El ser humano es un “ser social”, diseñado para estar en compañía de otros y necesitado del contacto con sus semejantes. Hoy nos parece imposible pasar un día sin contacto de ningún tipo con otras personas, pero ha sido relativamente frecuente a lo largo de la historia que determinadas profesiones se ejercieran en largos periodos de soledad. Pensemos en los fareros en lo alto de su torre, en los marineros, en los exploradores de regiones desconocidas, en los cazadores de pieles, y en los pastores, entre otras profesiones. En Alaska se hablaba de la “fiebre de las cabañas”, en aquellos casos de exploradores que pasaban largo tiempo aislados y que podían llegar a sufrir problemas emocionales, ansiedad, frustración y depresión.

Sin teléfono, sin WhatsApp, sin televisión, sin contacto con otros, todas estas personas han tenido que pasar días, meses y años en soledad, sin contacto humano y, en muchas ocasiones, expuestos a los peligros de la naturaleza. La literatura y el cine han explorado en ocasiones estas historias de personas aisladas, ahondando en los sentimientos enfrentados del protagonista y coqueteando con el peligro de que acabe trastornado por la soledad.

En cuanto a soledad extrema y prolongada más allá de dos semanas se ha informado de casos en los que se han presentado síntomas como: cansancio, insatisfacción, pérdida de interés, depresión, problemas de concentración, ansiedad, cambios en el apetito, irritabilidad y alteraciones del sueño, entre otros.

En Alaska se hablaba de la “fiebre de las cabañas”, en aquellos casos de exploradores que pasaban largo tiempo aislados y que podían llegar a sufrir problemas emocionales, ansiedad, frustración y depresión

Y, sin embargo, la historia está llena de casos de personas aisladas que han aprovechado la soledad de forma creativa, como el pastor que fabrica artesanalmente una flauta a partir de una rama hueca y se entretiene improvisando música, o el farero que empieza a escribir poesía y vierte sus sentimientos en el papel.

Es muy revelador el caso de los encargados del mantenimiento de los faros. Algunos de ellos se llevaron al faro a sus familias, vivían con ellas y educaban allí a sus hijos. Aunque ese trabajo implicaba una especie de “reclusión forzosa”, como la que ahora todos estamos viviendo, al menos en esos casos implicaba el contacto con otras personas. Y esa convivencia tan estrecha entre un grupo reducido de personas era más tolerable que la soledad absoluta, pero también implicaba problemas de roces, discusiones y molestias por lo reducido del espacio que compartían. Tiempo después apareció una ayuda muy importante: la posibilidad de conectar con el exterior mediante la radio.

La experiencia con este tipo de trabajos nos lleva a algunas recomendaciones que nos pueden ayudar en estos días en los que nos vemos obligados a permanecer en casa sin salir por la pandemia del coronavirus:

  • Los días se pueden hacer largos sin planificación. Ayúdate del orden, de las rutinas, de los horarios, para evitar la sensación de “tiempo vacío”. No pases el día en pijama. Vive una rutina de aseo y vestido, similar a la de un día normal en el exterior. Combina en tu rutina sesiones de trabajo con momentos de ocio.
  • Aprovecha el tiempo. Es cierto que descubrirás que sin distracciones externas puedes aumentar tu productividad si estás trabajando desde casa, pero no olvides dedicar un tiempo al ocio, al descanso y al ejercicio físico. Cuidar tu bienestar físico puede ser fundamental en estos días. Las pantallas no pueden ser el centro exclusivo de tu actividad. No olvides tu descanso y no trates de trabajar todo el tiempo.
  • Si estás acompañado de otras personas en casa, aprovecha para mantener conversaciones calmadas y expresa tus sentimientos. Desempolva los juegos de mesa y aprovecha para interactuar cara a cara. No olvides conectar con familiares que están alejados de ti. Si puedes, realiza videollamadas. Ver la cara de otra persona es mucho más tranquilizador que simplemente escucharle. Esto te puede servir para comprobar su estado de ánimo, su apariencia de salud o cansancio y para obtener una sonrisa que les haga más corto el día.
  • No olvides el intercambio social a distancia: Salir a la ventana a aplaudir no es sólo un gesto de agradecimiento a los sanitarios, a los policías, a los empleados de transporte, etc., sino una forma de conectar en grupo con los vecinos que también están pasando por lo mismo, una forma de decirnos unos a otros que estamos haciendo lo correcto. Es un gesto de ayuda mutua, un sentimiento altruista que te va a ayudar a dar sentido a tu sacrificio. Aprovecha para hablar con los que comparten la casa contigo, no te recluyas en una soledad mayor.
  • Sé creativo y mantén tu forma física. Existen muchas formas de hacer ejercicio en casa. No olvides que un cuerpo en buen estado físico te ayudará a mantener un buen estado mental. Recupera actividades que no siempre puedes realizar, como la lectura, la música, la escritura. Ponte de acuerdo con tus compañeros en la casa para repartir las tareas.
  • Evita recibir un exceso de información sobre la enfermedad. Huye de páginas web alarmistas. Analiza tus miedos y usa el sentido común. Aún no sabemos qué va a pasar dentro de unas semanas y es poco útil estar continuamente pensando en ello. Hay muchas otras cosas interesantes en las que pensar. Cuida tu salud diaria, aliméntate bien y toma el sol siempre que puedas en la ventana, tiene un potente efecto para mejorar el estado de ánimo. Abre las ventanas, deja que la casa se airee y se oxigene, disfruta de ese raro silencio que ahora inunda las calles. No olvides el sentido del humor y… si encuentras una rama hueca, no la tires, transfórmala en una flauta, como el pastor que supo sacar música de su soledad.

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Pedro Luis Nieto del Rincón es profesor adjunto de Psicología Básica y director del Departamento de Psicología y Pedagogía de la Facultad de Medicina de la Universidad CEU-San Pablo.