentistas por saltarse la Constitución, la ministra de Defensa se va de procesión con la bandera de todos los españoles a media asta en los cuarteles. No está el símbolo patrio como para olvidarse de los ciudadanos que no comulguen con esta fe. Ni la Constitución para que hasta los ministros se empeñen en explorar sus límites.

Viendo además lo presente que siempre ha estado entre los líderes del independentismo su fe católica, resulta aún más confuso. A ver si se van a pensar los independentistas que el luto es por el procés. No es buena idea mezclar la fe con la política. Y, menos aún, con el Estado.