La semana pasada hicimos una encuesta en las calles de Barcelona para nuestro canal de Youtube. Preguntábamos a la gente su opinión sobre la guerra en Ucrania, y un chico que practicaba el hinduismo védico contestó que el alma de Vladimir Putin era la reencarnación de la de Adolf Hitler y de otros dictadores del pasado. No sé si será verdad, pero hay que reconocer que en la faceta de la propaganda la última reencarnación supera con creces a cualquiera de las versiones anteriores.

Y eso que Putin lo tiene mucho más difícil de lo que lo tenían Hitler o Stalin, porque tanto la ideología nazi como la estalinista, dentro de su inmensa monstruosidad, albergaban un cierto principio progresista. Hitler aspiraba a criar una nueva raza de super hombres, Stalin pregonaba la aparición de una nueva especie de Homo soviéticus.

Putin no se molesta en ofrecer a sus compatriotas ninguna visión de futuro… No crea nada, sino que se aprovecha de lo que hay»

Putin, en cambio, no se molesta en ofrecer a sus compatriotas ninguna visión de futuro. Su principal discurso -una Rusia patriarcal, jerárquica y ortodoxa – suena bastante fundamentalista en el sentido más amplio de la palabra.
Entonces, ¿cómo consigue dominar las mentes de millones de individuos del siglo XXI? ¿Qué motivación crea para todos ellos? La respuesta es simple: no crea nada, sino que se aprovecha de lo que hay.

El ejemplo de la victoria en la Segunda Guerra Mundial es muy ilustrativo en este aspecto. En ruso esta guerra se llama la Gran Guerra Patriótica porque casi todas las familias de la antigua Unión Soviética tuvieron que llorar la muerte de algún ser querido. Los horrores de aquella guerra aún siguen vivos en la memoria colectiva y el amor y respeto hacia los veteranos es un denominador común en los estados independientes nacidos de la desintegración de la URSS (incluyendo a Ucrania).

Originalmente el Día de la Victoria, que se celebra el 9 de mayo, iba precisamente de eso: rendir homenaje a los veteranos, recordar a los padres y abuelos caídos y pedir paz para todo el mundo. Algunos años también se organizaban desfiles de militares y veteranos pero siempre con un claro mensaje de paz y de «nunca más».

Pero a partir de 2008 la situación empezó a cambiar. Aquel año el presidente Putin reintrodujo la tradición de desfiles militares a gran escala acompañados de exhibición de nuevo armamento. La fiesta de la paz y la memoria fue convirtiéndose paulatinamente en un festival del orgullo nacional y el poder militar. Hoy en día ya nadie se acuerda de los lemas de antaño: «paz para el mundo» o «nunca más». Ahora lo que se lleva es «podemos volver a hacerlo», «vienen los rusos» y «vamos a Berlín».

Aquí se ve claramente el modus operandi de la propaganda de Putin. Igual que un parásito penetra en el organismo del huésped por una puerta desprotegida, la propaganda de Putin busca los puntos sensibles y los sentimientos a flor de piel de la conciencia colectiva y se adhiere allí. Y llega un momento en el que honrar la memoria de tu abuelo y sentir el dolor por su muerte automáticamente implica querer repetir sus hazañas militares. ¿Quieres paz? ¡Haz la guerra!

La manipulación es tan hábil que ni siquiera te enteras de ella. Y como un parásito que se introduce en su huésped, los símbolos propagandísticos, como la cinta de San Jorge -símbolo de la anexión de Crimea-, o las Z y V -símbolos de la invasión en Ucrania-, se incrustan en las postales de felicitación del Día de la Victoria y en las celebraciones populares.

La gran victoria de 1945 se fusiona con la guerra de Ucrania de 2022… Condenar la guerra en Ucrania significa traicionar al abuelo caído en la batalla»

La gran victoria de 1945 se fusiona con la guerra de Ucrania de 2022. Vienen en un pack, y renunciar a una cosa significa renunciar también a la otra. Condenar la guerra en Ucrania significa traicionar al abuelo caído en la batalla. ¿Amas a tu abuelo? ¡Mata a los ucranianos! Ya sé que es difícil de concebir para una persona en su sano juicio.

Por eso propongo un ejercicio. Imaginemos que tenemos una sociedad con alguna sensibilidad pronunciada. Por ejemplo, con mucho sentimiento pacifista y sensibilidad en los temas de tráfico de armas y alianzas militares. Imaginemos que no nos gusta nada la alianza militar llamada OTAN. La aborrecemos y la consideramos culpable de mucho daño y mucho dolor en el mundo.

Ahora imaginemos que viene alguien y nos dice que este malévolo organismo en parte también es culpable de lo que está pasando en Ucrania. Nos cuentan que Putin invadió Ucrania para prevenir la expansión de la OTAN al Este y para mantener sus bases militares lejos de las fronteras rusas.

Sabemos perfectamente que en realidad la incorporación de Ucrania en la OTAN estaba muy lejos de producirse. Sabemos que justo un mes antes de la guerra se lo dejaron más claro que el agua, diciendo que primero había que «construir un estado libre de corrupción» y luego ya se hablaría. Nosotros sabemos todo esto, pero nos dejamos llevar… Ahora solo queda obsequiarnos con un bonito símbolo anti-OTAN. Y de allí solo un paso hasta una pequeña «operación especial» en nuestro nombre.


Yulia Tarán es coordinadora regional de la Asociación Solidaria con la Sociedad Civil y el Desarrollo de la Democracia en Rusia