La izquierda populista ha encontrado en Cádiz su comuna, su particular mayo del 68, una causa frente a la patronal, la Policía e incluso al Gobierno… del que forma parte.

Los palos entre policías y manifestantes que llenan minutos de telediario y espacio en los periódicos apenas ocultan otro enfrentamiento, soterrado hasta ahora, pero cada vez más evidente, que se vive en el seno del Gobierno entre Pedro Sánchez y sus ministros y los representantes de UP, liderados por Yolanda Díaz.

Pero, antes de entrar en este asunto de largo recorrido, echemos una ojeada al conflicto laboral, que no deja de tener su miga.

Los trabajadores del metal de la provincia de Cádiz llevan ya ocho días de huelga reclamando subidas salariales (2,5% más el IPC en 2022, y 3% más el IPC en 2023) que la patronal considera «inasumibles». Navantia, empresa naval a la que afecta el convenio que ahora se negocia, representa el 25% de todo el empleo. Si se suman otras empresas públicas, casi el 50% del empleo de este sector en la provincia tiene como patrón al Estado.

El año pasado Navantia (propiedad de la SEPI) perdió 137 millones de euros, pero eso parece que no importa a los sindicatos que reivindican subidas salariales para blindar a los trabajadores contra el IPC. Si el sector público cede, el techo del metal gaditano será utilizado por los sindicatos como referente para otros convenios. La inflación disparada (5,4% en tasa interanual en octubre) contagiará así a los salarios y en 2021 entraremos en una espiral que hará perder competitividad a la economía. Pero eso tampoco parece importar ni a los sindicatos ni a los líderes de UP que se sienten fuertes y apoyados por un ministra de Trabajo en alza en las encuestas y que quiere liderar un «movimiento» que pretende arrebatarle al PSOE la hegemonía de la izquierda en las próximas elecciones.

En el Gobierno ya hay ministros que expresan en público su malestar con la ministra de Trabajo por apuntarse los tantos y, al mismo tiempo, montar una alternativa para competir con el PSOE

El entorno en el que se produce la pelea callejera no puede ser peor. En la provincia de Cádiz hay un 23,16% de paro según el INE (casi diez puntos más que la media nacional). De los más de 150.000 parados que hay ahora, unos 100.000 trabajan en el sector servicios. Las barricadas, los neumáticos quemados y los puentes cortados no son la mejor postal para atraer capital, empresas que generen empleo. Pero eso, ¿a quién le importa?

El alcalde de la ciudad, José María González Kichi, está en su salsa, altavoz en mano llamando a la lucha en solidaridad con los currelas en lucha. Hasta ha propuesto rebautizar la calle Ramón Franco por el de Proletariado del Metal. ¡Que no falte de na!

La policía se vio obligada el pasado lunes a utilizar una tanqueta (BMR) para enfrentarse a los manifestantes, que no son precisamente pacíficos. Eso cabreó los líderes de Unidas Podemos. Pablo Iglesias, siempre presente en las polémicas, tuiteó que «usar material militar contra los trabajadores es un salto cualitativo». Yolanda Díaz filtró a los medios que había «pedido explicaciones» a Moncloa y al Ministerio del Interior por el uso de la tanqueta. Ayer Jaume Asens, que llevaba una temporada desaparecido de la escena, reclamó airado en el Congreso la retirada de la tanqueta: «Siempre se la pueden devolver a la ministra de Defensa».

El toque a Margarita Robles no fue casual. En la noche del lunes, en una entrevista con Juan Ramón Lucas (La Brújula), la ministra dijo en referencia a Yolanda Díaz: «No me parece bien que alguien del Gobierno utilice esa plataforma para crear un proyecto personal». Un aviso a navegantes.

La ministra de Defensa no estaba expresando sólo una opinión personal, sino el sentir de los ministros socialistas del Gobierno que ven como la titular de Trabajo se apunta todos los tantos y, al mismo tiempo, marca perfil propio mientras arma una alternativa que trasciende a UP y que quiere competir directamente con el PSOE.

Sánchez, que se sentía liberado tras las salida de Iglesias del Gobierno, comienza a ver ya el peligro que tiene su pupila. Con un estilo menos bronco, pero más efectivo, le planta cara abiertamente. La tensión irá en aumento a medida que se aproximen las elecciones generales. Pero, para eso, en teoría, ¡quedan aún dos años!