Decíamos el otro día en estas líneas que España y su fútbol se argentinizan un poco. El Clásico del sábado ejerció como una especie de revisión por pares de esa teoría, que ahora ya se podría definir como Ciencia. Fue un partido vibrante, divertido, caótico. Y desesperante. Cada jugada era blasfemable, cada puñetazo torpe pero adictivo. Boxeadores con el atillo en la esquina, estilo Los Simpson. Si el mítico Tano Pasman se quejaba de que a Lamela siempre le faltaban «cinco para el peso», ¿qué no le gritaría a Vinicius ese simpático hincha de River? Por la tele se intuyó que Benzema le podría dar alguna idea.

El escenario glacial del Camp Nou vacío también contribuía a la estética como de velada en el bar de Moe o en unos bajos de Vallecas, aunque mucho peor habría sido la cosa en Valdebebas. Declaró Sergio Ramos que esto no está tan mal, porque así los defensas se comunican y se escuchan mejor. Quién iba a decir que el peor enemigo de Messi no iba a ser ni la edad, ni la soledad, ni el propio Ramos, sino algo tan simple como el silencio. De haberlo sabido antes, ni Salvador Illa habría sido capaz de lograr un sacrificio grupal como el que aceptarían los abonados del Real Madrid para dejar sus asientos vacíos una vez por temporada.

El Madrid sintió la euforia de quien sobrevive a una explosión y se palpa el cuerpo para confirmar que sigue vivo

Algo más debe haber, porque no consta que el miércoles en el partido contra el Shakhtar latiera un ruido ensordecedor sobre Madrid, ni que Militao y Marcelo presenten algún problema de tipo vocal. Sí exhibieron otros muchos, pero sobre esos no abundó Sergio Ramos, que reapareció para enterrarlos.

Muchos comentaristas llevan años de vida desperdiciados en analizar los misterios de la fe zidanista. ¿Por qué gana un entrenador sin aparentes ideas rompedoras, ni métodos revolucionarios? ¿Qué sermón transforma un ridículo contra los suplentes de un equipo ucraniano en una victoria más o menos autoritaria contra el Barcelona? La respuesta a todo es Sergio Ramos, Santísima Trinidad: Padre, Hijo y Espíritu Santo.

El Madrid se agarra a su central como a una estampita, aunque sus propiedades son bastante constatables. Hubo una acción de museo: ya en el descuento, Messi lidera una contra antaño mortal y encara al sevillano. Si le supera quedan tres o cuatro contra Varane y Courtois, pero Ramos corta la jugada con cierta displicencia dejando la pierna atrás. El partido ya estaba decidido, pero generó un griterío portentoso en la reunión social de mi vecino de arriba. Antes se habían producido bramidos en las arrancadas de Fede Valverde, en algún corte de Mendy y desde luego en el exquisito gol de Luka Modric.

No percibía esa pasión desde hacía tiempo. Pareció un poco la euforia de quien sobrevive a una explosión y se palpa el cuerpo para confirmar que, efectivamente, sigue vivo. El escudo del Real Madrid en este caso fue tan sencillo como no hacer rotaciones en defensa, donde los titulares tienen nivel de Champions y los suplentes de 2ªB. La destacada aparición de Lucas Vázquez en el lateral derecho fue una de esas rarezas memorables de este tipo de partidos, como aquel casi gol de Miguel Palanca, actual jugador del Real Avilés de Tercera División, en un Clásico dirigido por Juande Ramos. Año 2009.

De los titulares de aquel partido sólo sobreviven Ramos y Messi, pilares esenciales de la rivalidad, quizá la de más alto nivel de la historia, que Barcelona y Real Madrid han protagonizado en la última década. La siguiente ya no estarán. Mientras tanto, el show sigue emergiendo de vez en cuando con más diversión que fútbol, más entraña que exquisitez y más ilusión que realidad. Estuvo fino Sánchez, justo 24 horas después: ¿Dónde estará Messi el 9 de mayo? ¿Y Ramos? ¡Alarma!