Desde tiempos inmemoriales la gente suele gastar menos de lo que ingresa ahorrando la diferencia. El ahorro sirve para ser invertido en activos que van desde un vehículo, a una casa, una tierra o un producto financiero, que contribuyen al crecimiento de la economía y por tanto a la mejora de la prosperidad. Los países más avanzados lo son porque gozan de instituciones que incentivan el ahorro y protegen la propiedad de los activos. España es un país poco ahorrador a lo que contribuye una legislación fiscal que lo penaliza

Tan importante resulta esta consuetudinaria práctica que el economista Hernando de Soto viene defendiendo con tanto conocimiento de causa como ahínco la necesidad de dotar de títulos de propiedad a cualquier –por modesto que sea– activo de los pobres del mundo para que puedan ser movilizados en los mercados con seguridad jurídica y de este modo reconocer el valor económico y social de sus ahorros, por modestos que estos sean. Este modelo impulsaría el crecimiento de los países más pobres que viven en el círculo vicioso del estancamiento económico.

La práctica del ahorro es tan antigua como el hombre y con algunas diferencias atraviesa históricamente todas las creencias religiosas e ideologías políticas

La práctica del ahorro es tan antigua como el hombre y con algunas diferencias –por razones culturales e políticas- atraviesa históricamente todas las creencias religiosas e ideologías políticas. Por otra parte, tan arraigada conducta, si quisiera ser alterada por alguien se encontraría con una imposibilidad práctica: nadie presta a quien gasta más de lo que ingresa o sin activos -consecuencia de ahorros previos– suficientes para respaldar la deuda. En última instancia, el “vivir por encima de sus posibilidades”, siempre ha merecido una valoración social negativa en las siempre temporalmente limitadas y escasas ocasiones que ello es posible.

Esta virtuosa práctica privada resultó subvertida por el Estado cuando comenzó a endeudarse por gastar más de lo que ingresaba con la excusa de destinarlo a un curiosamente denominado Estado de Bienestar, de hoy, a costa de los contribuyentes del futuro. De este modo se incauta el ahorro que podría generar la gente en el futuro para pagar, no solo el supuesto bienestar del presente sino también todo tipo de subvenciones, gastos superfluos, sueldos de allegados políticos perfectamente prescindibles y por supuesto la corrupción, que como es obvio no existiría sin un incontrolado despilfarro de gasto público.

Llegados a este punto es obligado preguntarse por qué hay tanta gente que practicando la virtud del ahorro vota a favor del despilfarro público

Llegados a este punto es obligado preguntarse porqué hay tanta gente que practicando la virtud del ahorro vota a favor del despilfarro público, que además de ser una práctica inmoral siempre acaba teniendo consecuencias prácticas negativas: porque el egoísmo del presente nunca resulta gratis pues al final siempre hay que pagar la cuenta.

Los griegos son hoy un 25% más pobres que hace algo más de una década y si se le suma el crecimiento perdido por el camino, la pérdida de riqueza, al menos, se duplicaría. Los suecos, en la década de los 90 del pasado siglo, pagaron muy caramente también sus desajustes entre los principios morales privados y públicos, habiendo perdido por el camino muchos puestos en el ranking mundial de la renta per cápita, que lentamente tratan de recuperar ahora mediante la reconciliación de la moral pública con la privada. Los españoles acabamos de recuperar la renta per cápita que teníamos hace algo más de una década -un desastre sólo comparable al de la Guerra Civil– y cuando estábamos de nuevo bien orientados económicamente el nuevo Gobierno hace planteamientos destinados, sistemáticamente, a regresar al peor pasado. Lo triste del caso es que la política del gobierno, que habría que tildar de populista, no sólo responde a su obvia ideología socialista sino a una mejor expectativa de voto.

La única explicación posible a la incongruencia social entre la virtud privada del ahorro y el vicio público del despilfarro es una especie de esquizofrenia psicológica

La única explicación posible a la incongruencia social entre la virtud privada del ahorro y el vicio público del despilfarro que conduce necesariamente al desastre económico que a todos perjudica es una especie de esquizofrenia psicológica que permite amparar conductas responsables, adultas y moralmente irreprochables cuando se actúa individualmente y al tiempo conducirse políticamente de modo irresponsablemente adolescente.

Los guías intelectuales de las políticas del despilfarro público acuñaron hace tiempo una disparatada argumentación: “el dinero público no es de nadie”, que ha hecho fortuna a pesar de su ridículo contenido marxiano, -de Groucho Marx, por supuesto–, que ofende –de tomarse en serio– el sentido común

Este curioso fenómeno de doble personalidad, que deben explicar los psicólogos, no se da por igual en todas las sociedades, solo en aquellas que deslumbradas por el señuelo de poder vivir del Estado prescindiendo de la responsabilidad individual de buscarse la vida, aún formadas literalmente por adultos –sólo ellos pueden votar- se comportan infantilmente al pensar y actuar políticamente.

La experiencia histórica al respecto es sin embargo incuestionable: los países mas prósperos son aquellos en los que la gente confía más en sí misma que en el Estado, sobre todo cuando su dimensión económica es insostenible; como resulta aquí y ahora en España.

Jesús Banegas Núñez es presidente del Foro Sociedad Civil