Va a probar de su misma medicina, la que le aupó a la secretaría general del PSOE gracias a los votos de la militancia que decidió torcerle el brazo al Comité Federal, con la mayoría de sus barones apoyando su expulsión, que había provocado su salida y a la Gestora que había impuesto al grupo socialista en el Congreso la abstención para que Mariano Rajoy pudiera salir investido presidente del Gobierno.

Habiendo dimitido también como diputado, en protesta por esa decisión de la Gestora que él no estaba dispuesto a acatar, Pedro Sánchez, hoy presidente del Gobierno, se echó a la carretera a busca del apoyo de la militancia para poder aspirar de nuevo a la secretaría general de la que había salido de mala manera.

La militancia le apoyó, él recuperó el liderazgo del PSOE y, año y medio después de su dramática renuncia al escaño del Congreso, Pedro Sánchez asumía ante el Rey Felipe su cargo de presidente del Gobierno tras ganar una moción de censura contra Rajoy.

Fue consciente de que se lo debía todo a la militancia. Y por eso modificó los estatutos del partido en cuanto volvió a ocupar la secretaría general. A partir de aquel momento, mandarían las bases. Así es como se diseñó un partido en el que desaparecieron por completo la influencia y la capacidad de control que hasta entonces habían tenido históricamente los órganos de representación intermedia. Entre las bases y el líder, nadie.

Éste es el esquema que rige ahora mismo en el PSOE y que, por paradójico que resulte, puede volverse en contra de los intereses de Pedro Sánchez en las primarias del 13 de junio en Andalucía. Compiten tres candidatos pero son dos los que tienen posibilidades reales de ganar: Susana Díaz, todavía secretaria general del PSOE-A, la gran enemiga de Sánchez y a la que desde Ferraz se pretende apartar definitivamente del liderazgo andaluz, y Juan Espadas, el candidato oficial por más que él y sus padrinos insistan en desdibujar ese perfil para no darle a Díaz el cartel de presunta represaliada por la dirección federal y que por eso mismo podría obtener la victoria en esta batalla interna.

No es extraño que en la dirección del PSOE estén nerviosos ante la posibilidad, nada remota, de que Díaz se acabe alzando con la victoria en las primarias del día 13. Y eso es porque ella se va a beneficiar de los mismísimos mecanismos que devolvieron a Sánchez al poder en el partido.

No es extraño que en la dirección del PSOE estén nerviosos ante la posibilidad de que Díaz venza el día 13 con los mecanismos que devolvieron a Sánchez al poder en el partido»

Su discurso lo tiene hecho porque se lo ha puesto a tiro el propio Sánchez: las bases son las que deben tener la última palabra. Y con ese mensaje por montera la líder regional del PSOE lleva meses recorriendo Andalucía y poniéndose en contacto con todo alcalde, con todo militante, que se echa a la cara.

En eso le lleva una clara ventaja a su contrincante, que es además alcalde de Sevilla, lo cual no es la mejor tarjeta de presentación ante la militancia socialista andaluza. Y mira que Juan Espadas ha hecho esfuerzos constantes para suavizar la inquina que, por ejemplo, se tiene en Málaga -que siempre se consideró con mejor derecho a ocupar la capitalidad andaluza y todavía no ha perdonado lo que siente como una afrenta- hacia Sevilla.

Pero eso no basta. El riesgo que se corre desde Madrid es que Susana Díaz consiga transmitir a la militancia que la dirección quiere acabar con ella, que pase a ser considerada por las bases como posible víctima de lo que queda del «aparato» socialista radicado en Madrid. Pero son conscientes de que la ex presidenta de la Junta ya se les ha escapado de las manos.

Ella va a aplicar la misma fórmula, ce por be, que aplicó Pedro Sánchez para recuperar el poder dentro del PSOE y que luego impuso para todas las decisiones orgánicas del partido. Y las bases ya se sabe que tienden a alinearse con la víctima y nunca con el verdugo. De modo que los papeles han cambiado y ahora favorecen a la todavía secretaria general del Partido Socialista andaluz, a la que Ferraz pretende descabalgar no solamente de la cabeza de cartel ante unas posibles elecciones anticipadas convocadas por el popular Juan Manuel Moreno, sino también de la dirección del partido en ese territorio.

