«Vienen tiempos duros», anunció ayer Pedro Sánchez ante los atónitos miembros del comité federal del PSOE. El presidente del Gobierno concretó: «La guerra de Putin va a hacerlo todo más duro y más difícil y, sin duda, va a tener un impacto en los precios».

La preocupación en el Gobierno es palpable. Las inflación antes de que Rusia invadiera Ucrania se situaba ya por encima del 7%. Fuentes solventes apuntan a que los precios romperán la barrera de los dos dígitos en los próximos dos meses. El miedo a un escenario de recesión (o de estanflación: inflación sin crecimiento) es lo que llevó a Sánchez a hablar de «pacto de rentas» en su intervención en el Pleno de la semana pasada en el Congreso. Hoy mismo se reunirá con patronal y sindicatos en Moncloa para abordar un acuerdo que suponga moderación salarial justo en un momento en el que los salarios están perdiendo poder adquisitivo.

Mientras que Sánchez acojonaba a los miembros del comité federal de su partido poniéndoles ante la cruda realidad, dos ministras de su gabinete, Ione Belarra e Irene Montero, criticaban en un mitin el envió de armas a Ucrania y ubicaban al PSOE en el bando de «los partidos de la guerra».

Es verdad que ni Belarra ni Montero pintan mucho en el Gobierno (Yolanda Díaz sí manda, pero la titular de Trabajo se ha puesto del lado del presidente sin titubeos), pero esa cacofonía no ayuda a Sánchez, sino que le debilita. Y eso que todavía no se han tomado medidas difíciles, como las que habrá que tomar en breve plazo. La capacidad de resistencia de la coalición que sostiene al Ejecutivo se va a poner a prueba de forma definitiva en las próximas semanas, y no estamos hablando de «matices», como las calificaba ayer el ministro Albares en entrevista a El País. No. Se trata de una cuestión fundamental: la posición del Gobierno ante Putin, como agresor que quiere derribar al gobierno legítimo de Ucrania y que, de paso, ha puesto en riesgo la paz mundial. Suscribo lo dicho por Sánchez: «No ha faltado diplomacia. Lo que ha sobrado es agresión».

El IPC puede superar el 10% en los próximos dos meses. La crisis económica que se avecina y las reticencias de sus socios, obligan a Sánchez a abrir la vía de un gran pacto con el PP

La guerra convencional va a durar al menos cinco o seis semanas más. Sobre ese punto existe un cierto consenso. El teniente general Pedro Pitarch (que fue Comandante General del Cuerpo de Ejército Europeo) me confesaba la semana pasada que, por desgracia, la resistencia del ejército de Ucrania y de las milicias armadas a pesar de su heroísmo no puede ir mucho más allá, teniendo en cuenta la ofensiva de tres grupos de ejército ruso que suman casi 200.000 hombres y que han lanzado una ofensiva en tres frentes (Kiev, Jarkov y en el eje que va desde la región del Dombás a Jersón y Odesa). En una reunión con miembros del BCE celebrada la semana pasada, el presidente de la SEC norteamericana, Gary Gensler, señalaba que los mercados están apostando por un conflicto de una duración en torno a mes y medio. Sin embargo, las hostilidades pueden duran mucho más tiempo.

Ayer, The Washington Post informaba de que fuentes oficiales de EEUU y la UE tenían sobre la mesa la posibilidad de que el presidente Zelenski se exiliara en Polonia para organizar una resistencia de guerra de guerrillas tras la toma de Kiev por parte del ejército de Putin. Por supuesto, el presidente de Ucrania quiere resistir hasta el final.

Pero, al mismo tiempo que se filtran esos planes, el secretario de Estado Antony Blinken admitía ayer la posibilidad de que la UE y EEUU prohibieran la importación de hidrocarburos de Rusia. El 41% del gas que se consume en la UE y el 27% del petróleo proceden de Rusia. Si ya los precios de las materias primas están disparados, imagínense dónde pueden llegar si se adopta ese acuerdo, por otra parte necesario para dificultar a Putin la financiación de su aventura militar sobre Ucrania. Hay que tener en cuenta, además, que las sanciones impuestas a Rusia no se levantarán hasta que quede un soldado ruso en suelo ucraniano. Y eso también llevará muchos meses, sino años.

Estamos pues ante un escenario completamente nuevo y lleno de incertidumbres pero, en todo caso, sombrío y que obligará al Gobierno a adoptar medidas impopulares. Sus socios no se lo van a poner fácil. Todo lo contrario.

El cambio de liderazgo en el PP, la sustitución de Casado por Feijóo, abre una ventana de oportunidad a pactos de Estado que van a ser imprescindibles para afrontar la crisis que se nos viene encima sin remedio. Ya lo apuntábamos en estas mismas páginas la semana pasada.

No es el momento de primar los intereses partidistas a corto plazo. Es el momento de los hombres de Estado.