Emmanuel Macron ha ganado a Marine Le Pen y a las encuestas. El presidente francés (República en Marcha) le ha sacado cuatro puntos a la líder de Reagrupamiento Nacional (RN, antes Frente Nacional), mientras los sondeos de los últimos días daban prácticamente un empate entre el centrista y la líder populista de la derecha francesa. En lo que no ha habido sorpresas es en que Macron y Le Pen se verán las caras en la segunda vuelta, que se celebra el próximo 24 de abril.

Las elecciones presidenciales en Francia siempre son importantes. Pero, en esta ocasión, lo son aún más. Se celebran, por primera vez desde la Segunda Guerra Mundial, en pleno conflicto bélico a las puertas de Europa, un conflicto en el que la UE ha optado claramente a favor de uno de los contendientes, Ucrania, y en contra del otro, Rusia. También por primera vez en la historia de la V República el candidato antisistema, en este caso Marine Le Pen, tiene aún opciones reales de triunfo. Le Pen, aunque en campaña ha obviado el asunto, ha mostrado simpatías por Vladimir Putin y su partido ha sido financiado por bancos rusos.

Las elecciones francesas tienen lugar después del triunfo rotundo de Viktor Orban, otro populista de derechas, en Hungría, y tras el éxito del ultranacionalista Aleksandar Vucic en Serbia, en comicios que se produjeron el pasado 3 de abril. Tanto Orban como Vucic simpatizan con Putin.

Los resultados de Le Pen, aunque por debajo de lo vaticinado por los sondeos, no dejan de ser relevantes. Ponen de relieve que una parte importante del electorado francés no comparte la esencia del proyecto europeo y quiere mirar hacia dentro, resucitar la grandeur, como en su día hicieron los británicos cuando votaron a favor del Brexit, o los norteamericanos, cuando le dieron su voto a Donald Trump, cuyo lema «America first» conecta con las esencias del renacimiento nacionalista en Europa. Pero con una diferencia cualitativa: si Le Pen ganara en la segunda vuelta, su victoria no sólo significaría un relevo en el Eliseo, sino, seguramente, un vuelco en el proyecto de construcción de Europa. Por eso el relativamente holgado triunfo del candidato centrista supone un respiro, aunque momentáneo, para los líderes europeístas de la UE y también para los mercados.

Mientras que Emmanuel Macron se ha mostrado claro partidario de endurecer las sanciones contra Putin y de enviar más armas a Zelenski, no sabemos muy bien lo que haría Le Pen si ganara. Aunque nos lo tememos. Seguramente, apostaría por contemporizar con Rusia, como está haciendo China, en aras de una cómplice equidistancia. ¿Le cabe a alguien alguna duda sobre cuál será la apuesta de Putin en la segunda vuelta?

El triunfo del presidente francés por un margen mayor del vaticinado en los sondeos es positivo para Europa, pero no hay que dar por hecha su victoria en la segunda vuelta, porque el voto populista de izquierda podría dividirse o ir a la abstención

Se dice que Macron ha hecho una mala campaña. Que se ha dedicado a la guerra de Ucrania y se ha olvidado de Francia. También que ha cometido el error de proponer ahora elevar la edad de jubilación de 62 a 65 años o de endurecer los requisitos para cobrar el paro. Al presidente francés, liberal, ex ministro de Economía con el socialista Hollande, le votan en teoría las clases altas e ilustradas, los franceses más pro europeos. En lo que coinciden tanto Le Pen, como el ultraizquierdista Jean-Luc Mélenchon y o el ultraderechista Éric Zemmour, es en acusar a Macron de ser el defensor de «la casta». Eso nos suena en España.

Mientras que Macron se reunía con Putin, hablaba con Biden o con Schultz, Von der Leyen o Zelenski, Le Pen ha hecho campaña en casa. No se ha dejado llevar por las diatribas de Zemmour, que ha buscado robarle votos en sus feudos (al final se ha tenido que conformar con algo más del 7% de los votos), y aparecía ante la opinión pública como una política sensible, con propuestas dirigidas a mejorar la vida de la empobrecida clase obrera y media baja francesa: ha pedido bajar el IVA de los carburantes o dar exenciones fiscales a los jóvenes. Y, por supuesto, mantener la jubilación a los 62 años.

Macron ha pedido sacrificios, Le Pen ha prometido mejoras. Eso en una Francia que tiene uno de los más sólidos estados de bienestar de Europa y del mundo. Con una inflación y un nivel de paro que son la mitad de los que sufrimos en España. Pero la líder de RN se dirige a los que creen que podrían vivir mejor si Francia caminara en solitario y, a ser posible, con muchos menos inmigrantes de los que ahora tiene. Podría ganar en la segunda vuelta porque hay un reducto de trabajadores industriales que han perdido su empleo y no han podido recolocarse. La industria ha caído más de diez puntos en el PIB de Francia en los últimos cuarenta años. Esos obreros industriales antes votaban al Partido Comunista o al Partido Socialista. Ahora, han visto a Le Pen como su última esperanza, o bien han votado por la indignación de Mélenchon.

Durante su mandato, Macron se ha dedicado a mimar a los empresarios, a hacer de Francia un país business frendly, sin olvidar, eso sí, el enorme peso del sector público en la economía nacional. Eso le ha facilitado la labor a Le Pen de presentar a su contrincante como un «amigo de los ricos». La demagogia no puede ocultar que esa actitud hacia los empresarios y hacia la inversión extranjera ha dado resultados.

Las elecciones en Francia, decíamos, son las más importantes de la V República que echó a andar en 1958. No sólo porque pueden suponer el triunfo del populismo, y porque pueden hacer variar el rumbo de la Unión Europea, sino porque van a significan, lo han significado ya en la primera vuelta, el final de los grandes partidos clásicos, del eje izquierda/derecha. La muerte del gaullismo y del PSF, con unos resultados (por debajo del 2%) que dejan a Anne Hidalgo y al socialismo francés a los pies de los caballos.

Macron puede ganar en la segunda vuelta. Es el favorito. Pero nadie debe darlo por seguro ¿Dónde irán los votos de Zemmour? Seguramente a Le Pen. Pero, ¿dónde ese 21,9% que ha votado a la extrema izquierda de Mélenchon? Nadie lo sabe.

Todo está abierto, pues, hasta dentro de quince días. Francia y Europa contienen la respiración.