Si hay algo que echo de menos en verano es tener un pueblo en donde pasar unos días, un lugar donde volver a ser la niña que fui. O la que quise ser. Lo más parecido a un pueblo que he conocido es lo que los madrileños llamamos «la sierra».

Mi padre había nacido en un pueblo de la sierra, Becerril, pero se sentía de todos porque se pasó la infancia recorriéndolos en bicicleta para llevar los pedidos de la panadería de un tío suyo que le empleó durante un tiempo. Practicó tanto que ganó una vuelta ciclista para sorpresa de todos los que no daban un duro, entonces era un duro, por el éxito de aquel chaval con gafas gruesas. Mi padre sentía arraigo por «la sierra» así que acabamos veraneando allí, más fresquitos que en la capital, pero con otros urbanitas. Lo disfrutamos mucho, y hasta mi hermana Maite y yo teníamos un mote, «las rubitas», por razones obvias, pero aquello no tenía nada que ver con un pueblo.

Algo más parecido era visitar a mis tíos Neñe y Pepa en el pueblo de mi madre. Recuerdo que me quedé allí una vez unos días sin mis hermanos y fue por disfrutar de estar sola, más que por conocer la vida rural. Tenían una casa que a mi me parecía de cuento porque les veía a ellos como dos reyes magos que estaban de guardia todo el año.

De aquellos días me quedan en la memoria las excursiones al jardín de Vitín, un primo de mi madre postrado en silla de ruedas, a quien cuidaban dos angelitas, Marce y Brígida. El padre de Vitín había sido nuestro pediatra, el mejor que uno se pueda imaginar, según mi madre, pero no había podido curar a su niño. A ese pueblo materno no íbamos en verano porque era muy caluroso y por ello tampoco se convirtió en nuestro referente. 

La ventaja de no tener pueblo es que puedes elegir de dónde quieres ser cada verano. Incluso puedes ser de muchos sitios diferentes»

La ventaja de no tener pueblo es que puedes elegir de dónde quieres ser cada verano. Incluso puedes ser de muchos sitios diferentes. He tenido mis etapas y he sido del Cabo de Gata, del Empordà, de la Costa Brava, de Navarra, de Mallorca y Menorca, de Palma, esa Palma tan cubana… y creo que seguiré sumando destinos. Pero si hay un lugar que “me presta”, especialmente en verano, es Asturias. 

Hace años me gustaba ir a sitios donde el buen tiempo estaba garantizado. Un día de lluvia era una tragedia. Ahora me atrae que el tiempo forme parte de la pequeña aventura cotidiana de las vacaciones. En Asturias puedes disfrutar de lluvia y sol en la misma jornada. Amanece nublado por un lado, pero luego va aclarando. O no aclara del todo. Allí he aprendido que las nubes son pasajeras, que nada permanece, ni siquiera las tormentas. 

Me atrae Asturias porque disfruto del mar pero me gusta llegar a las playas después de una buena caminata. La ruta naviega es una delicia para los senderistas. Vas costeando entre pinos en un paisaje que se asemeja, aunque sorprenda, al de la Costa Brava. En la playa de destino no verás multitudes, ni chiringuitos, y el agua fresca te aliviará el cansancio y despertará tus sentidos. 

De Asturias me gusta su gente. Son discretos pero amables. Tenaces. Firmes. De una pieza. En mi casa contamos con Ana como cuota asturiana. Mi hermano David sí que tiene pueblo gracias a que se casó con una asturiana. De origen. Pero las asturianas lo son por generaciones. Sus hijas dan fe de ello. 

Vi ese tesón en Pachi, una amiga del instituto cuya familia se había dedicado a la hostelería con una voluntad de hierro. De Pachi perdí la pista desafortunadamente. Y lo he observado en Mari Cruz, propietaria de Casa Fonso, una mujer valiente que emprendió un negocio con mucho arrojo. Me gusta que haya dejado un rincón de lectura en su alojamiento, donde nos refugiamos los que nos levantamos al alba. Y que te informe no solo de restaurantes y sendas, sino también de unas jornadas de filosofía que se celebran en las escuelas locales.

Asturias te guarda estas sorpresas. Puedes ir caminando por una senda y toparte con el llamado ‘jardín de los recuerdos’, un homenaje de un ganadero de la zona a su esposa, a quien cuidó durante años cuando estaba enferma. Camarada, como llaman a José Manuel Alonso, ha creado en Mirayos un espacio encantado lleno de animales como cormoranes, monos o flamencos, fabricados de forma artesanal.

Me gusta que digan ‘guapo’ o ‘guapa’ a todo lo que les ‘presta’. Y ese amor por lo pequeño cuando todo es excesivo»

O enterarte de que hay gente que se dedica a contar murciélagos. O asistir a esa Escuela de Verano de filosofía, que presenta con orgullo Roberto Menéndez, Barry, en su aldea de Villapedre. Emociona escuchar su exposición sobre «las genealogías del alter ego» en la misma escuela donde aprendió a leer y escribir. 

Y por último pero no menos importante de Asturias me fascina cómo hablan y cómo disfrutan de la comida. Y la bebida, porque la sidra natural marida con todo. Me gusta que digan “guapo” y “guapa” a todo lo que les “presta”. Y ese amor por lo pequeño. Pregunté en el WhatsApp familiar, allí donde acudo cuando tengo auténticas dudas existenciales, a qué atribuían esa tendencia a recurrir al diminutivo cuando todo es excesivo. “Cariño”, me respondió David, asturiano de corazón. Y es cierto: hay mucha dulzura en esos postrecinos y muchas ganas de gozar. 

Estoy pensando que si no tuve un pueblo de infancia, quizá lo tenga en mi retiro. Ay, esas casas de indianos son un sueño.