Soy víctima de la enésima ola de coronavirus. Les prometo que no estuve de botellón; tampoco celebré Sant Joan en una playa catalana alrededor de una hoguera. Y aunque lo hubiera estado, ni que contagiarse de un virus que ha puesto patas arriba al mundo tal y como lo conocíamos pudiera evitarse si uno huye del ocio. Volvía de un viaje de trabajo cuando el cansancio, la tos y las primeras décimas de fiebre hicieron acto de presencia.

Y con el mío, empezaron a llegar mensajes de otros colegas de profesión que también habían dado positivo. De edades diferentes, de medios diferentes. Ya saben, el virus no distingue de cabeceras.

La quinta ola ha llegado a mi generación más tarde de lo que lo han hecho las acusaciones. Nos hemos preocupado más de las fiestas y de los resquicios para la diversión, que de los vagones de metro hasta la bandera. Hemos visto más imágenes de aglomeraciones de noche con copas en la mano, que de jóvenes haciendo la compra a sus vecinos mayores cuando las vacunas no habían empezado ni a desarrollarse.

La juventud siempre ha tenido colgada la etiqueta de la irresponsabilidad y da igual la época y da igual la causa, como si la cordura o las buenas maneras llegasen con la edad. Incluso cuando ha llegado una pandemia que nos ha obligado a despedirnos de amigos y familiares de todas las generaciones, el dedo ha estado señalando a los jóvenes. ¿Se acuerdan de los anuncios sobre contagiar a tu abuela? Se lanzaron el mismo mes que Raphael llenaba el Wizink Center.

La juventud siempre ha tenido colgada la etiqueta de la irresponsabilidad y da igual la época y da igual la causa»

No es que con la llegada del calor los chicos se enamoren, es que por una cuestión etaria, los jóvenes son los últimos en el proceso de vacunación. Se ha dado la coincidencia que la mascarilla ya no es obligatoria en exteriores, se han eliminado las restricciones en la mayoría de ciudades españolas, se ha acabado el curso escolar y empiezan las vacaciones de verano. Un cóctel explosivo si, además, todavía no te han dado un pinchazo.

Son los expertos quienes consideraron que vacunar a los ciudadanos por edad era la mejor opción, con excepciones para colectivos específicos. No pretendo que esto sea una crítica al criterio elegido, pero ruego que tampoco se utilice para acusar a las generaciones que siguen contagiándose por estar a la cola de la vacunación.

Más de 100.000 jóvenes pidieron cita en una sola mañana para vacunarse en la Comunidad de Madrid. No, no era necesario vacunar en discotecas. Esta generación está comprometida y estaba deseando ser la siguiente en poderse hacer una foto con una tirita en el brazo. Y de paso, quitarse el sentimiento de culpa y el miedo cada vez que visita a un familiar.

Si se lo preguntan, después de una semana de fiebre intensa puedo decir que he superado el virus. Les confirmo la existencia de los rastreadores y de algo todavía más exótico: el código de la aplicación Radar Covid.

Desde aquí mi reconocimiento a las personas que viven solas y lo han pasado sin ayuda de nadie. El recuerdo y el respeto para quien ya no va a poder leer estas líneas.

La próxima vez que quieran acusar a un colectivo de forma generalizada y que la diana sea la juventud, recuerden que si aprendieron a utilizar Zoom y perdieron el miedo a hacer la compra online durante la pandemia fue gracias a un milenial. La próxima epidemióloga de referencia, el futuro ministro de Sanidad y los trabajadores que paguen sus pensiones también forman parte de esta generación.