Resulta impresionante, tan impresionante como doloroso, asistir al ataque por parte del viejo Rey a la obra que él mismo contribuyó principalísimamente a levantar. Me refiero a lo que contiene el artículo 1º de la Constitución que dice que España se constituye en un Estado social y democrático de Derecho en el que la soberanía reside en el pueblo español del que emanan los poderes del Estado y cuya forma política es la Monarquía parlamentaria.

Sin el concurso de Juan Carlos de Borbón como Rey de España nuestro país habría tenido extraordinarias dificultades para transitar en paz y en un tiempo récord de un régimen autoritario a una democracia plena. Y lo impresionante, y lo doloroso, es comprobar que toda la gigantesca obra pública del Rey como institución ha venido siendo derruida año tras año por el propio Rey como persona privada. Lo que quiero decir es que mientras el comportamiento constitucional de Juan Carlos I fue impecable y brillante durante todos los años de su reinado, su comportamiento ciudadano durante ese tiempo ha sido deplorable y pudiera ser que incluso delictivo.

Y no sólo eso, porque ya no se trata de que el viejo Rey esté dinamitando su figura y haya destruido la enorme consideración y el inmenso afecto que le tuvieron los españoles, monárquicos y también republicanos durante décadas, sino del daño que está infligiendo a la Corona y a la Monarquía parlamentaria como la forma del Estado español que establece la Constitución.

Mientras el comportamiento constitucional de Juan Carlos I fue impecable y brillante durante todos los años de su reinado, su comportamiento ciudadano ha sido deplorable y pudiera ser que incluso delictivo

No voy yo a criticar al viejo Rey por la larguísima lista de sus amantes porque eso forma parte de la vida sentimental y por tanto íntima de su persona, aunque sí quiero destacar la muy meritoria actitud de la Reina Sofía quien, además de sufrir lo indecible por las infidelidades de su marido, del que nunca dejó de estar enamorada, mantuvo inalterable la posición institucional contra viento y marea en todas las circunstancias por difíciles que hayan sido, y algunas lo fueron de manera extraordinaria.

Pero la Reina Sofía tenía dos cosas muy presentes: una, lo que el país esperaba de ella, y dos, el legado que tenía que preservar para su hijo, el hoy Rey Felipe. Y esto es lo que el padre del joven Rey ha ignorado o despreciado palmariamente. Y también lo que ha destruido, todavía no podemos calibrar hasta qué punto. Porque no se trata ya de los enjuagues infames en los que haya incurrido a lo largo de su vida activa y que le pueden llevar a la humillación -no sólo de él sino de todos los españoles a los que representó su figura- de ser juzgado por el Tribunal Supremo. No se trata ya de eso, se trata del daño inmenso que su comportamiento ha hecho y va a seguir haciendo a la Monarquía parlamentaria que hoy encarna su hijo.

Lo más probable es que Juan Carlos I haya actuado con ese desparpajo y falta de ética porque pensara que su inviolabilidad le iba a proteger a lo largo de toda su vida ya que nunca consideró la posibilidad de abdicar la Corona. Al contrario, él estaba dispuesto a morir como Rey. Pero llegó un momento en que sus propios errores alcanzaron un nivel que ya empezó a desbordar la contención de las informaciones que durante muchos años no fueron sacadas a la luz por la mayoría de los medios de comunicación, precisamente por el respeto a su figura y a su obra política.

Cuando se rompió la cadera en Botswana se rompieron también las compuertas que contenían toda la suciedad acumulada, y esa información empezó a hacerse presente ante una sociedad que braceaba en mitad de la tormenta desatada por la mayor crisis padecida en todo el periodo democrático pero que se enteraba estupefacta e indignada de que el Jefe del Estado estaba en esos momentos cazando elefantes en compañía de su última amante, de nombre Corinna y de apellido Larsen, aunque ella porfiaba en que se la tratara como princesa porque insistía, contra la opinión de su ex familia política, en seguir utilizando el apellido de su antiguo marido del que ya estaba divorciada: Corinna Zu Sayn-Wittgestein se hacía llamar.

Y a partir de ahí todo vínculo afectivo entre el Rey y los españoles que se había ido rompiendo poco a poco alcanzó un punto en el que la consideración que los españoles tenían sobre la Monarquía llegó a ser ínfima. Y se dispararon todas las alarmas. Juan Carlos I estaba dañando de manera irreversible la institución. Por eso abdicó la Corona en su hijo, porque su cabeza no podía sostenerla más.

Cuando se rompió la cadera en Botswana se rompieron también las compuertas que contenían toda la suciedad acumulada

Al Rey Felipe le tocó la dificilísima tarea de volver a prestigiar la Monarquía demostrando a los españoles que la persona que la encarnaba a partir de ese instante iba a velar «por la dignidad de la Institución, preservar su prestigio y observar una conducta íntegra, honesta y transparente, como corresponde a su función institucional y a su responsabilidad social. Porque, sólo de esa manera, se hará acreedora de la autoridad moral necesaria para el ejercicio de sus funciones». Esa fue una declaración de principios y de intenciones formulada el día de su proclamación como Rey de España.

Aquella fue una manera de comprometerse ante todos sus compatriotas a devolver a la Corona española a los parámetros éticos de los que, él lo reconocía así implícitamente, su padre se había evadido. Por la misma razón, el Rey Felipe vuelve a recordar hoy a los españoles en el comunicado hecho público por su Casa aquellas palabras que pronunció el día de su proclamación hace ya casi seis años.

