«Lo primero que tiene que hacer un asesor es tirarse por el barranco por su presidente, y yo lo hago». La reciente comparecencia de Iván Redondo en el Congreso ha servido para que algunos españoles conozcan al personaje un poco mejor: un hombre que con apenas 40 años ha acumulado un poder muy por encima de sus capacidades, con una cultura formada a base de series televisivas, que se ha rodeado de un ejército de aduladores y que da muestras de una preocupante megalomanía. 

¿A qué vienen esas empalagosas declaraciones de fidelidad y admiración por “mi Presidente Pedro Sánchez”? El Gobierno ha sufrido varias derrotas consecutivas que han supuesto un punto de inflexión y han revelado la fragilidad de su posición. Las dudas se multiplican entre dirigentes socialistas, aliados empresariales y mediáticos, que comienzan a pensar en la posibilidad de un derrumbe y en la necesidad de tomar distancia. ¿Tal vez Redondo teme que Sánchez, “nítido y ejecutivo como es él”, ofrezca su cabeza como sacrificio para aplacar a los dioses?

Más bien creo se trata de gestos de autoafirmación, para infundirse ánimo ante una situación complicada. El PSOE ha perdido margen de maniobra. No puede convocar elecciones anticipadas porque se arriesga a una dura derrota. Tiene dos años para remontar, pero se antojan económica y socialmente muy difíciles. Necesita apoyos parlamentarios para sacar adelante decisiones importantes y repartir dinero, mucho dinero. Sólo de ese modo, y si la recuperación económica ayuda, el PSOE puede llegar a las próximas elecciones en condiciones de ganar. 

La única salida del Gobierno es, en definitiva, una huida hacia delante con los mismos socios que lo acompañaron en la moción de censura»

La única salida del Gobierno es, en definitiva, una huida hacia delante con los mismos socios que lo acompañaron en la moción de censura. Estos conocen la situación de extrema necesidad del Gobierno y se cobrarán un precio muy alto por su apoyo. Todo indica que durante los meses de agonía del sanchismo asistiremos a muchas humillaciones, cesiones materiales y discursivas que debilitarán a la democracia española y fortalecerán a sus enemigos declarados. 

Los nacionalistas catalanes, que parecían entretenidos en sus guerras intestinas, han sido capaces de ganar las elecciones y formar un nuevo Govern. Lejos quedan la “operación Illa” y los sueños de formar un nuevo Tripartit. ERC no quiere deberle nada a Pedro Sánchez y ha vuelto a preferir la alianza con los herederos de Pujol y los antisistema de la CUP. Juntos forman un bloque poderoso sujeto a una dinámica de radicalización, que más pronto que tarde pondrá al Estado ante desafíos intolerables. 

Los argumentos a favor de los indultos son tan ridículos que no vale la pena comentarlos. Los nacionalistas se limpian el trasero con los artículos que algunos comentaristas, cada vez menos, escriben estos días hablando de “concordia”, “sanar heridas” y “acuerdo”. Lo de Cataluña es hard politics: poder de casta, dinero, propaganda y violencia. Afortunadamente, la sociedad española da cada vez más muestras de hartazgo ante la retórica buenista y la estrategia de contentamiento que sólo han agravado el problema.

Cataluña es el barranco por el que se van a despeñar Pedro Sánchez e Iván Redondo, dos hombres y un destino, una pareja de aventureros que lleva demasiado tiempo sorprendiéndonos con su atrevimiento. Allá al fondo se reunirán con los cadáveres políticos de otros dirigentes que cerraron los ojos a la realidad y no tuvieron el coraje necesario para defender la unidad de España y los derechos de sus ciudadanos.