Opinión

Madrid, Navarra y la última virgen de Venecia

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Madrid, Navarra y la última virgen de Venecia
Luis Miguel Fuentes

Rocío Monasterio ha facilitado el acuerdo.

Resumen:

Habrá gobierno para la Comunidad de Madrid, hay gobierno para Navarra. Cuando llega agosto, con la urgencia de la gente y de los océanos, se aclara el panorama de los pactos sospechosos, con el contrato y la garra de Mefistófeles debajo de la mesa. Sólo Sánchez, que no contempla otra cosa que gobernar solo, como una reina madrastra de cuento, pretende hacernos creer que se libra de pringar, como están pringando todos, con un extremo o con otro, incluso asumiendo deudas shakesperianas, de sangre o de chicha. El neocomunismo plazoletero, los nacionalismos tragaldabas, el nacional-populismo jaquetón, y hasta los coros y danzas de ETA… Con alguno hay que firmar o hacer la vista gorda, disimular o transigir.

Iván Espinosa de los Monteros y Rocío Monasterio son como una pareja de monjas

En Madrid se ha arreglado la cosa cediendo Vox con las leyes LGBTI y la “violencia intrafamiliar”. Los salvadores de la Patria, con tambor legionario y bandera de cola de novia o de cola de caballo, como una bandera de Zuloaga, nos han salido sobre todo puritanos y freudianos. Con todo lo que tenemos encima, les obsesiona sobre todo la entrepierna, la ajena o la propia, que el mariconeo les vuelva maricones o que la mujer simbólica les corte simbólicamente el pito, y sólo le dan vueltas a eso, proponiendo eufemismos sedantes y redadas de cabaré. Más, desde que ya sólo salen Iván Espinosa de los Monteros y Rocío Monasterio, que son como una pareja de monjas, como esas monjas que se ven en pareja por la calle y por los trenes, ya matrimonializadas casi, como guardias civiles viejitos. Una vez que se han librado de pactar con dos monjas con cornete, monjas de bromuro y hospicio, casi no parece tan grave que quede pactar con el sargento de tamborileros. Lo que hay en el pacto de Madrid, dicen PP y Cs, es asumible. O, al menos, no espanta. De momento, habría que decir.

En Navarra, sin embargo, están todos los soldados de Dios y todas las monjas con bigote, todos los fanáticos de la sangre en la manga o en el cilicio o en la bandera, bandera siempre manchada de sangre como una bandera de museo confederado. O sea, que ahí está el PNV, con su sombra de urraca, y ahí está Bildu, con su sombra de bicha saliendo de una calavera. Ninguno ha abandonado sus dogmas ni sus fines, pero Chivite dice que su gobierno “no traerá ninguna catástrofe”. Con Otegi de portero o de cobrador, qué catástrofe puede ocurrir. Y menos aún con el PNV, que últimamente hasta se atreve a hacer de padre en el Congreso: recuerden a Aitor Esteban en el debate de investidura, con manos y verbo blandos de cura. Lo que ocurre es que, a veces, algo nos recuerda lo que son, o nos lo recuerda el mismo Anasagasti evocando a Sabino Arana como el que evoca la fecha en que comenzó Verano azul: “Hace 124 años un joven de 30 creó un partido”, tuiteó. Un joven… Vamos, un paleto racista, misógino y supremacista, una especie de nazi abrazaovejas. Su héroe, su padre.

No hay un pico de la política española que no queme. Sólo Sánchez, que ve razones divinas para gobernar solo desde su trono bañera, nos quiere hacer creer que el Diablo no le ha abanicado con las pestañas ni le ha tocado con el rabo viscoso. En Madrid los ultras se conforman con bajar los impuestos y con que siga habiendo colegios de curas, o sea como siempre. En Navarra, para conseguir el gobierno, el PSOE (el PSOE de Sánchez, no de ningún otro extremista o vendepatrias) les ha entregado a PNV y Bildu la pieza que nunca tuvieron. El árbol se sigue agitando, las nueces siguen cayendo, y Navarra ya está en la boca de la bicha mientras Sánchez se proclama la última virgen de Venecia.