Pero en esta ocasión ese párrafo tiene la fuerza de un reproche abierto a su predecesor. Porque no es otra cosa que un reproche, acompañado de la decisión de apartarse de su padre por más que pueda dolerle, que no sabemos hasta qué punto le va a doler, porque las informaciones que provienen de la famosa Corinna -«esa diabólica mujer», como me la describió un día el general Félix Sanz Roldán, director entonces del CNI- y de la firma del bufete de abogados que se ocupa de sus asuntos judiciales han destapado un asunto tan turbio como una posible comisión de 100 millones de dólares cobrada presuntamente por Juan Carlos I, es decir, cuando todavía era Rey, de manos del rey de Arabia Saudí por hacer de intermediario, o de «conseguidor,» del contrato del AVE a la Meca.

Pero no sólo es eso. Es que hay una evidente intención de involucrar al Rey Felipe en esa operación oscura porque el bufete londinense de Corinna Larsen se puso en contacto el año pasado con la Casa del Rey para informarle de que él era el heredero de ese dinero por decisión de su padre.

Si Felipe no hubiera reaccionado inmediatamente, como hemos sabido este domingo que hizo en cuanto supo que estaba involucrado involuntariamente en la participación de un dinero a todas luces ilegal, dinero negro, y no hubiera hecho constar ante notario que ni tenía noticia de semejante cosa ni quería tener la menor relación con esas actividades, que en el comunicado de su Casa el propio Rey sugiere que «puedan no estar en consonancia con la legalidad o con los criterios de rectitud e integridad que rigen su actividad institucional y privada y que deben informar la actividad de la Corona», habríamos tenido un muy serio problema.

El texto es de una contundencia inapelable, carece de un prólogo, una explicación o de un mínima justificación. Es como un veredicto de culpabilidad, ni presunta ni nada, emitida por el hijo contra su padre

Y eso habría sido así porque, cuando la Fiscalía Anticorrupción de España y el fiscal suizo Yves Bertossa, que investiga desde 2018 esa donación millonaria del rey saudí a Juan Carlos I en una cuenta suiza a través de la Fundación Lucum, hubieran terminado sus pesquisas, nos habríamos encontrado con que Felipe de Borbón estaba involucrado indirectamente en ese posible delito en la medida en que no habría expresado su voluntad de renunciar a esa herencia a la muerte de su padre..

Y entonces no hubiera habido Constitución suficientemente fuerte y poderosa para proteger o impedir que la Monarquía fuera expulsada de la vida política de España, con lo que un grave conflicto de fondo en nuestro país estaría asegurado. Se comprende por eso la irritación supina que el Rey siente hacia su padre y que exuda con gran potencia el comunicado de su Casa. Y de esa irritación y de ese rechazo público hacia los desmanes de Juan Carlos se desprende la decisión de Felipe de retirar al viejo Rey la asignación anual de la que disponía.

No hay más que ver el redactado de ese punto 3 del comunicado de la Casa del Rey para comprender el grado de irreversibilidad de la ruptura: el texto es de una contundencia inapelable, carece de un prólogo, de una leve explicación o de un mínima justificación. Es como un veredicto de culpabilidad, ni presunta ni nada, emitida por el hijo contra su padre. Es la síntesis de un rechazo completo, radical. Es el punto final a una paciencia largamente practicada.

Y para rematar, el Rey obliga a su padre a declarar ante todos los españoles que nunca informó a su hijo y heredero de la existencia de las dos Fundaciones que guardan al parecer el dinero negro -presuntamente- amasado por él y a recordar que desde mayo pasado está ya fuera de toda actividad institucional u oficial y que está «completamente retirado de la vida pública». Ese párrafo es la humillación final, el distanciamiento último y creo que irrecuperable.

Mal final va a tener el hombre que desde la Jefatura del Estado hizo posible el logro político extraordinario que fue la Transición. No creo que a su muerte se produzcan los homenajes que su labor institucional de tantos años merece y a los que debería ser acreedor pero cuyas andanzas privadas han conseguido destruir en el aprecio de los españoles. Tanto, tanto, que hasta su propio hijo lo ha expulsado de su lado.

No creo que a su muerte se produzcan los homenajes que su labor institucional de tantos años merece y a los que debería ser acreedor

Y, sin embargo, los esfuerzos del Rey Felipe no van a ser suficientes para detener la ofensiva contra la Monarquía que sin duda se va a desatar en cuanto España consiga vencer al coronavirus y la vida política regrese a los cauces de la normalidad.

Hay que dar por hecho que en cuanto se celebre el juicio pendiente en la Audiencia Nacional sobre la grabación supuestamente clandestina que el ex comisario Villarejo hizo a Corinna Larsen, declaraciones que han sido ampliamente difundidas por los medios de comunicación, asistiremos a un despliegue de ataques a la institución monárquica por parte no sólo de los republicanos beligerantes sino por parte de otros ciudadanos indignados y escandalizados por los desmanes de los que se acusa al viejo monarca y de los que ha sido víctima principal su hijo el Rey Felipe.

Pero toda la munición para esta batalla se la ha proporcionado a sus adversarios personal y directamente Juan Carlos de Borbón, quien fue en su día el muy querido y muy admirado Rey de España. Eso es lo más triste.