Ha sido el numerito de todos los años, que cada vez cuenta con un detalle diferente para no repetir machaconamente lo mismo porque, sin esas variaciones, estas convocatorias perderían interés informativo, que es lo que sus organizadores buscan año tras año desde 2012, cuando el astuto Artur Mas decidió plantear un chantaje al entonces presidente Mariano Rajoy al que en síntesis vino a decir «o concierto económico para Cataluña o atente a las consecuencias». Y las consecuencias son éstas: una parte de la sociedad pacientemente inyectada de pasión independentista que se moviliza a la demanda y que desde aquel año no se mueve ni un centímetro de sus exigencias imposibles.

Son ciudadanos permanentemente excitados por sus dirigentes, que necesitan de estas exhibiciones multitudinarias para seguir cabalgando un caballo desbocado del que no se pueden tirar porque si se tiran, se quedarían maltrechos en la cuneta y se verían abocados a constatar su fracaso. En definitiva, las masas enardecidas sostienen a los políticos y los políticos azuzan a su vez a las masas y las avivan sin descanso para que sigan sosteniéndoles. Y así, alimentándose recíprocamente, sobrevivirán exigiendo eternamente lo que ellos mismos saben imposible porque no ignoran en absoluto que ninguna las dos cosas que reclaman se les puede conceder: un referéndum de autodeterminación, que dicen los dirigentes que forma parte de los derechos políticos de todo ciudadano en una democracia, y la puesta en libertad de los independentistas presos.

Ha sido el numerito de todos los años, que cada vez cuenta con un detalle diferente para no repetir machaconamente lo mismo

Ya se ha dicho hasta la extenuación que ese derecho al que ellos apelan no existe en el mundo y, desde luego, no es de aplicación en un estado democrático como es España. Y mucho menos es admisible la celebración en España de un referéndum sólo para los catalanes en el que se pretende plantear la separación de Cataluña. Esa pretensión es tan inverosímil que no se comprende cómo alguien ha podido concebir semejante imposibilidad y ha logrado inocular en la población la sola idea de que pudiera ser siquiera remotamente alcanzable. Pero esto es lo que ha sucedido en esa comunidad autónoma y esta es la base que explica las concentraciones masivas del 11 de septiembre a partir de 2012.

Ahora bien: de un millón de personas, nada de nada. Esto está archimedido desde hace años ya y está de sobra calculada la extensión del recorrido de la manifestación dividida por el millón supuesto de manifestantes. Bien, si hubiera participado el millón de que habla la guardia urbana, saldrían tres personas por metro cuadrado o, lo que es lo mismo, sería como meter a 300 personas en una casa de 100 metros cuadrados. Imposible. Es más que evidente que la manifestación de este año, como la del año pasado, no han alcanzado esa concentración altísima  e inverosímil.

Aún así eran muchos, muchísimos. Eso es verdad.  Pero también lo es que eran los mismos que en años anteriores. Y que ése no es el pueblo de Cataluña por boca del que insisten en hablar los dirigentes independentistas como si ellos representaran a ese pueblo. Esa es una de las grandes mentiras de todo este montaje teatral en el que se han convertido las celebraciones de la Diada catalana. Hay otro pueblo, mayoritario además, al que esta gente opta por ignorar y del que desearía en el fondo que no se atreviera a hablar, ni a votar, ni a existir, ni a oponerse a esta riada opresora que busca acallar a todo disidente.

La pretensión es tan inverosímil que no se comprende cómo alguien ha logrado inocular en la población la idea de que sea alcanzable

En definitiva, hemos asistido a lo de siempre. Dice Torra: «tenemos el derecho a tener el derecho de autodeterminación, no vamos a renunciar nunca a ese derecho». Bien, pues ése es el muro infranqueable contra el que se va a estrellar el independentismo una vez y otra, y otra, y otra hasta el  agotamiento, el suyo, porque el Estado jamás se podría permitir el menor síntoma de cansancio so pena de provocar su propio hundimiento. Así que en eso estamos y estaremos, atascados frente a frente pero sabiendo los dirigentes secesionistas  que pueden seguir reclamando eternamente lo que jamás van a obtener aunque, eso sí, advertidos de que no vuelvan a violar de nuevo las leyes porque ya saben que si eso sucede, el responsable o responsables irán a la cárcel como sus antecesores.

Y aquí entramos de nuevo en el segundo punto de reivindicación de quienes no desconocen pero están dispuestos a ignorar en público que vivimos en un Estado de derecho donde existe y se respeta la división de poderes que está en la base de cualquier estado democrático y que bajo ningún concepto y en ninguna circunstancia cualquier gobierno se atreverá a indicar a los jueces cuál ha de ser el sentido de una sentencia. Ése gravísimo error de bulto lo cometió en su día -años 80- Felipe González cuando en una conversación privada captada por una cámara de televisión hizo a su interlocutor la siguiente pregunta desvergonzada :»¿Es que aquí nadie dice a los jueces lo que tienen que hacer?».

