Lo que pasa con el actual alcalde de Madrid es que se ha convertido en un refugio para lo que Manuel Chaves Nogales representó en los tiempos durísimos y sangrientos de la guerra civil española y que se llamó entonces, y se sigue llamando ahora, la tercera España.

Esa España, a la que pertenece la inmensa mayoría de los ciudadanos de este país, suele ser una España que, ahogada entre la presión de un radicalismo, a veces impostado, entre la derecha y la izquierda, sale siempre perdedora. El periodista sevillano que en plena guerra civil se exilió primero en Francia y luego en el Reino Unido, donde murió en 1944, vivió ese drama y tuvo la honestidad y la valentía de poner por escrito la tragedia de quienes, por estar dispuestos a juzgar con un criterio abierto a los unos y a los otros y ser capaces de apreciar las verdades y los aciertos así como los errores y las trampas, incluso los crímenes, de ambos bandos, fueron considerados enemigos a batir desde cualquiera de las dos trincheras. «Perfectamente fusilables» por cualquiera de las dos facciones.

Se repite una polarización como no se había vuelto a ver desde la llegada de la democracia

Aquellos tiempos pasaron y no se volverán a repetir. Tampoco se repetirá el clima de enfrentamiento a sangre y fuego que dominó el país en los años 30 del siglo pasado. Pero ahora se repite, sin embargo, una polarización como no se había vuelto a ver desde la llegada de la democracia. Ahora el enfrentamiento entre izquierdas y derechas ha alcanzado un grado de ebullición tal que deja poco sitio para quienes no quieren verse estabulados para ejercer la defensa a ultranza de los propios frente a los adversarios, que ya son considerados enemigos.

Tampoco ahora queda sitio para esa tercera España que suele asistir en silencio al espectáculo de gladiadores pero, eso sí, sabiendo que hoy dispone de un arma poderosa cada cuatro años, que es su voto. Pero, aparte de esa pequeña revancha cuatrienal, lo cierto es que los templados, los llamados «tibios» tampoco son bien vistos en la actualidad y desde luego son una rara avis en la política española. Y sin embargo, alguno hay.

José Luis Martínez-Almeida es uno de esos pocos, no el único. Militante del Partido Popular ejerce su responsabilidad como alcalde con una actitud sideralmente alejada de la confrontación ideológica. Este alcalde huye de la bronca política como de la peste y está dispuesto a apearse de la armadura protectora de su pertenencia a un partido para afanarse en buscar soluciones para su ciudad.

Su gestión no hace ruido ni lo busca. Actúa en silencio buscando más el buen resultado que el eco social y el rédito político

No reta a los demás, al contrario, los invita a aportar sus ideas para ver si puede sacarse de la suma de todas ellas algo relevante y aplicable a las necesidades de Madrid. Su gestión no hace ruido ni lo busca. Actúa en silencio buscando más el buen resultado que el eco social y el rédito político. Es eficaz, no sabemos si es brillante pero sí sabemos que es ingenioso y que emplea el arma nuclear del sentido del humor para destruir cualquier enconamiento que pueda ser soluble con la palabra.

Este nuevo modo de hacer política es algo que agradece enormemente esa tercera España, harta de grescas, de insultos y constantes descalificaciones, saturada del espectáculo permanente de circo romano en el Congreso y en todas las tribunas, que no lleva más que a irritar alternativamente a unos y a otros en un crescendo que amenaza con estallar tan ruidosa como improductivamente.

Y ese otro modo de estar en la vida pública es lo que al alcalde de Madrid le está valiendo no sólo el respeto y la colaboración de los partidos de la oposición en el Ayuntamiento sino el notable incremento de su prestigio entre los votantes de la capital. Es probable que ése no sea el objetivo de Martínez-Almeida, más interesado en acometer los problemas de su ciudad y buscarle respuestas a sus vecinos que en medir el día a día de sus personales perspectivas electorales.

Almeida ha acreditado ser un buen alcalde, un hombre de concordia, de pactos y de búsqueda constante de consensos

Por eso precisamente está creciendo en el aprecio, el afecto y el apoyo de los madrileños. Un premio con el que se está encontrando sin haberlo buscado en términos de interés político. Desde luego, se ha hecho un hueco entre las personas con prestigio y autoridad en el seno de su partido y hasta el momento no se tienen noticias de que le hayan salido al paso los enemigos que siempre emergen entre las filas de los propios. Pero ese fenómeno no tardará en producirse. Sobre todo si su trayectoria sigue estando acompañada por el éxito, cosa que es pronto para determinar.

De momento, ha acreditado ser un buen alcalde, un hombre de concordia, de pactos y de búsqueda constante de consensos. Hay unos cuantos que deberían tomar nota.