Decía Sir Francis Bacon –el filósofo inglés del Siglo XVI, no el pintor irlandés que se especializó en retratar la oscuridad del alma humana, con el que Sir Francis comparte el apellido- que la duda es la escuela de la verdad y que si uno comienza con certezas terminará con dudas, pero si empieza con dudas, llegará a terminar con certezas. Consejos aplicables a todos los ángulos de la existencia pero que se agudizan en aquellos en donde la delgada línea que separa el acierto del error puede desembocar en quebranto o ruina económica.

Y es que en el ámbito de las inversiones, la duda es la reina del mercado y las certezas no son más que dudas iniciales que verificaron una apuesta primera pero sin patente futura de fiabilidad. No obstante, algunas certezas por mor de ser verificadas por el tiempo y la experiencia contienen un marchamo de certidumbre que conviene explorar.

Una muy evidente es la del plazo en las inversiones. Desde que existen registros de series históricas de precios recogiendo el comportamiento anual de los mercados de valores, es decir, desde hace 200 años (la bolsa de Nueva York se constituyó en 1817), esa historia registrada de la inversión nos revela que si un ahorrador tiene un plazo disponible largo o medianamente largo (al menos 15 años) puede esperar una rentabilidad anualizada de entre el 7% a un 9% en renta variable global, y de entre un 3% a un 4% en renta fija de calidad (pública o privada).

En el caso de los activos de renta fija se sacrifica rentabilidad esperada a cambio de menor variabilidad de las rentabilidades en el tiempo. Por otra parte, los bonos de calidad suelen subir de valor en periodos de crisis, durante las correcciones bursátiles, por lo que una cartera equilibrada clásica que combine acciones y bonos disfrutará de una mayor estabilidad en las rentabilidades, en un entono del 5% al 6% anualizado en ese largo plazo.

Estos números no solo tienen su correspondiente respaldo histórico, también tienen lógica, pues están basados en los tipos de interés y las tasas de crecimiento del PIB e inflación de largo plazo, que a su vez están vinculados a la rentabilidad de los cupones y los dividendos que pagan los Estados y las empresas.

Si un inversor tiene un plazo disponible largo puede esperar una rentabilidad anualizada en bolsa de hasta el 9%

En el caso de la renta variable y gracias a la actividad empresarial y el crecimiento económico derivado, además, existe una participación en el crecimiento de los beneficios (y dividendos) de las empresas que se refleja en la normal prima de rentabilidad que en el largo plazo ofrece la renta variable para quien tenga el plazo y esté dispuesto a aguantar la inevitable volatilidad.

Ajustando estos guarismos a una corrección de inflación de un 2% a un 3% -que es la tasa media de inflación histórica de la era moderna e incorporando el efecto multiplicador del interés compuesto- podemos obtener un rendimiento real de entre un 3%-4% sostenido y cierto en el tiempo. Un resultado del todo aceptable y ante todo, cierto.

El cuidado del ahorro y la inversión se puede reducir a estos sencillos conceptos si uno tiene un plazo suficiente, si bien es cierto que existen algunos momentos en la historia en los que se registran en los activos unas valoraciones extremas que invariablemente han conducido a rendimientos anualizados ampliamente inferiores a los comentados durante plazos de bastantes años.

Expuestas estas normas básicas, es importante hacer hincapié en el tema de los plazos. Uno debe tener un plazo largo por delante, especialmente si concentra el ahorro en una sola clase de activo como la renta variable. De ahí la conveniencia para bastantes ahorradores de combinar acciones y bonos.

Por otra parte, la segunda certeza es la de que durante ese plazo largo, los índices, los mercados, la cotización de los activos y hasta el tiempo climatológico no pueden ni deben permanecer infinitamente estancados en un determinado valor. La volatilidad entendida como variabilidad en los precios es normal, sana y es el reflejo de una actividad económica cambiante. De no serlo, la situación económica sería de estancamiento permanente y de nulo crecimiento del mundo. Algo, sencillamente impensable.

La volatilidad corrige los excesos de valoración y permite comprar los activos con mejores potenciales

Y es precisamente la bendita volatilidad la que permite corregir los excesos de valoración de los activos y por tanto colocarlos en el lugar donde pueden ser comprados con el mejor potencial de revalorización posible. Lo que desemboca en una tercera certeza adicional. Ese y no otro, debe ser un momento de oportunidad de compra. El acertar cuando dejará de caer un índice o un activo para comprarlo en el nivel precio de derribo, es harina de otro costal, pues es más fruto de la suerte que de una previsión exacta.

No obstante es incomprensible que los inversores, después de 200 años de historia sigan empecinados en negarse a sí mismos que comprar en rebajas es un pasaporte seguro –con la ayuda del largo plazo- para rentabilizar sus inversiones. Como dice Joaquín Herrero (presidente de Merchbanc), el sector financiero es el único en el que se anuncian rebajas y los clientes, en lugar de salir corriendo a por la ganga ofertada, se quedan en casa “hasta que escampe el temporal”. Y el problema es que no esperan a que escampe, sino que esperan hasta que sale el arcoíris y luce la primavera, momento en el que el precio ha superado el precedente máximo desde el que cayó y vuelven a entrar a contraprecio, una versión financiera del contrapié de toda la vida.

No se debe olvidar que las bolsas en las crisis cíclicas suelen perder del entorno del 40% al 50% de su valor de máximo a mínimo y tardan entre tres y cuatro años en volver a recuperar los máximos anteriores, pero sin duda los recuperan y los superan. El mundo, innegablemente, crece.

En este punto entramos en el terreno de inquietantes elementos añadidos que acrecientan las dudas hasta niveles épicos y que van desde catástrofes naturales, pasando por experimentos monetarios, crisis económicas globales, explosiones de burbujas y cisnes negros de imposible predicción.

Certezas también que provocan enormes dudas pero que no niegan la veracidad de la importancia y efectividad en términos de rendimiento si compramos a largo plazo aprovechando los recortes para comprar barato en un mundo que económicamente –y a pesar de la enormidad de problemas del mundo– progresa. A día de hoy, cualquier ciudadano de clase media vive con las mismas comodidades con las que vivió John D. Rockefeller a mediados del siglo XIX. Y créanme, estamos hablando de alguien que compraba a largo plazo y aprovechaba -sin duda- las rebajas en los mercados de valores.


Carlos de Fuenmayor es director de Negocio Institucional de Merchbanc