Opinión

Nada será igual después de la guerra

Manifestación por Ucrania en Barcelona

Ucranianos demandan solidaridad ante la oficina de la UE en Barcelona. EFE

Tras reiterados intentos y acercamientos desde el mes de noviembre, cuando el Kremlin decidió acumular sus tropas en la frontera con Ucrania, finalmente la guerra ha llegado.  Hablábamos hace un par de semanas sobre cómo Ucrania era el momento de la defensa europea. La diplomacia de la disuasión parecía estar ya en sus mínimos. La OTAN dejó siempre muy claro que no habría ni un sólo movimiento militar por parte de los aliados, pese a que el Kremlin continuaba acumulando efectivos militares. La fuerza de nuestra estrategia disuasoria ha sido la amenaza punitiva, el posible establecimiento de sanciones. Sanciones durísimas, según se prometía. Sanciones que no se habían visto hasta la fecha. 

Desde luego es difícil pensar que una estrategia distinta pudiera haber terminado con un desenlace positivo para la paz: ni el mapa europeo es un tablero de Risk ni la UE podía asumir los costes en términos sociales de alimentar una escalada militar frente a una potencia nuclear. 

El Kremlin debe sufrir los costes de su acción criminal

Pero precisamente por esta necesidad de rendir cuentas, de cumplir con las amenazas ante el peor desenlace, es necesario ahora verificar esas amenazas, materializar las sanciones. El Kremlin debe sufrir los costes de su acción criminal. 

En este sentido, el paquete acordado por el Consejo de Asuntos Exteriores este viernes, y discutido en el Consejo Europeo extraordinario del 24 de febrero, establece una línea dura y sin precedentes. Cubre el 70% del sector bancario, y ataja una de las principales demandas del Parlamento Europeo: que el ministro ruso de Exteriores, Sergei Lavrov, y el propio presidente Putin sean objeto de las sanciones y, por tanto, que sus bienes sean congelados. 

No obstante, aún sigue habiendo margen de maniobra para presionar a Rusia. Y, con un escenario de enfrentamiento abierto, de guerra e invasión en las fronteras de la UE, de miles de personas desplazadas que aumentan cada día y, sí, también de muertos que ya se cuentan por centenares, no es tiempo de andar con medias tintas. Ya pasó el tiempo de las medidas graduales. 

¿Quién marca en Europa la aritmética de la indiferencia? ¿Dónde está la frontera entre la preocupación y el compromiso? 

En línea con esta expresión se expresaba el canciller alemán, Olaf Scholz, quien se pronunció en contra de medidas solicitadas por la parte ucraniana, como la exclusión de Rusia del sistema de pagos internacionales Swift, por considerar que la UE debía reservarse este tipo de medidas. ¿Reservarse esperando exactamente qué?, nos preguntamos muchos desde el Parlamento Europeo. ¿Cuántos ciudadanos ucranianos más tendrán que abandonar sus casas para que la UE- y sus empresas- contemplen asumir un coste económico del conflicto? ¿Quién marca en Europa la aritmética de la indiferencia? ¿Dónde está la frontera entre la preocupación y el compromiso? 

La UE de los valores tiene un coste que tenemos que ser capaces de asumir. Medidas como la exclusión de Rusia del sistema de pagos tendrán un efecto sobre los Estados Miembros porque literalmente suspenden cualquier tipo de transacción o pago pendiente o en curso. Pero a su vez es una medida con un efecto devastador directo sobre la economía rusa. La población de Ucrania no puede esperar a ver los efectos a medio plazo de unas sanciones. La amenaza es real y está ya presente.  

Como UE tenemos que asumirlo: defender nuestros valores tiene un precio. Debemos ser conscientes que de esta guerra en suelo europeo no saldremos indemnes. El mundo y Europa, tal y como la conocíamos hasta este 24 de febrero, han cambiado. Con los acuerdos de Minsk triturados y sin una respuesta firme ante las agresiones, el precio de no actuar será vivir bajo la amenaza constante de un sátrapa.

El juego megalomaníaco de Putin en la frontera ucraniana desde noviembre tenía también entre sus objetivos desestabilizar a la UE. Aprovechar sus divisiones y jugar con la dependencia gasística que muchos países tienen de Rusia. 

El precio de no actuar será vivir bajo la amenaza constante de un sátrapa

La mejor victoria, la única posible, será sobre la base de la firmeza y la unidad. Ningún país europeo tiene la posibilidad de hacer frente a la amenaza rusa por separado. La portavoz de exteriores del gobierno ruso, Maria Zajarova, ya amenazó ayer a Suecia y Finlandia, señalando que su posible adhesión a la OTAN tendría graves consecuencias militares y políticas y que requeriría “medidas recíprocas” por parte de Rusia. Hoy ha sido Ucrania; mañana, ¿quién sabe?

Mientras tanto, nuestros miedos, nuestras deficiencias institucionales – la toma de decisiones anclada en la unanimidad- y la ausencia de una verdadera política exterior y de una política común de defensa son las verdaderas armas de Putin. 

Es el momento de actuar, facilitando paquetes de asistencia a Ucrania, incluyendo ayuda humanitaria para las personas más vulnerables y aplicando al mismo tiempo sanciones que limiten las capacidades del Kremlin. De otro modo, nuestras debilidades serán su fortaleza.


Soraya Rodríguez es eurodiputada del Parlamento europeo en la delegación de Ciudadanos

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