Puigdemont y Ai Weiwei se encontraron, como un Curro de la Expo que se cruza con otro Curro de la Expo, como un mismo viajero del tiempo, y tuvieron que enlazarse o anularse o exorcizarse o tentar al universo con la aniquilación haciéndose un selfie que era como una cinta de Moebius, como una cuchara que se mira en otra cuchara, o sea el vértigo, la angustia heideggeriana que da, en realidad, la nada.

La verdad es que sus egos habrían sido capaces de impresionar químicamente hasta un cartón, así que el selfie tenía algo de radiación Cherenkov o fotografía del aura, pringosa de efluvios bioluminiscentes. Puigdemont se fotografiaría con Picachu, con una pornstar de Trump, con Cifuentes incluso. Qué digo yo: hasta con Montoro. Los que apoyan a Puigdemont por ahí, esos políticos de la raza y del terrón, de la pureza de la cabeza cuadrada y el pis merovingio, todos vestidos de tirolés o leprechaun, tampoco son tantos. Parecen los mismos en bucle, como indios de película. Así que Puigdemont necesita fotos nuevas, bustos, personajes que lo saquen de su molino de pueblo y lo pongan en Europa, en el mundo, como otra moneda legal. Y los necesita cada día, antes de que quede al descubierto la mentira de su latón. No podía desperdiciar a Weiwei, que además es activista, un oficio que es como el de modelo pero a escala planetaria.

Puigdemont necesita fotos nuevas, personajes que lo pongan en el mundo como otra moneda legal»

Weiwei, luchador por los derechos humanos, grano en el culo de China, artista total que lo mismo te oxida el cielo que convierte una serpiente en escalera. El activismo, el compromiso con las causas justas, es muy loable. Lo que ocurre es que, cuando tu causa es el mundo entero, cuando crees que eres un salvador con paisaje puesto, un benefactor con hidroavión, se termina por no distinguir nada. Todo, una catarata, un bosque fluvial, una grieta rellena de muertos, una tribu con cestería, una picana, una flor volcánica o una política siniestra y racista, resultan el mismo fondo para tu foto de coronel Tapiocca.

Los activistas hacen mucho turismo sentimental y eso a lo mejor se lo perdonamos a Bono o a Susan Sarandon, que se ponen pesados y sentenciosos pero no rechupetean la desgracia. A Weiwei, sin embargo, le hemos visto usar a los refugiados como croma, como panel de retratista de feria, para poner su cabeza de falso gitanillo en el agujero. Y fotografiarse en el mismo sitio y postura que el niño Aylan, como una sombra macabra. Vale si la intención es artística, porque no hay arte verdadero sin distancia con la realidad, sin descontextualización. Pero se entiende menos que seas un héroe humanitario y te saques un selfie con un esqueleto vivo o muerto igual que con un centurión de pega del Coliseo o un camello con turbante para turistas.

Quizá Weiwei sólo va por el mundo como por un zoo, con cámara y helado en mano»

Weiwei ya no distingue una causa de un tablao para chinos. Ni la ética de un encuadre. Quizá sólo va por el mundo como por un zoo, con cámara y helado en la mano. Igual que posó con Puigdemont, un “valiente”, posó con la tétrica Alice Weidel, líder de Alternativa Para Alemania. Sí, suena a lo que es: ama de llaves de El jovencito Frankenstein de la ultraderecha alemana, puro cuero y correaje ideológico y moral neonazi, como salida de una distopía de Netflix o de una paliza en un cabaré durante el ocaso de la República de Weimar. No sé cómo les funcionarán ahora a algunos las comparaciones entre Puigdemont y Gandhi, con Weiwei y Weidel de damas de honor.

Puigdemont es otro salvador con paisaje puesto y se fotografiaría con cualquiera, como un mesonero, por si algo de su prestigio o de su alcance de mapamundi se le queda en la chaqueta, igual que un pin de la NASA, que no sólo no te convierte en astronauta, sino que te hace un poco idiota. Weiwei también dispara a todo, por compulsión o porque todo forma parte de su obra feísta, en la que el procés sería otro maniquí con tachuelas en los ojos, como Alice Weidel. Puigdemont y Weiwei se cruzaron, se felicitaron y se fotografiaron, como si la luz concluyera su vuelta al cosmos. Como si fueran el pequeño Nicolás de dos tiempos o universos.