Hay dos Españas irreconciliables que afloran en el mes de agosto. Hablo de aquellos pueblos que trasladan sus días de fiesta para que, respetando al patrón, lo gordo quede en fin de semana; y los que no lo hacen. El mío es de estos últimos. San Roque en Villalpando es del 14 al 18 de agosto, caiga bien o caiga mal, exista el mundo o ya no, pensemos los forasteros lo que pensemos y caiga quien caiga por el camino. La víctima propiciatoria suelen ser los compañeros de trabajo a los que mareamos como trileros cada verano para cuadrar la semana de vacaciones. Desde aquí mi cariñoso recuerdo.

Esas fechas fijas como Don Tancredo acaban por generar rutinas. Siempre sucede lo mismo, los mismos días y a las mismas horas, y sin embargo cada año se espera el evento con ilusión mágica, como de equipo de mitad de tabla que, tras dos cesiones y un par de descartes, sueña con la Champions. No pasará, pero no es momento de decirlo.

En las fiestas siempre pasa lo mismo, los mismos días y a las mismas horas, y sin embargo cada año se esperan con ilusión mágica

Una cosa que sucede siempre es el epílogo del día 18. Con el cuerpo ya descompuesto, los fuegos artificiales tirados, los locales sucios y la Liga a medio empezar. Se recluyen las peñas en sus guaridas, comentan la jugada, critican que este año tampoco haya venido David Guetta -o su versión comarcal-, emerge un “se acabó el verano” o un geriátrico “ya vamos quedando menos” y hasta dentro de 359 días. Al día siguiente siempre aparece alguien, siempre ajeno y por lo general sin pruebas, pregonando que fue la mejor noche de todas, que qué liada y que en familia es como mejor. Nunca sabremos si es cierto, aunque el impenetrable silencio del pueblo esas noches incita a pensar que no.

Para todo esto es impepinable que el último día coincida con un sórdido martes, lunes o domingo. Recuerdo uno, debió ser hace cinco o seis años, en el que pasamos la noche pegados al calendario, pasando hojas como quien tira cartas de un tarot, tratando de pronosticar el año en que San Roque volvería a caer bien.

Acabamos por consensuar que sería en 2018, y la fecha nos sonó tan lejana y tan macabra como descubrir que tus ídolos deportivos ya han nacido en los años 2000, o comprobar que se firman contratos hasta 2024 sin que sea motivo de escándalo. Nos preguntábamos si para entonces alguien se habría casado, si alguien habría emigrado, si habríamos renovado el vestuario que se nos caía a jirones, e incluso si la decrepitud nos permitiría disfrutar de que la última noche cayera en sábado, como si esto fuera un pueblo oportunista que cambia sus fiestas a voluntad o, peor, una ciudad.

La respuesta a todo ha resultado ser que sí. Que nos casamos, que emigramos, que renovamos, que envejecimos pero que aquí estamos, como Don Tancredo. Como media España por estas fechas, de fiesta otra vez. Viva San Roque.