En 1976, no recuerdo el mes, Ernest Mandel (Fráncfort, 1923 – Bruselas, 1995) dio una conferencia en la Facultad de Económicas en Madrid. El autor de Tratado de economía marxista (1962) era un pope del trostskismo en Europa. La sala estaba a reventar. Los jóvenes allí congregados no eran todos estudiantes de Economía, pero sí simpatizantes o militantes de partidos trostkistas.

La estética trostkista era inconfundible: melena, barba no muy larga, vaqueros, chaquetas de ante o pana y gafitas redondas al estilo de John Lennon. Nada que ver con el estilo del militante del PCE, más clase obrera, menos intelectual.

A la salida de la Facultad había algunos furgones de los grises, que no intervinieron. La situación entonces era un tanto confusa: Franco había muerto y España se encaminaba hacia una democracia que, para la extrema izquierda, tenía que pasar por la ruptura con el franquismo. Unos días había palos, otros no.

Cuando nos dirigíamos hacia el metro le comenté a un compañero (militante de la LCR) que si la Policía hubiese querido habría detenido a todo el mundo. Bastaba con fijarse en su aspecto. Pero mi colega -estudiante de Periodismo como yo- me dio un repaso que no he olvidado: «Ser de izquierdas es una manera de vivir. Somos revolucionarios no sólo porque queremos acabar con la explotación, sino porque defendemos el amor libre y también porque nuestra estética es anticapitalista».

Paréntesis: algunos de los que asistieron a aquella charla luego fueron altos cargos en los ministerios económicos de gobiernos socialistas.

Pablo Iglesias tuvo muy claro desde el principio de su andadura política, cuando aún era adolescente, que su coleta era su seña de identidad. La exhibió en manifestaciones, en sus múltiples intervenciones en tertulias televisivas y, al final, en los consejos de ministros a los que asistió. Era como si llevara colgado el 15-M allá adonde iba.

Cuenta Cristina de la Hoz que el ex líder de Podemos intentó cortarse la coleta antes de abandonar la política. No porque pensara renunciar a su ideario, sino porque estaba harto de ella. Sin embargo, su círculo más íntimo en el partido le rogó que no lo hiciera por el peligro que pudiera suponer verle con el pelo corto, como si eso supusiera un aburguesamiento imperdonable. Iglesias cedió ante la presión de sus compañeros ¡Hasta ese punto se ha sacrificado el líder de la nueva izquierda! Eso sí, cambió coleta por moño, que también es contestatario pero más cómodo.

Pablo Iglesias no puede vivir sin aparecer en los medios. Se corta el pelo y ¡zas! no tarda ni cinco minutos en difundir su nueva imagen. Pero que sus seguidores no se alarmen: sus ideas no han cambiado

Su imagen ayer estaba en todos los diarios digitales. Sentado, leyendo un libro, con un rotulador amarillo en la mesa de jardín, para subrayar, porque no estaba leyendo una novela para pasar el rato, no. Estaba trabajando.

Fue él mismo el que decidió facilitar a los medios su icónica imagen ya con su nuevo aspecto. Su círculo explica que, tras abandonar la política activa, ahora «quiere recobrar la normalidad» y, de ahí que haya decidido prescindir de lo que era inherente a su persona, su sello. Pero, si lo ha hecho por eso, se ha equivocado. Si quiere pasar desapercibido, lo mejor es que no hubiera hecho un posado. En el súper de Galapagar van a seguir reconociéndole. Es más, ahora despertará más interés verle.

Lo que demuestra la difusión de su cambio de look es que Iglesias no puede vivir sin aparecer en los medios de comunicación, que son su auténtica droga.

Mientras le sigan tirando los medios, no abandonará la política. Recuperar la vida normal no es tan difícil: basta con no exhibirse cada cinco minutos. La memoria de la gente es más frágil de lo que él se cree. La cuestión es si él quiere de verdad quedar en el olvido.

La forma y el fondo son importantes. Y la estética lo es aún mucho más en un mundo que vive de la imagen. Pero en política, yo creo que el fondo debería ser lo esencial.

Ernest Mandel, cuando dio su conferencia en Madrid, vestía un traje creo que de color gris. Tenía el aspecto de un típico profesor de facultad. Más que de izquierda radical, la estética de su auditorio era la de unos estudiantes veinteañeros que soñaban con un mundo sin clases sociales. Y que creían, erróneamente, que por llevar el pelo largo ya habían dado un paso hacia ese mundo feliz.

No le demos más vueltas. Iglesias se ha hecho mayor y ha decidido que quiere tener el pelo corto porque no es tan coñazo como llevar coleta. Como diría mi madre, «ahora está mucho mejor que antes». Tal vez si hubiera hecho la campaña de Madrid con el pelito corto le hubiera ido mejor. Eso nunca lo sabremos.