Los que me seguís por Twitter o por Facebook podéis comprobar que tengo como imagen de fondo una bandera ucraniana con tres frases escritas. Las tres vienen a decir lo mismo: “¡No pasarán!”. Sobre la frase en ucraniano, no hace falta decir gran cosa, ya que el mundo lleva siendo testigo de su valentía ocho años y más de cincuenta días. Sobre la frase en castellano, todos conocemos la defensa de Madrid contra todo pronóstico y contra un ejército profesional por parte de uno (el republicano) que estaba aprendiendo a serlo a medida que combatía.

No obstante, quiero hablaros un poco sobre la última frase, ya que como rumano-descendiente es una por la que siento especial devoción. “Pe aici un se trece” (por aquí no se pasa) es el grito de guerra de las tropas rumanas durante la batalla de Mărășești durante casi un mes en agosto y septiembre de 1917.

La participación rumana en la Primera Guerra Mundial se puede dividir a grandes rasgos en tres fases, desastre, “our finest hour” (en terminología churchilliana) y tragedia para Rumanía pero triunfo para sus aliados. Durante la campaña de 1916 (una campaña que por cierto vio los primeros pasos de gigantes como Carl E. G. Von Mannerheim en el lado franco-rumano-ruso y de Erwin Rommel en el lado Alemán-Austro-Húngaro), tras un avance inicial de cierto éxito en Transilvania, las tropas rumanas sufrieron revés tras revés. La mitad del país acabó bajo ocupación y la nueva capital de Rumanía, Iași, atestada de refugiados.

También, la disentería, el cólera y el tifus estaban causando estragos en lo que quedaba del ejército rumano. En dichas condiciones, el general francés Henri Mathias Berthelot (apodado cariñosamente por las tropas rumanas “papa Berthelot”) se embarcó en una carrera casi imposible para convertir al ejército rumano en una fuerza capaz de defender lo que quedaba de su territorio.

Un ejército derrotado y ridiculizado a ojos del mundo y de sus enemigos tuvo su momento de gloria

El alto mando de los Imperios Centrales, por otro lado, apostó por una ofensiva fulminante para aplastar a lo que quedaba de Rumanía y acceder al trigo ucraniano. No obstante, los primeros que golpearon en Mărăști fueron los rumanos, y con tanto éxito que capturaron el café de los alemanes recién preparado y los pusieron en fuga. Erich von Falkenhayn y August von Mackensen apostaron el todo por el todo a una ofensiva sobre Mărășești y su estación ferroviaria que efectivamente paralizase el frente moldavo.

Lo que sigue, lo relataré con las palabras de mi abuelo, que probablemente a mis 11 o 12 años me hicieron interesarme por la historia militar. “Era un agosto especialmente caluroso, los nuestros se quitaron sus chaquetas y algunos se arremangaron las camisas o se las quitaron directamente, cuando los alemanes avanzaron hacia sus posiciones, después de machacarlos a cañonazos, los defensores se levantaron y les gritaron “pe aici nu se trece!” (añado yo, quizás una adaptación del On ne passe pas! de Verdún, pero no por ello menos admirable). Asalto tras asalto, el ataque de los alemanes fue rechazado, incluso llegando a la lucha a la bayoneta”.

Así, un ejército derrotado y ridiculizado a ojos del mundo y de sus enemigos tuvo su momento de gloria. Un momento que no duró, puesto que la Revolución de Octubre (noviembre) se llevó por delante tanto el frente rumano como el ucraniano y obligó a Rumanía a firmar una paz draconiana (inter alia, ceder su costa a Bulgaria y el monopolio de sus campos petrolíferos a empresas Austro-Húngaras hasta 1997).

La victoria aliada, por otro lado, permitió que Rumanía se pudiese anexionar territorios de mayoría rumana, Transilvania y Bucovina (Austro-Hungría) y Bessarabia (Imperio Ruso/Gobierno Soviético).

El norte de Bucovina, no obstante, a pesar de no haber pertenecido nunca a Rusia (en ninguna de sus formas) y de no haber sido reclamada en ningún momento, fue anexionada a la URSS (más concretamente a la República Socialista Soviética de Ucrania) después de otra guerra, la Segunda Guerra Mundial, como castigo y reparación por la participación rumana en la guerra de agresión contra la URSS y con ella su numerosa comunidad rumano-hablante.

Ojo, si alguien quiere ver en mis palabras un deseo revisionista/revanchista, se equivoca de persona, yo no soy Vladímir Vladímirovich Putin, ni sus secuaces en sus crímenes (Shoigu, Lavrov, Zakharova, Peskov y un largo etcétera que espero algún día rindan cuentas). Yo soy un federalista europeo capaz de comprender, aceptar y valorar el concepto de la solidaridad transfronteriza y de la presencia de comunidades similares (que no propias, como insiste machaconamente el Señor Putin) en países vecinos. Me parece loable que haya ucranianos de habla rumana (entre 150.000 y 250.000 si contamos a los que se declaran moldavos) y rumanos de habla ucraniana (50.000 – 200.000).

Suceava, tristemente famosa por ser el primer punto de acogida para los refugiados ucranianos, era refugio para objetores de conciencia ucranianos

He veraneado mucho en una ciudad llamada Suceava, en el norte de Rumanía, que ahora es tristemente famosa por ser el primer punto de acogida para los refugiados ucranianos. Pero antes de ser eso, Suceava era refugio para objetores de conciencia ucranianos; la ciudad donde la mitad de los cigarrillos que se fuman son de contrabando ucraniano; la ciudad donde algunos colegios enseñaban el ucraniano como lengua materna y, en definitiva, un lugar para el encuentro entre dos pueblos en pie de igualdad y desde el más absoluto respeto.

Por ello, hoy por hoy, cuando pienso en esos 400.000 ucranianos rumano-hablantes, pienso en su sufrimiento, en sus lágrimas, en su esfuerzo por evitar que el invasor fascista (sí, me atrevo a usar esa palabra y como politólogo, creo que con justicia) les arrebate el país que están intentando construir. Siento el dolor del pueblo ucraniano como propio, profundamente, pero el dolor de quien clama en tu mismo idioma materno es algo que te arranca el corazón del pecho.

Por eso, quiero pensar que cuando esos valientes ucranianos y ucranianas rumano-hablantes se enfrentan a los invasores fascistas, a los chechenos del quisling Khadirov y a los mercenarios neonazis de Wagner, en un rincón de su alma o de sus labios, queda esa bella frase que mi abuelo me enseñó hace veinte veranos: “pe aici nu se trece!”.


Victor Vasilescu es licenciado en Derecho y Ciencias Políticas, máster en Relaciones Internacionales-Estudios Africanos.