Los políticos de altura no se dejan enredar en las miserias personales. Qué fácil de decir y qué difícil de hacer, ¿verdad?

En una situación como la que vivimos ahora en España, caer en ese error es un lujo que el centro derecha no se puede permitir. El cambio de ciclo es un hecho que reflejan todas las encuestas serias. Pablo Casado puede ser el próximo presidente de Gobierno, pero, para serlo, antes tiene que dar una lección de generosidad, demostrar que él está por encima de la melé, porque es un hombre de estado.

Nadie sensato entiende el lío que hay montado en Madrid. ¿Por qué no se hace el Congreso del PP antes de la primavera? ¿Por qué parece que en Génova molesta que Isabel Díaz Ayuso sea la candidata favorita de las bases del partido y de la mayoría de los ciudadanos?

Ahondar en las causas de esa conducta nos lleva a las miserias. Hasta que la presidenta de la Comunidad de Madrid no decidió adelantar las elecciones no había problema. Ayuso y Almeida eran dos criaturas de Casado. Buenos chicos que habían demostrado que sabían gestionar. Nada más.

El movimiento del adelanto fue una jugada de riesgo. Significaba la ruptura con Ciudadanos, el abismo de enfrentarse a una izquierda que gobernaba el país y tenía un inmenso poder político y mediático. Y no digamos nada cuando, por sorpresa, Pablo Iglesias decidió abandonar la vicepresidencia para echar pie a tierra y «derrotar al fascismo» en Madrid.

Teodoro García Egea, todopoderoso secretario general del PP, pidió en una reunión con la dirección del partido en Madrid tener un papel en la campaña y que Casado fuera de la mano de Ayuso en los actos públicos, a lo que Miguel Ángel Rodríguez se negó. La candidata tenía que batirse en solitario, hacer su campaña, rentabilizar decisiones como las de haber ayudado a los pequeños negocios durante la pandemia, evitando cierres y alargando horarios. Eso no le gustó al número dos del partido y, probablemente, tampoco a Casado.

Los hechos demostraron que Rodríguez tenía razón. Ayuso duplicó escaños, hundió al PSOE y mandó al córner de los tertulianos a Iglesias. No sólo eso. Insufló moral de victoria en el partido… en toda España.

Ayuso ha despertado la ilusión del triunfo en el centro derecha. Casado debe olvidarse de viejos fantasmas y cerrar una polémica que desgasta al partido proponiéndola como presidenta del PP de Madrid

La euforia por el triunfo se vio empañada por las pequeñas miserias que hicieron que incluso Ayuso estuviera a punto de no salir al balcón de Génova a saludar a la gente que se congregó para celebrar la victoria en la noche de aquel 4 de mayo para no olvidar.

Las miserias y la paranoia que llevan consigo. En Génova se dibujó un panorama de ficción propio de una serie de Netflix. Que si Ayuso quiere ser la candidata del PP a las generales, que si para ello desea que Pablo pierda las próximas generales,.. etc. La sombra de Esperanza Aguirre sobrevoló la planta séptima de una sede que parece maldita.

Pero, si miramos la realidad y no los fantasmas, lo que pretende Ayuso es otra cosa. Fundamentalmente, tener arte y parte en la política del partido. No ser la presidenta del Gobierno. Al menos a corto y medio plazo. Ella quiere que Casado sea el próximo presidente: lo dice en público y en privado. No sé que tiene que hacer para que quien tiene que creérselo se lo crea.

La guerra desgasta. Es estúpida. Los votantes prestados que tiene el PP en Madrid, provenientes de Ciudadanos, se preguntan qué es esto. El peligro que genera el lío interno es que se transmita a la movilización de los votantes, que termine por quitarles la ilusión de que ahora es posible el cambio. Por cierto, si hay alguien que puede poner coto a Vox es Ayuso. Lo demostró en las elecciones a la Comunidad de Madrid. Con un candidato distinto, el partido de Abascal podría haber rozado incluso la victoria.

Pero, volvamos a la cuestión principal. Casado tiene la oportunidad de demostrar que es el líder que necesita el centro derecha. Para ello, tendría que dar un paso adelante, cerrar la discusión y proponer él mismo a Ayuso como candidata a presidir el PP en la Comunidad de Madrid. Si lo hiciera, no sólo cerraría la polémica de un golpe, sino que demostraría a los votantes del centro derecha que él está por encima de las pequeñas miserias. Habría comenzado a ganar las próximas elecciones.

Espero que alguien en el PP se lo proponga en el próximo Comité de Dirección.