El secretario de Organización y todos los mandos orgánicos del PSOE actual, elegidos a imagen y semejanza del líder Sánchez, harían muy bien en no tramar ninguna artimaña contra Díaz que corra el riesgo de ser descubierta porque eso sería inmediatamente utilizado por ella para rematar definitivamente su papel de víctima de lo que todavía se conoce como el «aparato».

En ese caso, sus posibilidades de ganar las primarias se incrementarían muy considerablemente y eso es lo que pone nerviosos a los actuales dirigentes del PSOE. Pero es que esas posibilidades son ahora mismo muy reales. Si Susana Díaz no tuviera la certeza de que en la piscina en la que se ha tirado había agua suficiente como para que pudiera nadar con comodidad y llegar a la otra orilla, no se hubiera tirado porque no habría estado dispuesta a ser de nuevo derrotada en las urnas, aunque sean las del partido.  

Por eso, porque puede ganarle la partida a Pedro Sánchez -este es un segundo duelo a muerte en que los dos contendientes vuelven a ser los mismos- es por lo que ahora mismo Andalucía es vista como una amenaza no solamente en la sede central del PSOE sino también en La Moncloa.

El riesgo que se corre desde Madrid es que Susana Díaz consiga transmitir a la militancia que la dirección quiere acabar con ella»

 Las cosas se le han torcido muy significativamente al presidente del Gobierno en los últimos meses. Al fracaso de la estrategia de descabalgar al PP de sus plazas de poder –Murcia, Castilla y León y finalmente Madrid- se sumó la derrota sin paliativos en las elecciones anticipadas convocadas a raíz de lo sucedido en Murcia por la presidenta madrileña Isabel Díaz Ayuso. Ése ha sido un golpe de que todavía los socialistas no han sido  capaces de recuperarse y que les tienen dando tumbos sin lograr explicarse las razones de lo sucedido.

Ahora se suma a esos graves traspiés el debilitamiento para el Gobierno que va a suponer sin ninguna duda esa concesión de 12 indultos a los líderes del independentismo catalán condenados por el Tribunal Supremo que se ha opuesto recientemente con abundantes y consistentes argumentos jurídicos a que se les otorgue la medida de gracia.

La prueba de que este es un tema potencialmente explosivo entre el socialismo andaluz es que hasta el momento ningún de los dos principales contendientes ha osado tocar el tema ni siquiera de refilón. No se atreve ninguno a apoyar la concesión de los indultos porque contrariarían a sus potenciales votantes, ni tampoco se atreven, por miedo a las consecuencias internas, a posicionarse en contra de la controvertida decisión de Pedro Sánchez.

Pero todos sabemos que este es un asunto ante el que la militancia socialista andaluza, nulamente proclive a admitir las veleidades del nacionalismo y menos del independentismo, sea del signo que sea, es especialmente sensible. Y radicalmente contraria en su inmensa mayoría a esa clase de pactos.

En estas condiciones de debilidad política, lo que le faltaba al sanchismo es que Andalucía, la federación más numerosa de España, vote en contra de su protegido en las primarias para elegir al candidato a la presidencia de la Junta cuando se convoquen las elecciones en esa Comunidad y que, dado que las bases son las que, por decisión estratégica de Sánchez, también tienen la última palabra a la hora de designar los delegados al Congreso Federal de octubre, se constituyan en un poderoso y hasta ahora inexistente sector crítico dentro del PSOE.

Ya no hay controles intermedios. Eso fue lo que decidió Sánchez cuando cambió los estatutos del partido. Ya lo he dicho antes: las bases y el líder. Y en el medio, nadie. Ahora ese esquema, tan alejado del principio de la democracia representativa y por eso mismo menos democrático en puridad, se le puede volver en contra. En ese caso, el presidente tendría una poderosa rival frente a él, lo cual le asestaría un golpe mortal a su estabilidad interna y también a su permanencia en el poder. El PSOE de Andalucía se ha convertido de un día para otro en una amenaza más, de las muchas que se están alzando en su camino, para Pedro Sánchez. Pero esta es decisiva porque es una amenaza interna y esas son ya palabras mayores.