El independentismo catalán ha asumido ya que está entre el meteorito y el apocalipsis zombi. O sea, que lo suyo es una catástrofe, como esas películas donde se le viene encima un asteroide a Morgan Freeman con las gafas de leer medio caídas, o se casca el huevo del planeta, o un virus en un vial rojo como un bombón nos convierte en muertos vivientes empezando por un campamento de verano. Un tsunami, ahora resulta que lo suyo es un tsunami.

Tsunami Democrático se llama el movimiento, la campaña, la organización, la película Z que se han inventado cuando hasta ellos están cansados, aburridos y peleándose de hastío e inutilidad. Entre terremotos, huracanes, superbacterias, el cambio climático que viene hasta con su propio Damien (esa Greta Thunberg con una mirada que enloquece a los mandriles), ellos han escogido el tsunami, que a lo mejor tiene su sentido narrativo o simbólico. Un tsunami, que el hondo y oculto seísmo del 3% produzca, ya lejos y mucho después, las grandes olas de la muerte o la purificación; ahogarnos entre gente y entre barro, o entre gente igual que barro, que su pequeña patria de pequeños castores se desborde hasta arrasarlo todo y sobrevivan sólo los de los más altos tejados como los de la más alta catalanidad.

Los independentistas están cansados, acorralados, a punto de ser derrotados y entrullados

La verdad es que el independentismo no ha estado nada afortunado con sus símbolos. Las antorchas, las procesiones y los cánticos de gente como ensabanada, las caras coreanas de los presos en fachadas o zepelines, los edificios públicos dejando caer como cabelleras arias su versión atuetanada de la Blutfahne (la “bandera de sangre”), la marca de ángel exterminador en los dinteles de los santos o de los infieles, para que la muerte civil los busque o pase de largo… Y ahora, el tsunami. Es que son lo que son, el nacionalismo de raza es lo que es, su mitología no puede remitir sino a eso, a grandes y espeluznantes unanimidades, a hachones contra la impureza, a cegueras totalizantes pasadas por la cara en forma de trapo o de telaraña, de gloria o de miedo, y a cataclismos arrasadores o fundantes. Y con todo esto en sus manos goteantes, aún hablan de democracia, cuando no hay nada más contrario a la democracia que derogar los derechos inalienables de los ciudadanos para imponer los derechos imaginarios de los pueblos.

Pero están cansados, acorralados, a punto de ser derrotados y entrullados. Torra discute con Torrent, Puigdemont se enfrenta con Junqueras, las asociaciones y chiringuitos indepes se echan la culpa de que el Mesías no haya llegado, como iglesias milenaristas de camisón y aguadilla. Así que su mitología necesita otro cachivache simbólico más, otra reliquia más, otra fecha para el fin del mundo o para el Rapto de los elegidos, otro calambre en la amígdala creyente, como esas sectas carismáticas del telele y el espumarajo. Eso del tsunami es suficientemente apocalíptico, definitivo, poderoso y bobo para que hayan decidido que su nueva esperanza bien pueda ser nombrada bajo esa catástrofe enfierecida, vengadora y como surfera.

El independentismo no se podía retratar mejor que con un fin del mundo para adolescentes y una catástrofe global anunciada con trompetilla

Tsunami es la palabra que escogería, la verdad, un comentarista deportivo o un mal escritor con prisa. Esa palabra que se puso de moda entre todos los perezosos de todos los gremios, una palabra que les sonaba más a papiroflexia que a terremoto, que les evocaba más a un anuncio de tónica refrescante que a la muerte y al escombro. Una palabra escogida por perezosos pasados de moda, sí, eso encaja perfectamente con el universo indepe. Los indepes son sobre todo perezosos, quieren que les hagan su revolución el propio Estado, sus tribunales y hasta sus guardias civiles con tricornio de rosca, mientras ellos sólo hacen veladas y campamentos flautistas. Son perezosos y, como digo, pasados de moda. Hasta llegar al prerromanticismo herderiano y vacuno; hasta el esencialismo, que en política es equivalente al espiritismo en ciencia.

Una muerte global por ahogamiento y aplastamiento es lo que más se les parece. Y un trailer peliculero es lo que más le pega ahora a su negocio del desastre. El tsunami indepe, en fin, próximamente en sus pantallas. Hemos visto cosas más raras: tiburones lloviendo del cielo (Sharknado), pánico porque se acabe el calendario maya como si se te acabaran aquéllos de las cajas de ahorros (2012), el núcleo terrestre parado aunque no se puede parar mientras la tierra gire (El núcleo)… Cosas increíbles, mentirosas y patéticas, entre la muerte y la risa. El independentismo no se podía retratar mejor que con un fin del mundo para adolescentes y una catástrofe global anunciada con trompetilla.