No se si vieron el jueves la intervención en el Congreso del diputado socialista Pedro Casares. Fue uno de los discursos más lamentables que recuerdo. Vociferó como si estuviera en un mitin sin megafonía, no dio ningún argumento, no se molestó en aportar ningún dato, no digamos ya una reflexión. Sin embargo, la bancada socialista le aplaudió con entusiasmo mientras hablaba, forzándole a gritar aún más. Incluso el flemático ministro Bolaños batió palmas. A Emilio Castelar le hubiera dado un infarto de haber presenciado tan lamentable espectáculo.

El diputado Casares no es un caso único, es un síntoma del nivel al que ha llegado nuestra clase política. Casares forma parte de esa nueva clase de profesionales de la política que aspiran sobre todo a medrar, a tener un puesto en una tertulia, televisiva a ser posible, y que se presentan como abanderados de la era digital. No es un diputado de a pie, no. Es el portavoz de Economía del PSOE en el Congreso y secretario de Economía y Transformación Digital del PSOE, además de profesor de Economía de la Universidad de Cantabria. Lo digo para que sepan que no se trata de un indocumentado, sino de un ejemplar típico de esta nueva especie que se caracteriza por su sectarismo, por dar caña a sus adversarios.

En los últimos días se han publicado muchos artículos sobre la compra de Twitter por Elon Musk. El empresario va a desembolsar 44.000 millones de dólares por la red social que el año pasado presentó unas pérdidas de 221 millones de dólares. El activo de Twitter es su número de usuarios: 217 millones en todo el mundo. O sea, que pierde más de un dólar por usuario. Pero lo que vale de Twitter es que es la red que utilizan con profusión políticos y periodistas. Es un foro de opinión política.

Ni los resultados de Twitter ni sus ingresos (poco más de 5.000 millones de dólares) justifican un precio tan alto. Por tanto, lo que está comprando Musk es influencia. Y la influencia es un intangible de valor incalculable. ¿Cuánto vale la reputación de alguien? ¿Cuánto convertir a un desconocido en un influencer?

Entiendo la preocupación de algunos por esta operación. Aunque Twitter no era ningún ágora democrática antes de la llegada de Musk. No. Formaba parte de ese gran engaño que representan las redes sociales: la apariencia de democracia.

Elon Musk quiere controlar el negocio de la influencia. Twitter consolida con su fórmula el sectarismo que hoy impera en la política y que supone un peligro para la democracia

Muchos incautos creen que porque pueden dar su opinión en un tuit eso hace que su opinión cuente para algo. No se engañen. Son los grandes reyes de la red los que marcan las pautas. Nicolás Maduro es un fan de Twitter. Donald Trump -hasta que fue expulsado- era un obseso de la red del pajarito azul, creía que con su manejo podía controlar Estados Unidos. Y estuvo a punto de lograrlo. En España, otros políticos como Pablo Iglesias han hecho de la red una especie de púlpito desde el que predicar eslóganes y odios.

Las grandes cuentas disponen de equipos nutridos de expertos que lanzan su opiniones, que luego retuitean robots de forma masiva hasta hacerlos virales. ¿Hay algo más antidemocrático que eso?

Además, los mensajes no pueden ser largos: 280 caracteres a lo sumo. No caben las argumentaciones, tan sólo las opiniones, como puñetazos, cuanto más contundentes, mejor.

Se preguntarán qué tiene que ver Elon Musk con Casares. Sencillamente, que el diputado responde perfectamente al modelo que representa Twitter. Contundencia, agresividad y ningún ánimo de convencer, sino de agradar a su parroquia.

Twitter no ha triunfado porque amplíe la capacidad de opinar de los ciudadanos, sino porque es fácil de utilizar y, además, es gratis. Por su naturaleza, es sectario y no requiere una gran formación. ¡Cuántos políticos han tenido que borrar su historial por temor a que sus enemigos les saquen las vergüenzas de frases tuiteadas en un calentón!

En Twitter, mucho más que en otras redes, se confunde la información con el entretenimiento. Cuando Neil Postman escribió su obra Divertirse hasta morir (1985) no existía Twitter, pero su reflexión de lo que llamó mediocracia sirve para aplicarlo a la red: «Hay una amenaza inequívoca en ella: hace al público inmaduro o lo mantiene en la inmadurez. Y toca la base social de la democracia. Nos divertimos hasta morir».

Musk ha prometido «ensanchar la libertad de expresión» en Twitter, lo que algunos interpretan como la vuelta de Trump a la red. No hay que obsesionarse. Muchos de los que aplaudieron su expulsión no dijeron nada de que dictadores como Maduro sigan campando por sus respetos. Ahora mismo, la difusión de noticias falsas a través de la red es un problema real, no ha sido el creador de Tesla el culpable.

El mal es mucho más profundo. La tecnología en sí misma no tiene ninguna responsabilidad. La nueva forma de hacer política, la generalización del maquiavelismo, de la mentira como herramienta útil, del sectarismo, son las causas que han hecho de Twitter una red que puede hacer peligrar la democracia.