Bueno, ya vamos viendo por dónde quiere caminar la ministra de Trabajo en su proyecto “maravilloso” pero también vemos que se le calentó demasiado la boca cuando dijo aquello de “No quiero estar a la izquierda del PSOE, le regalo al PSOE esa esquinita. Eso es algo muy pequeño y muy marginal”.

Aquella entrevista concedida a Fernando Berlín en la emisora Radio Cable estuvo llena de afirmaciones impagables por parte de Yolanda Díaz además de la aquí mencionada. Dijo también que ella no trabajaba “desde la izquierda de la izquierda, en absoluto” porque “no le gusta nada” que la sitúen a la izquierda del PSOE. Y aclaró finalmente: “yo trabajo para la mayoría social” porque las políticas que despliega “son muy transversales». Esas políticas de las que habla todavía no se han visto. Habrá que esperar.

En esa búsqueda de la transversalidad hay que imbricar la “emocionante” visita este sábado pasado al Papa Francisco, al que ella se refirió como “nuestro Santo Padre” en un posesivo en segunda persona del plural que no habría superado ni la mejor corresponsal en el Vaticano que fue Paloma Gómez Borrero.

Lo que está haciendo la vicepresidenta segunda del Gobierno es algo tan común y tan obligado como intentar recuperar el voto de la izquierda que en las últimas convocatorias se ha ido a la abstención, voto que en las elecciones de 2016 dio a Unidos Podemos (todavía no habían cambiado de género en su denominación) más de cinco millones de votos y 71 escaños pero que en los comicios de 2019 se quedaron en poco más de tres millones y 35 escaños, es decir, la mitad menos uno de lo obtenido tres años antes. 

Y en esa apuesta por la recolección de los votos perdidos entra un sector muy querido y mimado de siempre por el Partido Comunista de España, que son los cristianos de izquierdas. Ya en tiempos de la Transición, y aún mucho antes, se decía en el Comité Central del PCE que la revolución en España habría de hacerse con la hoz y el martillo en una mano y el crucifijo en la otra. La revolución no se hizo pero los cristianos siguen ocupando una plaza de honor en el imaginario del PCE.

Las perspectivas electorales de la señora Díaz porque no se las cree ni ella

Yolanda Díaz sigue en eso la tradición de sus mayores aunque ninguno de ellos fue nunca recibido en audiencia privada por el Papa. También es verdad que tampoco ninguno de ellos formó nunca parte del Gobierno de España y que es en calidad de tal como ha tenido lugar este encuentro con “nuestro Santo Padre”.

Estamos, pues, ante una estrategia política, digamos del montón, por más que la señora Díaz pretenda revestirla de trascendencia en la medida que el espacio que pretende construir, o eso ha dicho, “va mucho más allá de los partidos”.

Rimbombancias aparte, la cosa es mucho más terrenal y más clásica, cosa que resulta muy tranquilizadora porque a este paso de grandilocuencia y pretensiones trascendentes -«hay que deconstruir a Maquiavelo» soltó la ministra en esa entrevista impagable- Yolanda Díaz estaba a punto de convertirse en una Evita Perón 2.0.     

El punto terrenal, como digo, lo acaban de poner el equipo que rodea a la ministra de Trabajo que, en la crónica que publica aquí Cristina de la Hoz, explican que «ahora estamos en eso, en la movilización de esos votantes». Todo dependerá de que «Pedro Sánchez movilice a los suyos y nosotros agrupemos a los nuestros».

Ahí ya sí, ahí ya está claro todo. Lo que busca Yolanda Díaz es sumar todos los votos posibles procedentes de la izquierda que no estén ya abonados al PSOE para lo cual necesita superar las limitaciones que le impondría una candidatura con las únicas siglas de Unidas Podemos y quizá -es sólo una hipótesis- bautizar la nueva formación con otro nombre. El objetivo es de grandes dimensiones, quizá demasiado grande para las aún no demostradas fuerzas de la señora Díaz. Nada que ver con esa «esquinita pequeña» a la que ella se refirió con evidente desdén.

Y eso de que se va a mover muy, pero que muy, por encima de los partidos  y de los planteamientos de la izquierda, liderando la mayoría social, transversal y demás calificativos, es una manera como otra cualquiera de adornar lo que es la pretensión, natural y obligada de cualquiera que tenga la aspiración de liderar un proyecto, que es sencillamente la de recuperar los votos que un día se tuvieron pero que se han ido perdiendo. Que en este caso son los votos de izquierdas y nada más. Es decir, lo de siempre.

El equipo que rodea a la señor Díaz demuestra, por otra parte, tener los pies en el suelo cuando pone en seria cuarentena los cantos semanalmente emitidos en las páginas del diario La Vanguardia por Iván Redondo, el antiguo jefe de gabinete de Pedro Sánchez que en su artículo de ayer lunes le vaticinaba a la ministra de Trabajo nada menos que 78 escaños que nadie sabe de qué estudio o sondeo de intención de voto los ha sacado. 

“No es posible” se dicen en su entorno, que la señora Díaz pase de ser para el 16% de los ciudadanos consultados la favorita para presidir el gobierno a serlo de repente y en el cortísimo plazo de un mes para el 27% de ellos.  Y se contestan diciéndose que lo que hace el señor Redondo es dibujar una conclusión y después buscar los datos “que la confirmen como sea”.

No se puede hacer una descalificación más rotunda de un experto en la comunicación política con menos palabras. Y si esa es la idea de quien ha sido favorecida por sus previsiones, cómo será la de quienes están siendo objeto de su intento de venganza.

Si yo fuera Iván Redondo, no insistiría otra semana más en el asunto de las perspectivas electorales de la señora Díaz porque no se las cree ni ella. Y mira que la favorecen.