Los resultados de las elecciones alemanas no han despejado la incógnita sobre quién gobernará durante los próximos cuatro años. Los socialdemócratas aventajan a la derecha, pero con un margen muy estrecho (SPD: 206 escaños; Unión: 196 escaños). Tanto, que la mayoría se decidirá en las negociaciones que se iniciarán de forma inmediata y que tendrán a los verdes y a los liberales como los auténticos árbitros de la situación. Mientras dure ese periodo, Angela Merkel seguirá en la cancillería.

Una de las cosas que llama la atención de las elecciones en Alemania es que no haya estado sobre la mesa la coalición que daría mayor estabilidad y que es la que ha gobernado, con bastante éxito, el país durante los últimos años. La gran coalición (CDU/SPD) liderada por Merkel ha demostrado que se puede gobernar con políticas de centro y que esas políticas son las que han llevado a Alemania a consolidarse como líder indiscutible de Europa. Con Reino Unido fuera tras el Brexit y una Francia que ha ido perdiendo fuerza en la última década, nadie discute el papel de Alemania como eje y motor de la Unión Europea (UE). El control que ejerce sobre el Banco Central Europeo (sea quien sea su presidente) otorgan a Berlín el papel de guardián de la ortodoxia económica.

Otra curiosidad de la política alemana es que los dos candidatos de los partidos mayoritarios (Olaf Scholz, líder del SPD, y Armin Laschet, jefe de filas de la CDU) han centrado su competencia en intentar parecerse lo más posible a Merkel, que, a pesar de su perfil poco atractivo y su falta de carisma, ha gobernado el país durante 16 años y ha sido reconocida en Europa como la mujer que ha salvado el proyecto político de la UE, que estuvo a punto de saltar por los aires en 2012.

De lo que han votado los poco más de 60 millones de alemanes llamados a las urnas este 26 de septiembre depende, pues, no sólo el porvenir de Alemania, sino el futuro de Europa. Con la ventaja de que, sea cual sea la coalición que logre la mayoría, no habrá cambios radicales… Salvo que el SPD decida gobernar con los verdes (GRÜNE) y con los ex comunistas de Die Linke. Lo que se conoce como la coalición rojiverde. Cosa que, hoy por hoy, se descarta. Entre otras cosas porque la extrema izquierda puede quedar sin representación en el Bundestag.

Scholz, vicecanciller y ministro de Finanzas con Merkel, es un socialdemócrata moderado, cuya propuesta más revolucionaria en la campaña ha sido comprometerse a fijar el salario mínimo en 12 euros la hora.

Tanto si gobierna la CDU en coalición, como si lo hace el SPD sumando a verdes y liberales, se impondrá una agenda de vuelta a la ortodoxia, lo cual obligará a España a reducir gasto y deuda

La convivencia de la Unión Cristianodemócrata (CDU) y del Partido Socialdemócrata (SPD) en el gobierno de Alemania ha propiciado que la crisis tras la pandemia del Covid se haya gestionado de manera diferente a la crisis financiera y de deuda soberana que sacudió al mundo y, particularmente, a Europa tras la caída de Lehman Brothers. De las políticas de ajuste se ha pasado a las políticas de expansión del gasto y de relajación de las reglas fiscales para favorecer la recuperación. En ese contexto de recuperación del papel de lo público como salvador frente a la recesión económica es como hay que interpretar la resurrección electoral del SPD, que antes de la pandemia registraba en las encuestas una intención de voto en sólo al 11%. Pero que nadie se confunda.

Alemania, sea bajo la batuta de la Unión o del SPD, va a propiciar la vuelta la ortodoxia. Lo que va a variar, en todo caso, es la intensidad del regreso a la disciplina presupuestaria. Si, finalmente, la CDU logra pactar con los Verdes y con los liberales (FPD), la fiesta del gasto se terminará a finales del 2022. Por tanto, un gobierno tripartito liderado por la CDU, acompañado de verdes y liberales, obligará a España a prepararse ya el año que viene para ir recortando el gasto público y para iniciar una política severa de reducción de deuda. Con un gobierno de centro liberal en Alemania el Banco Central Europeo comenzará a reducir de manera drástica la compra de deuda, que, para España, por ejemplo, representa unos 12.000 millones de euros al mes. Eso se acaba.

Pero incluso con un gobierno SPD/Verdes/FPD el final de fiesta no tardará en producirse. El líder liberal, Christian Lindner ha condicionado su entrada en un gobierno de coalición -con quien sea- a ser el responsable de Finanzas.

Lo que está claro, al margen de lo apretado del resultado, son dos elementos, dos constantes que no van a cambiar, sea cual sea la coalición que gobierne y que ponen de relieve que son las políticas de centro las que dan la mayoría del voto en Alemania. Ningún partido cuenta con la extrema derecha de Alternativa por Alemania para formar gobierno. Su tufillo neonazi le sitúa fuera del círculo del poder, aunque su resultado haya superado el 10% de los votos.

El otro gran consenso en la política alemana, y que explica el buen resultado de los verdes, aunque menor de lo que se esperaba, es la lucha contra el calentamiento global. A pesar de que Alemania es uno de los países que más carbón consume y, por tanto, que más contamina de Europa, todos los grandes partidos incorporan una agenda para reducir sensiblemente en los próximos años las emisiones de CO2. Hay que recordar tras el accidente de Fukushima, Merkel decidió paralizar el programa que prolongaba la vida útil de las centrales nucleares. Esa fecha, marzo de 2011, marca un antes y un después en las políticas medioambientales en Alemania, antes sólo patrimonio de los verdes y los partidos de izquierda.

La inmensa mayoría de los jóvenes en Alemania defiende políticas verdes, incluso aunque no voten a Annalena Baerbock (candidata de GRÜNE).

Estas elecciones han marcado el fin del bipartidismo en Alemania. Los dos grandes partidos apenas superan el 50% de los votos, cuando en otros tiempos alcanzaron más del 70%, llegando incluso a acaparar el 90% del electorado.

A pesar de la fragmentación que se ha producido en la composición del Budestag, Alemania seguirá ejerciendo un papel hegemónico en Europa. Los grandes retos que tendrá que resolver el nuevo gobierno alemán coinciden con los desafíos a los que va a tener que enfrentarse la Unión Europea en los próximos años:

1º Pérdida de peso político y económico de Europa frente a Estados Unidos y China, lo que conlleva una estrategia mucho más activa de digitalización e implantación de la inteligencia artificial.

2º Puesta en marcha de políticas contra el cambio climático que no lastren el crecimiento (como está sucediendo con los precios de la electricidad).

3º Aprobar nuevas reglas fiscales que fijen un mínimo de tributación en el impuesto de sociedades, poniendo punto final a la competencia fiscal para atraer inversiones.

4º Armonizar la política migratoria, para ordenar la llegada de inmigrantes y que no se repita la situación de 2015, que llevó a Merkel a regularizar a casi un millón de refugiados.

5º Hacer frente al creciente neo imperialismo de Rusia bajo el mando de Putin.

Alemania y Europa entran en una nueva fase, ya sin el protagonismo de Merkel. Nada será igual. Y, aunque debemos descartar bandazos en la política alemana, lo que sí es cierto es lo que repitió la canciller durante la campaña: «No de igual quien gobierne».