En el extraordinario documental The fog of war (La niebla de la guerra), Robert McNamara, ex secretario de Defensa de EEUU bajo las presidencias de John F. Kennedy y Lindon B. Johnson, lo que le convirtió en protagonista de la crisis de los misiles de Cuba y del auge de la guerra del Vietnam, plantea como una de las lecciones fundamentales de su carrera «no confundir los deseos con la realidad».

Ese es un pecado habitual de los políticos, especialmente grave en época de guerra, y para el que, desgraciadamente, la experiencia o el ejemplo no parecen servir de mucho.

La invasión de Ucrania por la tropas rusas ha puesto al mundo en alerta. La agresión no sólo viola el derecho internacional, sino que viene aderezada por una velada amenaza de utilización del poderío nuclear heredado de la época soviética. Las armas, se suele decir, las carga el diablo. Y, viendo el documental de Errol Morris, nunca fuimos conscientes de lo cerca que estuvimos de un holocausto atómico.

Europa se ha dado cuenta, de repente, que depende en gran medida del gas ruso. Del consumo total de la UE, un 41% procede de Rusia (el segundo suministrador es Noruega, con el 23%, y el tercero Argelia, con el 12%). Estados Unidos ha decidido prohibir la importación de gas ruso, pero para Biden es una decisión con escaso coste (apenas importa el 6% de su consumo de Rusia). Hay países europeos que dependen hasta en un 90%.

Cortar de repente el gas procedente de Rusia es para Europa implanteable, porque significaría condenar al frío a millones de hogares y hundir la economía de medio continente. Pero mantener la importación a los precios actuales supone proporcionar a Putin la financiación que necesita para su insensata guerra.

Europa despierta de su sueño y se da cuenta de que la energía es un sector estratégico que, hoy por hoy, ha dejado en manos de un dictador con sueños de grandeza. En estos momentos, el almacenamiento estratégico de gas en la UE está al 27% de su capacidad, y el objetivo para el 1 de octubre es alcanzar el 90%, en previsión del próximo invierno. Imagínense lo que eso significa a los precios actuales.

Europa, tras la caída del Muro de Berlín y el colapso de la URSS, confundió sus deseos con la realidad. Putin no fue visto como un potencial enemigo, sino como un aliado con ciertas peculiaridades. Ahora nos damos cuenta, pero los países de la antigua Europa del Este no dejaron de insistir durante años en el peligro del expansionismo ruso.

Uno de los temas estrella de la cumbre de jefes de Estado y de Gobierno de la UE celebrada esta semana en Versalles ha sido, como era de esperar, la energía. Pedro Sánchez, deseoso de protagonismo, ha planteado a sus socios del Consejo Europeo la conclusión del gasoducto Midcat, que uniría España con Francia a través de los Pirineos. Es un viejo proyecto que tenía como objetivo surtir a Europa con el gas de Argelia: en realidad, el Midcat no es más que la continuación del Medgaz, el gasoducto que va desde el yacimiento de Hassi R´Mel a Almería.

El proyecto Midcat, el gasoducto que uniría a España con Francia, tiene sentido si se pretende reducir la dependencia del gas ruso. Lo triste es que esa idea fue desechada por la ministra Ribera en 2018 porque no cuadraba con sus planteamientos verdes

El proyecto de interconexión se paró en Hostalric (Girona) en 2018. Francia, que ha apostado decididamente a la energía nuclear, no estaba muy entusiasmada con la idea, pero lo fundamental es que España la desechó porque la ya ministra de Transición Ecológica, Teresa Ribera, tenía en la cabeza que el gas debía desaparecer a medio plazo del mix energético para favorecer a las energías limpias.

Ribera cometió con el gas el mismo error que Europa con Putin. Confundió sus deseos con la realidad. Si el proyecto del Midcat hubiese seguido adelante, seguro que ahora estaría ya a punto de concluirse y el problema de la dependencia del gas ruso sería menor. Pero el ecologismo militante tiene estos inconvenientes.

Poner ahora en marcha el Midcat -todavía tiene sentido hacerlo- llevará al menos unos tres años y un coste de 500 millones, que Sánchez quiere que financie Bruselas. La ministra, que se resistió a la idea, ahora no ha tenido más remedio que recular, porque para España convertirse en una plataforma de distribución de gas para Europa -no sólo por el gas argelino, sino por las seis plantas de regasificación que existen en la Península- tiene un valor estratégico indudable.

Cuando el gas sea sustituido, la tubería puede servir para transportar otras fuentes de energía como el hidrógeno, el biometano y los biogases. Eso es algo de lo que también el sector advirtió al Ministerio cuando se paralizó el proyecto. Ni caso.

En cuanto al precio, ese es otro cantar. El gas va a seguir siendo caro. Rusia sabe que, por ahora, tiene cogida a Europa por los mismísimos, y otros países, como Argelia, aprovechan la situación para hacer su agosto. Hasta cierto punto, es entendible. El 90% del PIB argelino procede del gas. El gobierno de Argelia sabe que, según los objetivos de la agenda 2030, el futuro del gas es bastante negro. Así que, mientras puedan, harán caja.

Aproximadamente, el 10% de la energía eléctrica que se consume en Europa se genera con gas. Pero, por el sistema de precios marginalista vigente, su impacto en la factura de la luz es enorme, y es lo que ha llevado a los precios mayoristas a superar esta semana los 500 euros MWh.

Existe un consenso entre los gobiernos de la UE y las empresas energéticas (gasistas y eléctricas) sobre la necesidad de intervenir el precio del gas. Es decir, subvencionarlo a partir de un determinado nivel. Pongamos por caso, 80 euros, que era lo que se pagaba antes de la guerra. Eso llevaría, según cálculos de las empresas del sector, a que el precio de la luz bajase hasta los 300 euros el MWh. Es una medida de emergencia, pero que ya se ha contemplado en las toolbox (herramientas) aprobadas esta semana por la Comisión Europea. Esos topes al precio del gas, vía subvención, se aprobarán seguramente este mes. Para mayo queda pendiente el tema más importante: la revisión del sistema de fijación del precio de la electricidad.

Esperemos que para entonces no volvamos a caer en el mismo error. A lo mejor la guerra se lleva por delante algunas de las verdades absolutas de los ecotalibanes que tanto daño han hecho a nuestras economías.