Una de las herencias que nos ha dejado Pablo Iglesias es la mitificación del Ibex. Para justificarse a sí mismo, a su neo marxismo, nada mejor que crear el mito de unos empresarios todopoderosos que hacen y deshacen al margen de la democracia y de la gente.

Pero lo cierto es que en el Ibex hay de todo. Gente que se dedica a su negocio y pasa bastante de la política y otros que necesitan al Gobierno para sobrevivir. Si el Consejo de Ministros aprueba la prolongación de una protección anti OPA, llámese acción de oro o como sea, en fin la garantía de que un fondo extranjero no va a aprovechar los precios de ganga de la Bolsa para comerse a una de las grandes compañías españolas, está claro que los jefazos de compañías le deben un favor al Gobierno. Es lo que ha sucedido justamente con Telefónica tras el susto de la OPA de KKR sobre Telecom Italia.

A algunos empresarios, como a César Alierta en sus tiempos de gloria, les gusta moverse entre bambalinas, conspirar. Alierta, como ya hemos contado en estas páginas, animó a los grandes editores a apoyar a Susana Díaz contra Pedro Sánchez, información que le fue transmitida por el presidente de Telefónica, Álvarez Pallete al hoy presidente del Gobierno, con el que mantiene, desde entonces, buena sintonía. La prueba es la decisión del Consejo de Ministros de la semana pasada.

Unos por razones regulatorias, otros por cuestiones estratégicas, y algunos por su debilidad, la mayoría de los empresarios del Ibex suelen ser acríticos con el Gobierno de turno. Todo lo más, lo que hacen es ponerle una vela a Dios y otra al diablo.

Pero la mayoría de los empresarios no son como el Ibex. Tienen otros problemas de menor altura, quizás, pero que tienen que ver con las cosas del comer.

Antonio Garamendi, presidente de la CEOE, hombre dialogante y poco dado a la polémica, se ganó un rapapolvo de Pablo Casado cuando dijo aquello de que si los indultos servían para mejorar la situación en Cataluña, bienvenidos sean. El líder del PP pensaba en clave política, en la deuda que pagaba Sánchez por el apoyo de ERC; Garamendi transmitía el sentir de los empresarios catalanes, que piensan que los indultos son la vía para la vuelta a la normalidad en Cataluña.

Todo esto lo digo para que se vea que esa pretendida ligazón de los empresarios y el PP, del Ibex y la derecha, es una simplificación que no se corresponde con la realidad. Al menos, no siempre.

Lo que preocupa a los empresarios es ver la deriva que, en asuntos relevantes, está tomando el Gobierno por el peso de Unidas Podemos. La contra reforma laboral, por ejemplo, es algo que preocupa y mucho. Al igual que la mala gestión de la política energética, la subida de los costes, el reparto de los fondos europeos y la pretensión sindical de negociar salarios que compensen la pérdida de poder adquisitivo. Asunto del que habló la semana pasada el gobernador del Banco de España, Hernández de Cos, para advertir al Gobierno del peligro que suponía esa tendencia que siempre acaba por disparar la inflación y lastrar la competitividad de las empresas.

Los empresarios le han visto las orejas al lobo: un Gobierno escorado a la izquierda en cuestiones clave para la economía, y ligado a partidos como ERC y Bildu, poco amigos del libre mercado. La perspectiva de que el Gobierno Frankenstein no sólo se consolide, sino que aspire a repetir otra legislatura, les aterra. En fin, les gustaría que Casado fuera una alternativa real y no para dentro de seis años, sino para dentro de uno o dos.

En privado, en público no se atreven, los empresarios critican la pugna entre el líder del PP y la presidenta de la Comunidad de Madrid que, como han puesto de manifiesto ya varias encuestas, está lastrando las posibilidades de triunfo de la derecha. Sencillamente, no lo entienden. Analizándolo gomo gestores, ven que Casado está pensando más en una derrota que en una victoria y por eso quiere tenerlo todo atado en el partido.

Los empresarios reclaman una alternativa en la derecha. Les aterra la posibilidad de que el gobierno Frankenstein pueda prolongarse una legislatura más

No es que les seduzca un gobierno de coalición PP/Vox (aunque lo prefieren a uno del PSOE/UP), porque tienen miedo a que esa opción polarice la situación aún más de lo que ya lo está. Lo que les gustaría es un gobierno de PP y Ciudadanos; o, en todo caso, uno del PP en solitario. Incluso algunos claman por un imposible pacto de gran coalición entre el PP y el PSOE. Esa expectativa, a pesar de que la situación se va a poner muy fea (ómicron nos va a dar muchos sustos), no es realista.

Ha habido, eso sí, algunos contactos. Conversaciones informales, comentarios al presidente del PP en el sentido de «esto tiene que acabar»; «arregla las cosas con Ayuso», y cosas por el estilo. Pero esos mensajes son prácticamente los mismos que le han hecho llegar al líder del PP algunos barones y viejas glorias del partido.

Hablo este fin de semana con un líder regional del PP, persona bien conectada con Teodoro García Egea, para muchos el instigador de esta guerra estúpida. Le pregunto cómo acabará esto. Su respuesta es rotunda: «Esto acabará como todos sabemos que va a acabar ¿Es que acaso alguien piensa que la candidata a presidir el PP en la Comunidad de Madrid no va a ser Ayuso? Lo será y con el apoyo de Casado. Lo que ocurre es que alguien ha planteado esto como un pulso y ni Casado ni Teo se pueden permitir el lujo de perderlo».

Pues que la solución llegue pronto. El líder del PP tiene una enorme responsabilidad: ser alternativa en un momento en el que se necesita una alternativa. No sólo por que lo necesiten los empresarios, sino porque lo necesita el país. O, como diría Iglesias, porque lo necesita la gente.