En la Universidad de Barcelona han escracheado a Cervantes como a un tuno, por esa españolidad que sólo tienen los tunos como si fueran felipones de Velázquez. Ya ven que España enseguida se describe con estos tipos de majo que no es que sean cultura, sino que están más allá de la cultura, en una especie de museo de cera o de cementerio de estatuas de lo español. Ese Cervantes español como un cartero, alcabalero y manco sin muñón, como de brazo vegetal y niño por la guerra o la burocracia, lo de menos es que escribiera El Quijote o fuera hermano de gorguera de Shakespeare. Lo que importa es que, en esa mentalidad más de sello que de ideología del indepe, Cervantes es como un quesero de lo español, un manchego de toda la leche agria de lo español, que no tiene libros sino calles compartidas con generales, esculturas compartidas con monjas y edificios compartidos con catedrales.

Para el indepe, Cervantes está en la misma percha o en la misma fantasía que un Rey Católico con cama de crucifijo, que la peluca de Colón colonizada por sus huevos imperialistas, o que Franco vestido sólo con un vellocino como un pastor íbero. Cervantes está a la altura del Valle de los Caídos o de El Escorial puesto de pie como un rallador, o sea que es fascista como es fascista la tortilla de patatas, por batimiento de la historia con sus mondas y por descolorimiento del sol, de los siglos y de las banderas en la misma escudilla. Pero peor que toda la iconografía cesariona de este Cervantes, abultado de encajes como una infanta amortajada, es esa cosa que tiene en el fondo de español normal, español de ventorrillo, que puede ser luego un genio pero que sobre todo es ese español municipal, oscuro de ventanuco, que no merece ser genio sino zapatero. Como si fuera Iniesta, pero del Real Madrid. Aún más imperdonable que estar en los billetes de Franco y en la literatura universal es que haya seminarios, conferencias y cátedras por un tipo medio africano que podría ser Alfredo Landa. Como para no montar un escrache.

Aporreaban las puertas y gritaban “fuera fascistas de la universidad”

Cervantes escracheado en la universidad, como si persiguieran a la Gioconda en su pinacoteca. Comités revolucionarios, requetés indepes, eméritos de Terra Lliure y batallones de migueletes payeses impidiendo una conferencia sobre Cervantes, la charla de un hispanista francés, Jean Canavaggio, felices como de truncar el horrible delito de un maestro de caligrafía. Aporreaban las puertas y gritaban “fuera fascistas de la universidad”, sin que a la Universidad de Barcelona pareciera importarle demasiado este ataque contra un quesero español que a lo mejor escribió sobre la condición humana o quizá sólo sobre alforzas de mozas castellanas. Sí, esa pasividad de la Universidad es más dolorosa que los gritos contra los peligrosos fascistas que leen y explican libros, o que los escribieron en siglos lejanos pero que fueron conformando el contumaz espíritu anticatalán de España a base de maeses, barberos, barrigones y mesoneros. Incomprensible esa despreocupación, como si un templo mirara su profanación, o un museo su incendio, sin más que enrollarse sobre el fuego.

La verdad es que esto ocurre así, con esta dedicación y este aplomo, porque ni los escracheadores ni la Universidad de Barcelona tienen conciencia de haber atacado la cultura, de haber negado la cultura. En realidad, están haciendo algo mucho más perverso y heroico, que es redefinir la cultura expulsando de ella todo lo que es ideológicamente impuro. El acto estaba contaminado por un Cervantes borbónico o donjuanesco o señor de El Greco o protolegionario o joseantoniano o imperialista o teresino, qué más da. Contaminado por lo español, en fin, que imaginan siempre en su carretón fascista como en una procesión soleada del Corpus. Curiosamente, esta gente es capaz de detectar el fascismo en caras de moneda antigua, pero no en sus actos sí puramente fascistas. Pero es que la subversiva charla estaba organizada por Sociedad Civil Catalana, también fascistas evidentes, como es fascista el butanero español. Evidente todo esto, insisto, para cualquiera que haya pervertido la cultura de igual manera que la democracia y la razón, hasta convertirlas en una feliz pira en la que arden como tapices paganos o libros de don Alonso Quijano la inteligencia y la libertad.

El nuevo Gobierno ha dicho que no traspasará la ley, la Constitución ni el Estatut”

Ignoramos si cuando Pedro Sánchez estrene el teléfono rojo y llame a Torra, como ha anunciado Meritxell Batet, le dirá algo sobre esto de echar a Cervantes de la universidad como de una venta, o acaso lo considerará asunto de barrenderos y bedeles de allí. O si el mismo Pedro Duque irá a Barcelona, como un viajero del tiempo, con escafandra y monolito, a explicar el funcionamiento de este siglo. El nuevo Gobierno ha dicho que no traspasará la ley, la Constitución ni el Estatut, pero luego están estas cosas en las que entran leyes de la casa, de la selva, de aquella ínsula Barataria. Ahí empezaremos a ver la interpretación, la flexibilidad, la tolerancia de Sánchez, y las ganas y la habilidad de los indepes de tensar la situación y manejar los palos, las tundas y la furia de los aldeanos, todos muy cervantinos. Lo mismo Sánchez huye de los molinos con 17 sanchopanzas de casting detrás.

Cervantes amaba Barcelona y Don Quijote, como sabrán, fue finalmente vencido en la Barceloneta por el caballero de la Blanca Luna, que no era caballero sino bachiller. Allí en Barcelona, en su playa como de vidrios molidos de Gaudí, debería estar, pues, no la tumba de sus huesos, pero sí la de sus ideales descalabrados. A lo mejor son eso todas las cruces amarillas y toda la arena de uñas y cristales rotos bajo ellas: la macabra y satisfecha tumba de todo lo bueno y lo humano y lo bello, medio enterrado allí como el esqueleto de una ballena cervantina si eso existe, como una diligencia asaltada e incendiada al costado del mar catalán, una y otra vez, por todos los salvajes de la historia.