La pandemia cerró los bares –el confinamiento devolvió a mucha gente a sus casas por primera vez en décadas– para meses después sacarlos a la calle. En el país con más bares y restaurantes per cápita del mundo, la ocupación de la vía pública por el ajetreo cotidiano del bar ha sido una eventualidad relevante, quizá la más relevante de la nueva normalidad.

La clausura de la barra, esa institución española, empobreció la conversación nacional, que quedó definitivamente entregada a ámbitos de deliberación mucho más pobres, como los balcones o las redes sociales. Pero mejoró un ecosistema saturado –quizá nunca más haya que volver a abrirse paso a codazos en pos del vino y la tapa–. Y facilitó la toma, no se sabe si provisional, de un espacio público conquistado desde hace décadas por el automóvil estacionado.

El bar, el café, el restaurante han salido a la calle en todo el mundo. En Estados Unidos, el fenómeno ha confluido con el singular movimiento de los parklets, que pretende reclamar para el ciudadano esas preciadas porciones de calzada para cualesquiera actividades que enriquezcan la experiencia urbana. El primer parklet entendido como tal fue fruto, en 2005, de una intervención urbana efímera de un colectivo artístico en, cómo no, San Francisco. Aquello dio lugar a un programa municipal para hacer de la ciudad un lugar más agradable. Y a una fiesta global, el PARK(ing) Day, que cada año anima a la gente a ocupar y embellecer por un día su propia parcela de aparcamiento.

En California, un proyecto de ley presentado por un senador demócrata pretende hacer permanentes las terrazas de bares y restaurantes ubicadas en la calzada. La proliferación, allí como aquí, ha dado lugar a controversias con los vecinos. También, allí como aquí, ha propiciado un abigarrado festival callejero de arquitecturas efímeras, con variadísimas soluciones, de la jaima a la chabola, y un amplio abanico de acabados y calidades. Hay observadores que ya andan documentando esta «tipología emergente» en cuentas de Instagram como @coronashaxxcoronachozaxx!).

Este tipo de construcciones efímeras e informales tienen la virtud de reflejar con fidelidad el espíritu del lugar donde se levantan. Y Madrid no es una excepción. Los hosteleros madrileños han respondido a las facilidades ofrecidas por el Ayuntamiento para sacar sus mesas a la calle con un generoso catálogo de propuestas. Un festival de diseño popular merecedor, con sus aciertos y sus horrores, de una taxonomía a la altura de la ocasión.

Con las terrazas pandémicas ha bajado a nivel de calle lo que el madrileño viene perpetrando desde hace décadas en las fachadas de la ciudad

Madrid ha padecido tradicionalmente ciertos problemas de autoestima. Pero ahora ha dado con una terapéutica seña de identidad que los resuelve en parte: la libertad. Autoproclamado campeón de la libertad, el madrileño se ha venido arriba. Si las terrazas son el símbolo de la resiliencia madrileña ante la pandemia, la fisonomía de estos espacios es la ultimísima expresión de una idea madrileña de la libertad que a veces tiene más que ver con hacer lo que a uno le dé la gana.

El madrileño hostelero –y todo buen madrileño tiene un proyecto de bar en su cabeza y su corazón– ha bajado a nivel de calle lo que viene haciendo desde hace décadas en las fachadas de la ciudad. Es la disposición en horizontal del barraquismo vertical perpetrado en sus terrazas y balcones.

Antes de la Guerra, Luis Gutiérrez Soto inventó la terraza doméstica madrileña. Una prolongación ajardinada del salón que, gracias a su retranqueo, servía además de protección frente a las tórridas insolaciones del Mediodía. Desde entonces, este invento que hoy diríamos bioclimático ha chocado con la libertad de los madrileños, versión particular del pormishuevismo nacional acuñado por Erik Harley. Y las terrazas han sido sistemáticamente cerradas, creando en ocasiones sofocantes invernaderos que requieren de una potente climatización en verano. Paradojas.

Hace diez años, Antonio Lamela lo denunciaba elegantemente, explicando por qué su emblemático edificio de O’Donnell 33 conserva intactos sus expresivos voladizos: «Gracias a que yo siempre he vivido aquí, este no se ha tocado. La fachadas no son de los vecinos ni de la comunidad, son de la ciudad y no se pueden alterar al antojo».

Solo un poco más abajo, números 11-15 de la misma calle, en la esquina con Príncipe de Vergara, un imponente edificio residencial de los años 60 no ha tenido la misma suerte. Así lo describe la Guía de Arquitectura del Colegio de Arquitectos de Madrid: “La horizontalidad predomina en la composición de las fachadas propiciada por la continuidad de las grandes terrazas corridas, cortándose rotundamente en los chaflanes (…). El conjunto se remata con tres plantas de áticos y sobreáticos que recomponen el sentido horizontal». Hoy el paseante sólo encontrará obstáculos a la horizontalidad de las terrazas corridas, objetos no identificados posados sobre los sobreáticos y una pérdida total de sentido y dignidad que a los primeros que debería preocupar es a sus propietarios.

Pero ni los afortunados vecinos de la fincas más elegantes de la ciudad se sustraen a la tentación pormishuevista. La contigua y controvertida Torre de Valencia de Javier Carvajal, que para algunos afea la perspectiva carolina de la Puerta de Alcalá, ha sido reiteradamente profanada, cerradas con carpinterías de todos los materiales y colores las horizontales terrazas que dialogan con la verticalidad brutalista del volumen principal, en lo que parece una venganza perpetrada piso a piso por sus neoclásicos detractores.

Pero bueno, esto se nos ha ido de las manos. Íbamos a hablar de unas terrazas y hemos acabado hablando de otras. La semana que viene bajamos de nuevo a la calle, que era el tema.