El Estado jamás se podría permitir el menor síntoma de cansancio so pena de provocar su propio hundimiento

Aquello provocó una escandalera monumental que demostró lo mucho que la democracia española tenía aún que aprender y levantó una formidable polvareda que vacunó al poder Ejecutivo de la tentación de intentar orientar las sentencias de los tribunales. Porque la respuesta que todo demócrata conoce es ésta: claro que no, nadie dice ni puede atreverse a decir a los jueces lo que tienen que hacer en el ejercicio de su jurisdicción.

Y, sin embargo, los independentistas catalanes se han vuelto a subir a ese burro y  reclaman que el Tribunal Supremo ponga en libertad a los presos preventivos que han sido encarcelados, hay que recordarlo, para impedir que reincidan en el delito y evitar el riesgo de fuga, dos elementos que forman parte de las condiciones que han de cumplirse para que un juez decrete la prisión preventiva de un encausado. La Diada de este año tenía también este objetivo, algo tan imposible como la otra pretensión apuntada más arriba: en este caso, amedrentar a los magistrados del Supremo y empujarles a facilitar la salida de la cárcel de los presos independentistas. Y si la reclamación de que el Estado acepte consultar a una parte de la población española sobre la segregación de una parte de su territorio es una aspiración imposible, lo de asustar a los magistrados del TS es una fantasía disparatada.

Estamos, por lo tanto, exactamente donde estábamos y la única diferencia entre la Diada de 2017 de la de este 2018 es la modalidad del montaje que en esta ocasión ha incluido la puesta en el escenario de un muro de atrezzo que estaba destinado a ser derribado a la voz de «independencia y libertad». Y nada más.  En definitiva, aburrimiento, tedio por lo ya visto y repetido miles y miles de veces. Nada entre dos platos.

La única diferencia entre la Diada de 2017 de la de este 2018 es la modalidad del montaje

Más interés político que el que ha generado esta Diada han tenido las declaraciones del ministro español de Asuntos Exteriores y los mensajes que a su vez están lanzando los dirigentes de ERC. Da toda la impresión de que se está produciendo bajo cuerda un acercamiento entre las posiciones de los republicanos y la estrategia del Gobierno de Sánchez. Las afirmaciones de Oriol Junqueras y de Joan Tardá de que es estúpido pretender ignorar a la mitad de los catalanes no independentistas y de que nada se podrá construir en Cataluña sin la participación de los constitucionalistas permite abrir una pequeña rendija a la esperanza y demuestra que se está abriendo una grieta profunda en el independentismo.

Si eso es así, y tiene todo el aspecto de que así es, podríamos intentar explicarnos en esa onda lo declarado por Josep Borrell que nos ha informado graciosamente que a él personalmente le hubiera gustado que el juez instructor no hubiera ordenado la prisión de los dirigentes independentistas y hubiera optado por «otras medidas» sin concretar a qué «otras medidas» se refiere para evitar, por ejemplo, que los hoy presos hubieran seguido el camino de la frontera como el resto de los huidos y para impedir también que siguieran reiterándose el delito por el que van a ser juzgados. Cuando uno es ministro de un Gobierno, las opiniones personales sobre asuntos públicos no son nunca una cuestión particular sino que tienen trascendencia política. Y éste es el caso.

Cuando uno es ministro, las opiniones personales sobre asuntos públicos no son nunca una cuestión particula, tienen trascendencia política

Por eso, si esas declaraciones en el transcurso de una visita al secretario general del Consejo de Europa, que ha respaldado plenamente a España y a sus tribunales, no han sido hechas para mandar un mensaje de aproximación a las nuevas posiciones de los líderes de ERC, las declaraciones de Borrell serían una irresponsabilidad sumamente inoportuna que, como no podía ser de otra manera, han sido convenientemente explotadas en su favor por los independentistas presentes en la manifestación de la Diada y han contribuido a debilitar la posición del Gobierno y a poner en cuestión todavía más la causa de la defensa del Estado de derecho, que es la obligación primera del ministro de Asuntos Exteriores. Me inclino por pensar que esas palabras han sido pronunciadas conscientemente y con un objetivo concreto.

Esperemos a comprobar si se abre desde la cárcel de Lledoners una ventana de oportunidad para salir de este cepo o si solo estamos ante un espejismo provocado por nuestra sed de concordia.