Cuando un Estado, con la finalidad de evitar una confrontación que puede ser costosa e indeseable, acepta las condiciones de un agresor potencial en vez de oponer resistencia, es fácil conjeturar que ese Estado sacrifica algo para lograr la paz.

Optar por una política de apaciguamiento no es nuevo. Ya, en 1936, esa política impidió que Gran Bretaña y Francia impusiesen sanciones a Alemania e Italia por su intervención militar en la Guerra Civil Española, que vulneraba los acuerdos suscritos entre estos países para no prestar apoyo bélico a los bandos españoles en pugna.

Fue un voto de censura a la política conciliadora de Chamberlain en la Cámara de los Comunes, en 1940, lo que llevó al poder a Winston Churchill, su rival dentro del mismo partido conservador, que había sido muy duro en sus críticas al primer ministro, por los acuerdos de éste con Hitler: “Tuvo usted para elegir entre la humillación y la guerra; eligió la humillación y nos llevará a la guerra”.

Desde que, en 2012, los soberanistas catalanes abrazaron como una nueva religión la gran marcha hacia la secesión, lo han hecho buscando una confrontación desquiciada con la realidad jurídica, gubernativa y, lo que es peor, social y real de la España opresora.

Esto ha traído como consecuencia exilio y cárcel para quienes desafiaron el estado de derecho y declararon la independencia. Seguido de un apacible artículo 155, la guerra de lazos amarillos, las cruces en las playas, el desprecio a los símbolos de la patria y a las instituciones y, lo más grave, el incremento del odio y la división social.

Los soberanistas catalanes han buscado una confrontación con la realidad jurídica

El cambio de gobierno, con la llegada de Pedro Sánchez a la Moncloa, parece haberse iniciado con esa tópica afirmación tan querida por las series americanas: “El primer paso para resolver un problema es reconocer que existe”. Dicho y hecho. A la carrera.

No deben hacerse juicios prematuros y hay que presumir las buenas intenciones, que no pueden ser otras que las de evitar una confrontación mayor de la que ya existe. Y eso supone que, lejos de oponer resistencia, se ha de sacrificar algo para lograr ese objetivo. En eso consistiría la política de apaciguamiento con Cataluña que, el nuevo presidente, haciendo caso omiso a la alevosa ofensa a la jefatura del Estado, alienta, contemporizando.

La secuencia ha sido muy rápida. Los tres últimos presidentes de la Generalitat (Mas, Puigdemont y Torra) dirigieron una carta al rey de España, reiterando los argumentos (más palabras que razones) con los que justifican la ruptura con la legalidad española y la apuesta por la independencia y la república catalana.

Las afrentas al rey son un paso más, no singular, porque ya son evidencia de lucha contra el Estado. Y la respuesta de Zarzuela fue que la Constitución no permite al monarca inmiscuirse en asuntos políticos, como los que el trío separatista plantea en la misiva, cuestiones que son responsabilidad del Gobierno.

Las afrentas al rey son un paso más porque son evidencia de lucha contra el Estado

El representante constitucional del Estado en Cataluña y vicario sedicente del president legitimo, volvió a viajar a Alemania a despachar con su jefe, con una cuestión en la cartera: la presencia del rey en la inauguración de los Juegos Mediterráneos en Tarragona. Acatando, al parecer, las instrucciones que recibió, anunció que no asistiría; pero alguien se lo pensó mejor y sí que concurrió.

De mala gana y con gesto contrito, allí estaba el presidente custodio para hacer entrega al monarca de un kit (libro y video) sobre la “persecución y represión policial” del 1 de Octubre y, para encajar, con cara de pocos amigos, el abucheo con que le recibió una parte de los escasos asistentes a la ceremonia de apertura de los Juegos.

El eficaz aparato propagandístico separatista en seguida encontró explicación a la inesperada pitada. Esta no fue otra que se había seleccionado a un público mayoritariamente españolista. Y se quedaron tan anchos.

En la frialdad ambiental, los presidentes Torra y Sánchez disimularon la incomodidad y cruzaron una leve sonrisa de compromiso. Han quedado en verse el 9 de julio para mantener la primera entrevista de la era post Rajoy. Y hasta entonces, en la inauguración de esa política de no-insultos y distensión, toca apretar los dientes.

El que peor parado ha salido del primer cruce de guantes ha sido el jefe del Estado, al que Torra le ha dicho que ya no le ajunta, que corta relaciones con la Corona y que no le piensa invitar a ninguno de los actos organizados por la Generalitat ni tampoco asistirá a los actos organizados por la Casa Real; ni él, ni ningún miembro de su gobierno.

El que peor parado ha salido del primer cruce de guantes ha sido el jefe del Estado

La pataleta, infantil y recalentada, es producto del gran ausente que ya no sabe que inventar para llamar la atención de sus seguidores. Primero fueron los lazos y las cruces, ahora la ruptura de relaciones con el rey. Mañana cualquier otro pasatiempo desquiciado.

El tierno enfado, con intención de escarmiento, lo justifica Torra porque el rey no ha pedido perdón, Cataluña (como acostumbra, usurpa la representación de todos los catalanes) vive un recorte de derechos y libertades y son centenares las “personas perseguidas por sus ideas en el Estado español”.

Para sorpresa de unos cuantos, Moncloa no acusó recibo de la ruptura de relaciones, mantuvo la cita con el presidente catalán y, en su primer viaje al exterior desde que es jefe del ejecutivo. se fue a París.

En el perron (escalinatas) del Palacio del Eliseo, Sánchez y Macron parapetados tras los atriles de reglamento, dieron cuenta de lo que habian hablado en su almuerzo: fundamentalmente asuntos migratorios, después de la oferta de París de acoger a refugiados del Aquarius.

En su intervención, el presidente español, zalamero, se deshizo en cortesía hacia su anfitrión, al que se dirigió utilizando una buena docena de veces un enfático “señor presidente de la República”, ex abundantia cordis.

Presuroso adelanto en la secuencia pues poco antes de ponerse en marcha la nueva fase, su impulsor estaba reclamando una dureza mayor en el 155 y la reforma del delito de rebelión, sin olvidar la opinión que le merecía su interlocutor, racista de extrema derecha y populista. Requiebro copernicano.

La esencia del momento viene dominada por el apaciguamiento con Cataluña

Y estas discordancias son las que la gente no concibe. Los impúdicos cambios de opinión, les empujan a la pérdida de votos, como es el caso de quienes menguan sus escaños en cada cita electoral.

La esencia del momento viene dominada por el apaciguamiento, como van confirmando los primeros atisbos de ese algo que hay que ceder: acercar a los presos, reabrir las embajadas catalanas y levantar el control sobre las cuentas de la Generalitat.

Es muy posible que, al no aplazarse sine die la reunión prevista con el vicario Torra, no solo se incurra en un error, sino en una deriva que no apaciguará el frenesí independentista y contribuirá a animarlo.

Por ello, y aunque evidencie un estilo con antecedentes de fracaso, no se puede más que desear al presidente del gobierno, suerte en su intento y pedirle que no pierda en ningún momento de vista que, al clamar por el diálogo, el objetivo de los soberanistas es avanzar en la declaración de la independencia de la república catalana.
Tiempo al tiempo porque la Constitución guarda en la recámara respuestas que ahora nadie desea.