La señora Paluzie es el prototipo perfecto del independentista abducido sin recuperación posible. Maneja con soltura de autómata todas las consignas que conforman esa voluntad inquebrantable de victimización del secesionista, consignas que se van actualizando conforme las circunstancias van modificándose. Pero, eso sí, siempre con el independentismo representado dentro del cuadro cambiante como un movimiento seráfico maltratado una y otra vez por un Estado más fuerte -en esto tienen razón- vengativo y con afán de humillar a quienes solo quieren destrozar España porque tienen todo el derecho a hacerlo. Un  derecho universal reconocido por el mundo entero, ahí es nada.

Lo dice ella misma: «el independentismo ha puesto en el centro un derecho universal, el derecho de autodeterminación, y una herramienta como el referéndum, que es la que utilizan los países civilizados de nuestro entorno para resolver este tipo de conflictos».

Nunca será suficiente el esfuerzo de desmentir afirmaciones tan groseras como ésta porque sucede que sobre la base de ésas y otras mentiras los independentistas han levantado su red de agravio interminable. El derecho de autodeterminación no existe ni está recogido en el Derecho Internacional salvo para algunos casos que se produjeron después de proceso de descolonización y que las Naciones Unidas aceptaron recoger para amparar los deseos de independencia de determinados territorios.

El derecho de autodeterminación no existe ni está recogido en el Derecho Internacional salvo para algunos casos

Pero se trataba de territorios que hubieran estado colonizados o que sufrieran la represión de un Estado que no respetara las libertades públicas propias de cualquier democracia. No hay más. Cataluña queda por tanto a miles de años luz de semejante descripción y no va a haber nadie que reconozca sus pretensiones, mucho menos si se intentan consumar contra la voluntad de  España. Esto se ha repetido hasta la extenuación pero ellos hacen caso omiso de ésta y de todas las otras realidades que no se ajustan a su fantasía.

Esa apelación de la señora Paluzie al derecho universal de autodeterminación es una milonga que ya han incorporado como si fuera uno de los Diez Mandamientos escritos en las Tablas de la Ley. A partir de ahí, llegar a alguna conclusión  razonable con estas gentes es sencillamente imposible, porque se han instalado en un mundo de falsedades del que no se pueden bajar. Por eso Torra en realidad no quiere hablar con el presidente del Gobierno, porque sólo quiere pedir lo que sabe que nunca podrá obtener. Y lo de los referéndums lo podemos dejar para otro día porque me da la sensación de que más de un político irresponsable se empieza a caer del guindo y a explicarse por qué es un recurso que les es tan querido a los dictadores pero que por lo general resultan ser un instrumento desastroso de división profunda en los sistemas democráticos.

Torra en realidad no quiere hablar con Sánchez, porque sólo quiere pedir lo que sabe que nunca podrá obtener

Todo esto con excepción de Suiza, donde el mes pasado votaron en referéndum si subvencionaban a los granjeros para que no descornaran el ganado. Salió que no, que de subvención nada. Aunque también es verdad que los suizos se pronunciaron en contra de una propuesta delirante que proponía anteponer la Constitución suiza al derecho Internacional, una propuesta que, de haber salido adelante les hubiera convertido prácticamente en un país pirata, pero que se planteó porque el partido ultranacionalista y conservador helvético quería responder así al Tribunal Europeo de Derechos Humanos que ha emitido últimamente varias sentencias contrarias a la expulsión del país de emigrantes condenados en los tribunales.

Pero, a excepción de Suiza, los referéndums convocados en  las democracias han dado resultados desastrosos, véase la situación en que se encuentra el Reino Unido en el día de hoy. O cómo se quedó de debilitada sin remedio la provincia canadiense de Québec después del último y ya lejano intento fallido de separarse de Montréal.

De modo que vayamos al resto de las respuestas de Paluzie, que tienen que ver con la modificación de la estrategia que Torra y los suyos habían preparado con una extraordinaria torpeza, tanta como miopía, para recibir al Gobierno el día 21 de este mes en Barcelona. Ahora ya no van, parece, a intentar asaltar nada por la mañana, ni la Lonja ni el Parlament, como habían anunciado los más enragés de sus cachorros.

Los dirigentes independentistas se han dado cuenta de que estaban jugando con fuego y se podían quemar

Y eso no es porque les haya entrado de pronto una vergüenza democrática profunda, sino porque sus dirigentes se han dado cuenta de que estaban jugando con fuego y se podían quemar. Porque han comprendido que no les interesaba esa apuesta. Si hubieran llegado a impedir al  Gobierno celebrar en Barcelona su consejo de ministros sin que los Mossos hubieran sido capaces de mantener a los violentos a raya -porque del hecho de que hay violencia, y mucha, ya no se pueden desprender los independentistas- habría quedado demostrado, para empezar, que el Govern no es capaz de liderar con la eficacia y la contundencia requerida para estos casos a su propia policía.

Dos, que la policía autonómica no sirve, no está capacitada, para cumplir su misión que es la misma que la de la policía francesa, la alemana o la Policía Nacional o la Guardia Civil.

Tres -y hubiera sido otra concusión muy acertada porque es la verdadera- que el presidente del gobierno autónomo catalán es el jefe de los agitadores, lo cual seguramente le enorgullece porque no parece muy listo, pero está hundiendo cualquier posibilidad de defensa fundamentada de los procesados y próximamente juzgados en el Tribunal Supremo. Es decir, que toda esta violencia desatada es lo peor que les puede estar pasando a los Rull, Turull y demás compañeros mártires de la causa. Por eso ellos piden, suplican, desde la cárcel que se vuelva a la «revolución de las sonrisas».

Nadie ignora que, cuando se incendia a las masas, son las masas las que dan las órdenes

Cuatro, que si los Mossos hubieran actuado como corresponde, los dirigentes secesionistas se habrían encontrado otra vez entre la espada y la pared, entre las acusaciones de botiflers por parte de sus alevines y su papel como garantes de la seguridad ciudadana, que es una de las obligaciones fundamentales de cualquier gobernante.

Y cinco, otra cosa aún peor para ellos: que los Mossos habrían proporcionado a los medios de comunicación las imágenes de contundencia de las que estos secesionistas huyen como de la peste y que les desmontarían de una vez por todas la pamema y la falsedad de la «represión feroz» que las fuerzas y cuerpos de seguridad del Estado practicaron sobre ciudadanos pacíficos e inocentes. Porque son las imágenes de cualquier policía en cualquier país del mundo democrático: Alemania, Francia, Reino Unido…

Estas son las razones por las que han decidido fastidiar un poco por la mañana, pero sin enfrentarse a los Mossos como lo hicieron hace una semana en Gerona y en Tarrasa y han optado por dejar la exhibición de la indignación  del supuesto poble catalán -otra mentira mil veces repetida pero que no por ello se convierte en verdad- para la tarde, cuando ya todo el Gobierno se haya marchado. Es el resultado de un cálculo interesado. Nada más.

En cualquier caso, todo esto se les puede acabar yendo de las manos porque nadie ignora que, cuando se incendia a las masas, son las masas las que dan las órdenes. Y las que las ejecutan.