Muy nervioso se le ve a Pablo Iglesias con el asunto éste de la tarjeta robada de su amiga y compañera Dina Bousselham. Tan nervioso que se lanza a amenazar -porque esto en él es una amenaza, no un interés por averiguar nada- con crear una comisión de investigación sobre las cloacas del Estado dando incluso, antes de que su grupo lo haya siquiera planteado en la Mesa del Congreso los nombres que, según él, tienen o tendrían que comparecer en ella.

Ésa es su respuesta a un problema que él tiene planteado personalmente y al que lo que le ocurre es precisamente que no tiene la menor conexión con las famosas cloacas que tanto juego político le han dado desde las campañas electorales de abril y mayo de 2019.

Lo que Iglesias pretende demostrar con esa comisión ideada de un día para otro no tiene nada que ver con lo que le está pasando y es que se ha demostrado que mintió a su electorado, que mintió a la opinión pública española, que construyó deliberadamente un relato sobre bases falsas elegidas por él para componer esa historieta en la que él aparecía como víctima propiciatoria de los bajos fondos del Estado azuzados por el Partido Popular y que, con todos esos mimbres, le contó la milonga al juez instructor del juzgado número 6 de la Audiencia Nacional.

El problema terrible, que puede costarle ahora muy caro, es que el juez le compró la mercancía averiada e incluso llegó a agradecerle su exposición de esa historia tan cerrada, con su planteamiento, su nudo, su desarrollo, su desenlace y su interpretación, que Pablo Iglesias le suministró.

Iglesias, que no soporta verse haciendo el ridículo como lo está haciendo, no hace más que hundirse con sus sucesivas explicaciones, a cual más lamentable, más grotesca, más inverosímil

Es decir, que el líder de Podemos ha humillado ante la vista del público a su señoría a quien se le debió de quedar cara de tonto en cuanto comprobó que había sido víctima del timo de la estampita.

Y eso el magistrado Manuel García Castellón no lo va a tolerar. No hay más que leer sus autos en los que le retira a Iglesias su condición de perjudicado en la causa abierta y en los que deniega a la Fiscalía admitir el perdón de la verdaderamente perjudicada, la señora Bousselham, para darse cuenta del grado de cabreo que tiene ahora mismo el juez.

Pero la cosa se ciñe a este ámbito, a las mentiras urdidas por el vicepresidente del Gobierno y ahora, al descubrimiento de las presuntas relaciones demasiado «próximas» por decirlo suavemente, entre uno de los fiscales Anticorrupción del caso Tándem y la abogada defensora al mismo tiempo de Iglesias y de Bousselham, lo cual ha podido producir filtraciones indebidas y que podrían ser objeto de una sanción penal.

Eso es todo, es un asunto que atañe a Iglesias, a los turbios manejos de su partido que con este motivo están saliendo a la luz y al dudosamente ético y legal comportamiento de la Fiscalía. El problema es que este hombre, que no soporta verse haciendo el ridículo como lo está haciendo, no hace más que hundirse con sus sucesivas explicaciones, a cual más lamentable, más grotesca, más inverosímil y más descalificatoria de su persona y de sus convicciones infamemente machistas, en el charco de arenas movedizas en el que ya está metido hasta las cachas.

Y, cada vez más ciego y más decidido a salir adelante del embrollo ideado por él mismo y que ahora le rodea y le ahoga, como una red abandonada y contaminante ahoga a una tortuga o a una ballena en el mar, intenta ingenuamente atemorizar al respetable lanzando esa propuesta de comisión de investigación que en su mente no tiene otro objetivo que producir una batalla política que levante a poder ser la suficiente polvareda como para permitirle a él una fuga amparado por la niebla del combate.

No son tan tontos en el Partido Socialista como para seguirle el juego al señor Iglesias, jaleado, eso sí, por sus lugartenientes de Podemos. O al menos no deberían serlo. Porque pretender sentar en la silla de los comparecientes de esa comisión de investigación soñada por el señor vicepresidente a unos periodistas que han publicado -y lo seguirán haciendo- noticias que son veraces, de sobra contrastadas y nunca desmentidas con pruebas en contrario, es tanto como apoyar la deriva de la democracia española a un régimen totalitario en el que la información libre esté perseguida.

Los dirigentes de Podemos no son demócratas, son totalitarios

Este señor quiere cerrarle la boca a todo periodista que publique informaciones que no le gusten a él o a su partido. Y no es la primera vez que se dedica a estas prácticas. Hace tres años la Asociación de la Prensa de Madrid atendió la petición de amparo de un numeroso grupo de periodistas de distintos medios que estaban siendo sistemáticamente acosados y presionados por el equipo directivo de Podemos, encabezado por Pablo Iglesias y por personas próximas a esos círculos. También como ahora, intentaban amedrentarlos a través de las redes sociales con reproches y alusiones personales en entrevistas, foros y actos públicos, o directamente en Twitter, presiones que se llevaban a cabo igualmente de forma personal y privada con mensajes y llamadas intimidantes.

