Agárrense los cinturones: quedan solo 32 días para el día B, el Brexit Day, cuando el Reino Unido tiene previsto salir de la Unión Europea y aún no sabemos cómo lo hará. Hay cuatro posibilidades sobre la mesa: salida con el Acuerdo de May, salida sin Acuerdo, prórroga o prórroga y segundo referéndum. El 12 de marzo sabremos si el Acuerdo de May y los Veintisiete se convierte en papel mojado, como parece probable.

La primera ministra acaba de aceptar la posibilidad de la prórroga, que no vaya más allá de junio. (Difícilmente podría por la formación del nuevo Parlamento sin el Reino Unido). May ha anunciado que si se rechaza el actual Acuerdo, se votará  salir sin acuerdo o pedir una prórroga Los Veintisiete no se opondrán con tal de acabar esta tarea titánica.

El tiempo avanza imparable y seguimos en el punto de salida, pero no igual. El desgarro en la clase política británica es abrumador. May se ha consolidado como una maestra en la procrastrinación y la oposición  laborista, sobre todo su líder, Jeremy Corbyn, se ha doctorado en ambigüedad.

A David Cameron, que aceptó el referéndum con la idea de salvar su partido, le deberían encomendar hacer un recuento de lo que el Brexit se ha llevado por delante. Incluida su formación, que llegó a plantear una moción de confianza a la primera ministra, Theresa May, que no salió adelante pero dejó su liderazgo tambaleante. También ha pasado May por una moción de censura de los laboristas, que salvó in extremis, gracias en gran parte a los unionistas norirlandeses. Apenas 19 votos le permitieron seguir al frente del Gobierno.

La población ya no sabe dónde está, pero los que lo tienen más claro piden que se vuelva a votar

Desde aquel 23 de junio de 2016, cuando el al Brexit se impuso en referéndum por 51,9% frente al 48.1% del no, el Reino Unido es otro, más desunido y con riesgo de dar marcha atrás en un conflicto histórico con la cuestión irlandesa, el partido de Cameron también está dividido y la oposición laborista no es una excepción.

La población ya no sabe dónde está, pero los que lo tienen más claro piden que se vuelva a votar. El líder laborista, Jeremy Corbyn, por fin, ahora pone el segundo referéndum sobre la mesa. No por convicción, sino para evitar una sangría en sus filas.

El euroescéptico Corbyn, como lo hizo antes Cameron, no lo hace por las mismas razones que quienes avalan el People’s Vote, que abogan por volver a las urnas porque prefieren quedarse en la Unión Europea. People’s Vote ha convocado una manifestación el 23 de marzo para mostrar su músculo en las calles a unos políticos a los que este momento histórico les viene grande. Todos andan mirando cómo salvar a su partido cuando es el país el que está ardiendo.

Corbyn está viendo cómo se fragmentan los laboristas debido al Brexit. Siete de sus diputados, incluido el cofundador de People’s Vote Chuka Umunna, dejaron el partido y pasaron a integrar el llamado Grupo Independiente. Hasta 70 de los suyos se han mostrado favorables al segundo referéndum. Corbyn temía una sangría.

No sin razón: YouGov ha hecho pública una encuesta en la que el Grupo Independiente está a solo cinco puntos de los laboristas con un 18% de intención de voto. La atomización del voto ha llegado al Reino Unido, también por efecto del Brexit.

Aquel 23 de junio de 2016 se levantó un Muro entre europeístas y eurófobos más allá del Reino Unido. También se abrieron las compuertas del ultranacionalismo. Comenzó una nueva era.

El líder laborista defiende en primer lugar un plan alternativo al Brexit de May. Los laboristas presentarán una moción en la que exigirán que el acuerdo incluya la permanencia en la unión aduanera, en las reglas del Mercado Interior, la equiparación legal de los derechos laborales y la protección medioambiental europea, la permanencia de Reino Unido en las agencias de ayuda y el mantenimiento de los acuerdos en materia de seguridad.

