En la tarde de ayer el Gobierno de Mariano Rajoy obtuvo una victoria importantísima que le garantiza por sí sola la continuación de la legislatura y aleja definitivamente la amenaza de un adelanto de las elecciones: la aprobación de los Presupuestos Generales del Estado. Ésta, en condiciones de normalidad política y judicial, debería haber sido la noticia más importante, muy por encima de todas las demás. Y, sin embargo, una nueva sombra de corrupción se cernía sobre las cabezas de los diputados del Partido Popular en forma de la detención, el pasado martes, del ex ministro Eduardo Zaplana, lo que agrava hasta límites muy intensos el drama de ese partido al que los fantasmas del pasado se le están apareciendo uno tras otro al cabo de los años y le arrastran hasta el borde del desánimo profundísimo, que es lo que están sufriendo ahora los militantes y también la mayoría de los dirigentes del PP, abocados como están a enfrentarse en el plazo de un año a unas elecciones, las autonómicas y municipales, que serán decisivas para apuntalar los resultados de su partido en las generales del año siguiente.

Lo de Eduardo Zaplana tiene una especial importancia porque, como lo fue Rodrigo Rato en su día, él constituía el símbolo de una época, la de los gobiernos de José María Aznar. Y también su continuidad en la era de Mariano Rajoy porque, una vez perdidas para el PP las elecciones de 2004, éste le mantuvo dentro de su equipo y hasta lo nombró portavoz del grupo parlamentario, entonces en la oposición, puesto en el que permaneció durante toda la legislatura. Pero también fue Zaplana durante muchos años el símbolo del éxito de una manera distinta de gestión de la cosa pública cuando, desde su puesto de presidente de la Comunidad Valenciana, aquel territorio se presentaba como el El Dorado español. Sobre esos éxitos aparentes en Valencia se fue construyendo durante la primera mitad de la década de los 90 el suelo electoral creciente de un Partido Popular que aún no había alcanzado el poder en España. Zaplana, podemos decirlo así, fue el pionero del paseo victorioso que el PP de Aznar empezó a disfrutar desde las elecciones generales de 1996 y que se consumó con la victoria absoluta del año 2.000.

Rajoy tendrá que enfrentarse al veredicto electoral de unos ciudadanos asqueados e irremediablemente hastiados de tanta golfería y tanta estafa

Por eso Zaplana no es cualquier detenido por supuesta corrupción. Es, como lo ha sido Rodrigo Rato, el epítome del PP victorioso, la encarnación del éxito de una nueva forma de gobernar, que se vendió en su día como la otra cara de la moneda de la gestión de un Partido Socialista que, comandado por Felipe González, se ahogaba por aquellos años entre la corrupción y los coletazos de los crímenes de la guerra sucia que eran desvelados por los periódicos nacionales. Aquél “¡váyase señor González!” resuena ahora con un eco lúgubre porque, pasados los años, la realidad nos dice que entre aquellos dirigentes del partido que se reclamaban la quinta esencia de la honestidad, de la eficacia y de la modernidad, había unos cuantos, precisamente los más relevantes, que andando el tiempo se han descubierto como unos auténticos granujas. Todo presuntamente, por supuesto. Pero lo que está en la calle y en el ánimo de los ciudadanos es la imagen de un ex ministro de Economía de aquel equipo metiéndose en un coche policial después de haber asistido al registro de su despacho y, meses después, la imagen de un ex ministro de Trabajo de ese mismo gobierno acompañando a la Guardia Civil en el registro de su propia casa.

Ése es un golpe mortal recibido por José María Aznar y por su tiempo de gobierno, porque Zaplana fue y sigue siendo en estos momentos un estrecho colaborador del presidente, además de probablemente su amigo. Pero el golpe lo recibe también Mariano Rajoy por dos razones, una más poderosa que la otra.  En la medida en que, en el tiempo en que todavía el ex ministro era un hombre honorable, le encomendó la portavocía de su grupo parlamentario, Rajoy queda implicado en los presuntos latrocinios anteriores del ex presidente valenciano. Pero lo más importante es su efecto en el día de hoy porque la cabeza sobre la que cae con todo su peso demoledor el golpe que supone la detención de Eduardo Zaplana es sobre la del actual presidente del Gobierno: todos los desmanes cometidos por gentes de su partido en los últimos 10 0 15 años están siendo juzgados ahora y todas las sentencias que se dicten en este tiempo le serán adjudicadas como responsabilidad a él. Y a las sentencias próximas hay que añadir inexorablemente las noticias de los robos descubiertos y denunciados por la Guardia Civil, como es el caso que hoy nos ocupa.

Con ese lastre inmenso, extraordinariamente incrementado ahora por lo sucedido con  Zaplana, el actual presidente tendrá que enfrentarse al veredicto electoral de unos ciudadanos asqueados e irremediablemente hastiados de tanta golfería y tanta estafa. Lo tiene mal Mariano Rajoy para el futuro aunque acabe de sacar adelante los Presupuestos.