Es su manera profundamente antidemocrática de relacionarse con los profesionales y con los medios de comunicación que no secundan sus decisiones políticas o, sencillamente, que no les bailan el agua. La actitud de Podemos y de su jefe máximo es radicalmente contraria a la libre información y al derecho de los ciudadanos a recibir libremente esa información libre siempre que sea veraz. Y esa es la prueba del algodón sobre el verdadero talante democrático de un individuo o de una organización. Los dirigentes de Podemos no son demócratas, son totalitarios.

Pero están en el Gobierno. Y ésa es su tabla de salvación en medio de la tormenta en la que corren el serio riesgo de ahogarse. No hay más que revisar la trayectoria claramente descendente de los apoyos obtenidos por este partido desde las elecciones generales de 2o16. Fue entonces cuando la suma de Izquierda Unida y Podemos obtuvo la notable cifra de 71 escaños, aunque esa alianza ya perdió alrededor de un millón de votos respecto de los comicios de 2015.

Y de ahí todo para abajo sin parar: en las elecciones de abril de 2019 Unidas Podemos se quedó en 42 diputados y perdió 1.300.ooo votos. Pero es que en la generales de noviembre de ese mismo año el partido de Pablo Iglesias bajó todavía más: 35 escaños y 700.ooo votos menos que en abril. Y lo que les espera al partido morado en las autonómicas vascas y gallegas del próximo domingo es todavía peor porque les va a empujar, y mucho, por esa pendiente siempre descendente.

Por lo tanto, como se decía antiguamente, es evidente que con su entrada en el Gobierno les vino Dios a ver. Dónde van a ir que más valgan. A ningún sitio. De ahí la obsesión del vicepresidente del Gobierno de atribuir la publicación de informaciones que le desacreditan tan claramente al deseo feroz de algunos periodistas de descabalgarles del Gobierno, su gran y único asidero, su seguro de vida.

Antes, en la campaña electoral de abril de 2019, el argumento principal y casi exclusivo fue que él y su partido eran víctimas de las cloacas del Estado que seguían las directrices de los antiguos dirigentes del PP. Ahora, en julio de 2020, él y su partido siguen siendo víctimas de esas mismas cloacas -que ya se ha comprobado que no tuvieron nada que ver con el robo del móvil de su amiga y compañera de partido ni con la conspiración contra su persona que él mismo se inventó- pero esta vez con el añadido de un puñado de periodistas, un grupo que va creciendo según pasan los días, según él va hablando y según nos vamos enterando de más cosas. Y en ese saco va a ir entrando todo informador que se atreva a publicar noticias que le dejen con las vergüenzas al aire. No hay más.

Sánchez se va a callar y va a aguantar como pueda el tirón hacia abajo de un vicepresidente que ha perdido por completo las formas

Lo lamentable es que con ese popurrí el señor Iglesias pretenda asustar a la profesión periodística independiente, a la antigua clase política del PP y a tutti cuanti, amenazando con una comisión de investigación que no le investigue a él sino a los demás, a todos los que él elija para poder difuminarse en el paisaje y escapar.

El presidente del Gobierno se esfuerza en ponerse de perfil y no desautorizar a su vicepresidente. Pero él es muy consciente de que necesita hacer saber a través de alguien autorizado y con buena reputación entre la ciudadanía que lo que ha propuesto Pablo Iglesias es un disparate descomunal porque lo que encubre es un ataque frontal a la libertad de información que forma parte de los cimientos sobre los que se asienta todo Estado democrático. Por eso ha elegido a la ministra de Defensa, Margarita Robles, para lanzarle un mandoble de los de no te menees a su número tres, en la realidad efectiva su número dos, en el Gobierno.

A Iglesias le va a resultar imposible hacer olvidar a los electores su demostrado perfil claramente antidemocrático y enemigo de las libertades públicas. Pero Pedro Sánchez lo necesita para seguir en el Gobierno y tirar adelante con la legislatura. Por lo tanto, se va a callar y va a aguantar como pueda el tirón hacia abajo de un vicepresidente que ha perdido por completo las formas que se gastan en las sociedades libres.

Ahora bien, de ahí a votar favorablemente en la Mesa del Congreso la pretensión de constituir semejante comisión parlamentaria que le sirva al líder de Podemos para esfumarse por entre las rendijas del combate que se pudiera originar, va un mundo.

Sánchez lo necesita para sobrevivir, es verdad, pero no se va a suicidar políticamente por amor. La ofuscación desesperada de Iglesias no va a arrastrar al Partido Socialista por la vereda que lleva directamente al descrédito político y al consiguiente fracaso electoral. Por ahí sí que no van a pasar los socios del pretendido macho alfa venido a menos.