Las elecciones en Castilla y León se han convertido en una batalla política nacional. No sólo porque, al adelantarse a su calendario, y no coincidir con las de otras autonomías, brillan más en los medios, sino porque el Partido Popular quiere hacer de ellas el inicio de un cambio de ciclo político que concluiría con Pablo Casado instalado en el Palacio de la Moncloa.

La decisión de romper con Ciudadanos y convocar los comicios no la tomó Alfonso Fernández Mañueco, sino Casado. El presidente de la Junta no ha podido aportar ni una sola prueba de la supuesta traición de Francisco Igea que avale la tesis de una pretendida moción de censura que daría el poder al PSOE, excusa utilizada para el adelanto electoral. Fueron las encuestas, muy favorables al PP, y la voluntad del líder del partido de minar el poder de Sánchez añadiendo a la derrota de Madrid, un seguro triunfo en Castilla y León y luego en Andalucía, lo que llevó a Fernández Mañueco a romper la coalición de forma abrupta (Igea se enteró en directo mientras era entrevistado en Onda Cero por Carlos Alsina).

La política no es recomendable para gente tierna o sentimental. Pero pocas veces se ha visto tan claramente que no te puedes fiar ni de tu padre… si es el poder lo que está en juego.

Fernández Mañueco quiere prolongar los 35 años que lleva el PP gobernando la autonomía. Pero sabe que, al margen de su puesto, el que se la juega de verdad es Casado.

Cuando tomó la decisión, el pasado 20 de diciembre, las encuestas que manejaba Génova le daban al PP el 40% de los votos, lo que significa que estaba a uno o dos escaños de la mayoría absoluta. En Génova habían valorado los escenarios. Por un lado, el efecto sorpresa, que, además de noquear a Igea, pillaba con el pie cambiado al candidato del PSOE, Luis Tudanca, aún poco conocido entre los electores de las zonas rurales. Además, había en marcha partidillos de la llamada España vaciada que estaban en proceso de formación y convenía anularles antes de cuajaran. Luego, unas desagradables corruptelas que empañaban el calendario… En fin, que Casado habló con Fernández Mañeco y le dijo: «Adelante».

Pocos días después se produjo la entrevista de Alberto Garzón en The Guardian en la que ponía en cuestión la calidad de la carnes de las macrogranjas. Fernández Mañueco vio el balón en el punto de penalti y no dudó en chutar. Los ganaderos se le echaron encima al ministro de Consumo y el Gobierno le dejó sólo. El affaire de las macrogranjas dio resultado. El 17 de enero, El Norte de Castilla publicó una encuesta (GAD3) en la que daba al PP entre 38 y 39 escaños (la mayoría absoluta son 41). El PSOE se quedaba a más de diez escaños de distancia; Ciudadanos se hundía y quedaba con uno, y ¡ojo! Vox subía de 1 escaño (el que logró en las elecciones de 2019), a nueve.

desde entonces, han pasado cuatro semanas y las alarmas han comenzado a sonar en el cuartel general del PP. Y no precisamente por la encuesta del CIS publicada el pasado jueves, con el escándalo añadido de la filtración a Pablo Iglesias, en la que daba ganador al PSOE, sino porque los sondeos internos que maneja el partido conservador revelan que Fernández Mañueco está perdiendo fuelle.

Según datos internos, el PP habría perdido dos puntos en las últimas cinco semanas, mientras que Vox ha crecido en ese mismo porcentaje. El peligro para Casado es que Fernández Mañueco se vea forzado a gobernar con el partido de Abascal

Según fuentes solventes, el PP habría perdido dos puntos desde la primera quincena de enero, de tal forma que ahora estaría en torno al 38%, lo que significa una horquilla de entre 35 a 37 escaños. Mientras tanto, Vox ha ganado dos escaños más, situándose ya en los 11/12. El PSOE va remontando poco a poco, muy apoyado en el voto de las ciudades más grandes, y rondaría 30 escaños. Ciudadanos no levanta cabeza (1) y UP se quedaría en 2 o 3 escaños (ahí también se equivocó Tezanos).

Quedan menos de dos semanas para el 13-F y en el PP quieren poner toda la carne en el asador. Las fotos de Casado rodeado de vacas no son suficientes. Isabel Díaz Ayuso y el ex presidente Aznar (que comenzó su carrera en Castilla y León) han salido al terreno de juego para echarle una mano al candidato que da muestras de agotamiento.

Tiene lógica que Casado recurra a su particular ‘7º de Caballería’ porque el flanco débil lo tiene precisamente en la derecha, que es por donde está subiendo Vox, muy fuerte en el sector ganadero y en los pequeños núcleos de población. Hay tiempo para frenar la sangría y recomponer la figura. Pero ahora, en Génova ya saben que la mayoría absoluta es imposible y se conformarían con que el PP sumara más que el resto de los partidos, excluidos los escaños de Vox.

Eso lleva el listón hasta los 36/37 escaños. Eso permitiría un gobierno de Fernández Mañueco en solitario: saldría elegido en segunda vuelta, siempre y cuando los procuradores de Vox se abstuvieran.

No hay peligro en ningún caso de que el PP pierda estas elecciones. Sin embargo, Casado puede verse ante una tesitura que ha pretendido evitar por todos los medios: tener que recurrir a Vox para gobernar.

El líder del PP sabe que, si esa eventualidad se produjese, y Fernández Mañueco tuviera que gobernar con Vox, el adelanto electoral le habría salido por la culata ¡Qué mejor baza para la izquierda que tener una prueba fehaciente de que el PP y Vox están destinados a gobernar juntos!

Se vaticinan días intensos y una noche electoral de nervios a flor de piel en la sede central del PP el próximo 13-F. Casado necesita un ayusazo en Castilla y León, pero, por desgracia, Fernández Mañueco no es Ayuso.