No es el quejío de Camarón lo que conmueve en el calendario el dos de julio. Fue el lamento largo de meses de agonía de quienes le sentían dentro, el que ha quedado para siempre. Aquel «ay» se alargó tanto… quizá demasiado. Y que me perdonen los que le querían retener, a costa incluso de su inmenso dolor.

Tal día como hoy se nos fue Camarón. O no, que todo el mundo sabe que «Camarón vive». Resonaban ya las fanfarrias de los Juegos Olímpicos de Barcelona, para los que faltaban apenas unos días, cuando en un hospital de Badalona, tras una última gira mundial nada triunfal por hospitales del mundo, dejó en silencio este planeta al que dejó sus cantares.

Yo, que nunca he sido fan por propia ignorancia, finalmente y por contagio, he entendido por qué en San Fernando se lloró tanto cuando se le dijo adiós de alguna manera. De la humana. Porque la sobrenatural la tenemos a un golpe de clic.

Estopa y los puristas del cante se han puesto de acuerdo, como todo aquel que tenga oído y algo de sensibilidad, en que el «pellizco» que te da dentro esa voz no te deja igual que antes de escucharlo. Esa manera de cantar, sin esa personalidad tan «de genio» casi misteriosa, quizá no hubiese llegado a Montreux o a tantos escenarios dignísimos del mundo que cayeron a sus pies. En el fondo, siempre le acompañaba el silencio. Nunca dio la nota más que para cantar. De hecho, fueron tantos los que especularon con el sida o las drogas, que fue el silencio de lo inevitable lo que tapó bocas y cerró micrófonos.

Si lo decía hasta La Chispa, la mujer que desposó siendo ella menor. Podía irse o encerrarse durante días. En silencio. Seguramente ahí estaba la fuente de su fuerza expresiva: en un intransferible e incomprensible mundo interior.

El isleño José Monje Cruz ha sido catalogado de tantas cosas que hasta en su congreso mundial (sí, tuvo su congreso) y desde la flamencología más profunda, se diseccionó su velocidad y tempo, que gustaba al guitarrista por permitírsele cierto lucimiento. Tantas son las vertientes del arte cuando se está ante un genio, que uno corre el riesgo siempre de quedarse corto. Ahí siguen, analizando su legado, de una enorme profundidad. Se dijo también de él, y ya en lo humano, que a pesar de haberle «divinizado» por las pasiones que desataba, también es importante ser todos capaces de estudiarle como un hombre de su tiempo. Fue un superviviente entre la tradición más abrupta y la modernidad que llegaba en los años 70 y 80. Se trataba de una persona que tuvo un don, pero que tenía que seguir lidiando con unos y otros hasta encontrar ese equilibrio entre ser una rock star y del flamenco, nada menos.

Un dos de julio, jueves, en el silencio que bien podría haber sido sacado de una saeta, como la que cantó junto a Serrat, dijo «basta» con apenas la cuarentena, un fenómeno imitado pero irrepetible. Y lo hizo víctima de un tabaco que le llenó pulmones y garganta de todo el veneno que no pudo expulsar con el cante. Sobre su tumba siguen llegando cenizas de seres a quienes acompañó en el sentimiento. En todos.

Quizá sea un buen momento para que incluso los ignorantes como yo dediquemos unos minutos de nuestra vida a dejar que nos amase el alma un arte único que suena a calle y a plaza, o a mar y puerto, o a tantas escenas de una vida que no podía de ninguna manera haber sido la de ninguno de nosotros, y que solamente él conocía bien. Lo atestigua la leyenda que dice que…

El sueño va sobre el tiempo
Flotando como un velero