Si no sale adelante, como es previsible porque los laboristas no cuentan con suficientes apoyos en la Cámara, apoyarían la enmienda de los diputados Yvette Cooper y Oliver Lewin para pedir una prórroga y evitar la salida sin acuerdo y después otra sobre un segundo referéndum.

Cumple con el mandato del congreso de septiembre pasado de Liverpool, en el que se planteaba como objetivos derrotar el plan de May, facilitar la convocatoria de elecciones, y en caso de fracasar, pedir un segundo referéndum.

El alcalde de Londres, Sadiq Kahn, ha dicho que “es lo mejor para el país”, y el ministro del Brexit en la sombra, Sir Keir Starmer, firme partidario de la consulta, afirma que una opción debería ser la permanencia en la UE. Curiosamente no todos los laboristas están de acuerdo, pero los liberaldemócratas sí aplauden que se vuelva a consultar a la población.

Aún así, la opción de un segundo referéndum no cuenta sobre el papel con suficientes apoyos en el Parlamento y puede favorecer que los Brexiters se inclinen por el Acuerdo de May antes que arriesgarse a un segundo referéndum. Saben que cada vez hay más Bremainers.

Como ha dicho esta semana el primer ministro holandés, Mark Rutte: “Estamos caminando como sonámbulos hacia un escenario de salida sin acuerdo. Es inaceptable y vuestros mejores amigos os lo han advertido. Despertad. Esto es real”.

La primera ministra británica, Theresa May, sabe que es real y, había  decidido jugar la arriesgada baza del tiempo. Cuanto más cerca del abismo se sientan los diputados, mayores serán las posibilidades de que salga adelante su Acuerdo de Salida, ya aceptado por los Veintisiete. Con alguna modificación y con posibilidad de ampliar el plazo hasta junio como máximo. Ha necesitado ese colchón de seguridad por las disensiones entre los conservadores.

De ahí que quiera que ese llamado meaningful vote (voto significativo) se realice hacia el 12 de marzo. Tres ministros y tres secretarios de Estado amenazaban con dimitir si no eliminaba la opción de un Brexit sin acuerdo. Fiualmente, dará opción para votar en el Parlamento primero su Acuerdo, después un Brexit sin acuerdo y si no se acepta, una dilación limitada. También May intenta tapar más fugas en los conservadores.

Una tercera parte de los encuestados no sabe lo que es un Brexit sin acuerdo”

En este contexto resulta significativo ver cómo piensan los británicos. Según cita Polly Toynbee en The Guardian, una tercera parte de los encuestados por Populus no sabe lo que es una salida sin acuerdo, un 12% cree que significa que todo sigue como hasta ahora e incluso hay quienes creen que implica no salir de la Unión.

Los que saben lo que quiere decir salir sin acuerdo califican como “terribles” los preparativos del gobierno. Saben que May ha ido dando patadas al balón hasta llegar al borde del precipicio y ahora reconoce que vendría bien más tiempo si no sale adelante su Acuerdo.

Pocos conocen que la campaña a favor del Brexit estuvo basada en hechos falsos y en un sobrecoste no justificado, como ha reconocido la Comisión Electoral, pero los tribunales han dictaminado que no puede anularse el resultado porque era consultivo, según ha explicado Jessica Simon, la abogada que ha llevado el caso a la Justicia en nombre un grupo de británicos residentes en la UE. Aunque la consulta se hizo con mentiras, con un presupuesto excesivo, y no era de obligado cumplimiento, aún clama May que es el mayor ejercicio de democracia jamás visto en la Historia.

La mayoría coincide en que la ineptitud de los políticos hace el Reino Unido un motivo de bufa en el mundo entero. Tanto los partidarios de salir como los de quedarse en la Unión reconocen que no sabían que era un proceso tan complejo. Si bien poca gente ha cambiado su opinión entre lo que votaron en 2016, los que lo han hecho ha sido para inclinarse hacia la permanencia, y los nuevos votantes o los abstencionistas se inclinarían por seguir en la Unión. Es decir, si se hiciera efectivo hoy el Brexit, 978 días después del referéndum, se haría con una mayoría de británicos en contra.

El tiempo también será quien juzgue a quienes han llevado al Reino Unido a este laberinto.