Pablo Iglesias debería revisar el cliché, ya añejo, según el cual los barrios obreros votan sistemáticamente a la izquierda. Primero, porque históricamente se ha demostrado que no es así y segundo, porque el concepto «obrero» se ha alterado mucho en los últimos 15 años. Ahora los trabajos más humildes en la escala social y peor pagados los desempeñan los emigrantes y eso significa que una parte muy significativa de los individuos  antiguamente pertenecientes a lo que antes se conocía como «mundo obrero» ya no se consideran como tales y que las demandas y necesidades de la clase trabajadora de antaño ya no son las mismas a día de hoy.

La división tradicional de las clases sociales ya no se puede sostener hoy con fundamento. La lucha de clases ya no es lo que era y ahora se hace imprescindible introducir otros elementos en esa clasificación, entre otros, el que apunta al cambio profundísimo sufrido en los últimos años por las condiciones y modalidades de trabajo. Todo lo cual altera también la orientación del voto.       

Por eso es ingenuo por parte del líder de Podemos sostener ahora, en la precampaña electoral de Madrid que si PSOE, Podemos y Más Madrid consiguen movilizar a los votantes de los municipios del sur de la Comunidad y los barrios obreros de la capital, la victoria de la izquierda el 4 de mayo será incontestable.

Se equivoca de lleno el señor Iglesias. En esos municipios hace ya muchos años que no se vota masivamente a la izquierda aunque sí mayoritariamente. Pero tampoco siempre, como se pudo comprobar en los tiempos de Esperanza Aguirre, que ganó en sucesivas convocatorias en plazas como Fuenlabrada, Leganés o Getafe, representantes señeras de lo que se conoció en su día como «el cinturón rojo» de Madrid.

Y  lo que sucedió una vez y dos veces puede volver a suceder una tercera vez. Porque en los barrios y municipios antes considerados «obreros» de Madrid conviven hoy muy distintas sensibilidades políticas y eso se puede comprobar acudiendo a examinar los resultados electorales de la última convocatoria autonómica, donde Ciudadanos y, aunque en mucha menor medida, también Vox obtuvieron un porcentaje nada desdeñable de votos, además del PP.

Con un  detalle que no conviene olvidar: el partido de Pablo Iglesias compartió con el de Santiago Abascal el papel de farolillo rojo en la lista de los partidos más votados en la mayor parte de esas plazas electorales, donde el PP se situó muy por delante de ambos.

Por lo tanto, y habida cuenta de que la propia figura del señor Iglesias es la peor valorada por los electores en todos los sondeos publicados hasta ahora, debería el líder de Podemos no fiar su éxito a la movilización de los barrios y de los pueblos del sur de la Comunidad porque la apuesta bien podría salirle rana.

Debería el líder de Podemos no fiar su éxito a la movilización de los barrios y de los pueblos del sur, porque la apuesta bien podría salirle rana»

Independientemente de los votos que Vox consiga retener en estas elecciones, que según parece van a ser más que suficientes para tener representación en la Asamblea de Vallecas aunque quizá pierda uno o dos escaños de los 12 que ahora tenía, todos los ojos y todas las voracidades están puestas en los despojos de Ciudadanos y en esos 625.039 votantes que le dieron al partido de Albert Rivera nada menos que 26 escaños en la última convocatoria electoral autonómica.

Los sucesivos errores de Rivera primero y de Arrimadas después, el último de los cuales fue el de no calcular las importantísimas consecuencias que podría tener el aliarse con la presidencia del Gobierno para intentar derribar al gobierno murciano del que, para mayor escarnio, Ciudadanos formaba parte, ha desembocado en la muerte anunciada del partido naranja a los pies de las urnas de la Comunidad de Madrid.

Ése es el botín que se van a disputar a cara de perro el Partido Socialista y el Partido Popular con unas previsiones que apuntan a un éxito indiscutible del PP en la recuperación de esos votantes que antiguamente fueron suyos. Puede que una parte muy menor de esos apoyos acaben recalando en el PSOE pero incluso eso es muy improbable porque sobre la cabeza de Ángel Gabilondo pende la espada de Pablo Iglesias sin cuyo apoyo no podría nunca intentar aspirar a gobernar Madrid.

Y si hay un personaje con el que los votantes del partido liberal no quieren tener nada que ver en ninguna circunstancia es precisamente el líder de Podemos, que está en las antípodas de lo que el partido naranja defiende. Y no hay nadie con dos dedos de frente que espere a día de hoy que el PSOE vaya a obtener en la Comunidad de Madrid una mayoría absoluta, ni siquiera aproximada, que permitiera al candidato socialista soñar siquiera en prescindir del jefe del partido morado para su hipotético gobierno.

Por lo tanto, nadie discute que la inmensa mayoría de los votos de Ciudadanos va a recalar en la candidatura de Isabel Díaz Ayuso. Eso, que está claro en los barrios del centro y el norte de la capital, es algo que el PP tendrá que reconquistar  a base de pico y pala en el antiguo cinturón rojo de la Comunidad, donde ella y su equipo electoral se van a volcar.

Porque ahí es donde están los votos que le pueden dar a la candidata del PP el empujón que está buscando para redondear la mayoría absoluta o que le permitan acercarse a ella con el suficiente número de escaños como para no tener que acordar con Vox, partido al que va a intentar «robar» apoyos ma non troppo, su entrada en el gobierno madrileño.

Es evidente que Ayuso va a intentar quitarle también votos al PSOE en esta campaña que ya ha empezado de hecho y en la que ella ha conseguido de entrada un éxito no pequeño y es que su lema electoral, «Libertad», se haya convertido en la palabra y el concepto en torno a los cuales orbitan tanto Pedro Sánchez como su candidato Gabilondo. Ayer domingo se pudo constatar de manera clarísima.

Así pues, el PP va a hacer una intensa campaña en los barrios y en los municipios que votan mayoritariamente al PSOE -no a Podemos- y en una proporción importante también han votado a Ciudadanos en las últimas autonómicas. El resto de Madrid está prácticamente conquistado a salvo de alguna novedad inesperada en lo relativo a la pandemia o a algún  error de bulto cometido por la candidata popular o su equipo.

Y, a menos que el presidente Sánchez tenga guardado algún potente as en la manga que le asegure un vuelco en los resultados electorales que pudiera dar el gobierno de la Puerta del Sol a una coalición PSOE-Más Madrid-Podemos, es evidente que está corriendo un enorme riesgo personal y político al haberse convertido en el auténtico contrincante, muy por delante del candidato socialista, de la presidenta autonómica y al estar atacando frontalmente al gobierno de Madrid como si no fuera el presidente de todos los españoles.

Pero lo es. Eso le debería obligar a mantener una posición institucional sideralmente alejada del papel que está representando en esta campaña y que, por eso mismo, por pura reacción de los habitantes de esta Comunidad, se puede muy fácilmente volver contra él y contra su partido.    

Porque en estas condiciones una victoria de Díaz Ayuso lo sería sobre Pedro Sánchez presidente del Gobierno, derrota que elevaría automáticamente de nivel a un Pablo Casado que obtendría así del propio presidente -por su decisión de liderar la campaña electoral de Madrid y, eventualmente, por haberla perdido- el derecho de retarle de tú a tú en términos electorales de cara a las próximas generales.

Yo no sé si a Iván Redondo no se le ha ido un poco -o un mucho-  la mano con esta decisión de salir a pelear «con todo», es decir, con lo mejor que tiene, en la batalla de Madrid. Lo comprobaremos el 4 de mayo.