Esto no hay quien se lo trague. Esto es un sometimiento humillante y fuera de lugar ante unos independentistas que han tratado de derribar al Estado y a la Constitución que lo ampara y que por esa razón, y por ninguna otra, estaban siendo vigilados por los Servicios Secretos de España.

Unos separatistas que montaron, impulsaron y financiaron a los grupos más violentos que se han visto en las calles de Barcelona desde la guerra civil de 1936. Unos individuos que provocaron lesiones gravísimas a muchos policías nacionales, motivo por el cual alguno de ellos ha tenido que dejar el Cuerpo a los 4o años.

Ésa fue la razón del seguimiento al grupo político que tenía su brazo armado en los CDR y en su versión más salvaje el llamado Tsunami Democrático. Pero no es posible que nos coloquen desde el Ejecutivo la monumental trola de que «el Gobierno no sabe ni quiere saber» a quién se vigiló.

Por Dios, si es el presidente del Gobierno y alguno de sus ministros el que dicta las directrices que han de seguir los servicios secretos. Si es él quien establece las proridades de las investigaciones encomendadas al CNI. Si es él quien recibe personalmente los informes que el Centro Nacional de Inteligencia le remite con una frecuencia diaria y es él con la ministra de Defensa o sin ella el que se reúne mensualmente con el director o directora del CNI.

Y, por supuesto, a ningún responsable de los Servicios Secretos, se le ocurriría ni por lo más remoto controlar los movimientos de un alto cargo autonómico -éste era el caso de Pere Aragonés en tanto que vicepresidente de la Generalitat- sin que el presidente del Gobierno esté perfectamente enterado y además lo autorice.

Nos están contando una mentira destinada a recomponer las relaciones con los independentistas

Nos están contando una mentira destinada a recomponer las relaciones con los independentistas, indultados por Pedro Sánchez contra el criterio del Tribunal setenciador, porque son los que le aseguran no solamente la supervivencia en el poder sino que le garantizan gracias a estas trampas y a estas trolas que no le van a montar otro referéndum ilegal ni otra declaración de independencia.

Porque resulta que el señor Sánchez pretende irse del poder habiéndose ganado el aura de «pacificador de Cataluña» a costa de la dignidad de todos los españoles. Fue cosa de ver, y de tragar, la entrevista publicada ¡¡a cuatro columnas!! por un periódico afin al Gobierno en la que un sonriente golpista le perdonaba la vida al presidente del Gobierno y a España entera «si rodaban cabezas y no les volvían a espiar». Es decir que el Ejecutivo y el Servicio Secreto se tenian que comprometer a no volver a hacerles el seguimiento del que se habían hecho ampliamente acreedores.

O lo que es lo mismo, impunidad para quienes han querido cargarse España y la Constitución. No podemos caer más bajo. Naturalmente, el señor Junqueras ya estaba enterado de que se ponía la cabeza de la directora del CNI como ofrenda en la bandeja del separatismo. Para eso era el despliegue del periódico, para ponerle alfombra roja al perdón de los golpistas.

Pero la cosa tiene más dobleces todavía porque la responsabilidad de controlar la seguridad de los teléfonos del Gobierno descansaba en la Secretaría de la Presidencia, cargo que hace un año desempeñaba Félix Bolaños. Era él quien tenía la responsabilidad de mantener la vigilancia de las terminales telefónicas y ahora nos enteramos de que en todo un año ese seguimiento no se hizo.

De modo que nos encontramos con una directora del CNI que no sólo ha informado detalladamente al presidente del Gobierno de los seguimientos a una veintena de independentistas, incluido Pere Aragonés, la protovíctima del espionaje con autorización judicial -solicitud de autorización que tiene que ser argumentada y justificada- sino que ni siquiera tiene responsabilidad en el control periódico de los teléfonos del presidente y de sus ministros, aunque sí de los programas para detectar cualquier intromisión.

De lo cual se concluye que Paz Esteban es la pieza simplemente escogida para dar satisfacción a los independentistas. Por eso ha resultado tan sonrojante la rueda de prensa ayer de la ministra de Defensa, Margarita Robles, que además de hacer el ridículo con la tontería esa de la «sustitución», que como su propio nombre indica es siempre posterior a la destitución, ha perdido irremediablemente la vergüenza manteniéndose en el Gobierno en esas condiciones de capitulación.

Es del todo irrelevante que el presidente le haya «concedido» elegir a la sucesora del Paz Esteban en lugar de otorgar ese «honor» a su adversario en este caso, el ministro de la Presidencia. Eso es lo mismo que mirar el dedo en lugar de examinar la luna.

Porque si la directora del CNI ha cumplido escrupulosamente la ley en el seguimiento a los separatistas, y si la responsabilidad de hacer un seguimiento periódico, y no una vez al año, es de la Secretaría de Presidencia ¿por qué se la destituye? Con razón decía la ministra de Defensa que «no ha pasado nada» para justificar su relevo. Claro que no, eso es lo grave, es la vergüenza que carga sobre los hombros de todos nosotros y sobre el prestigio de nuestro país.

Esta es una operación indigna, oscura y sucia que además pone al CNI a los pies de los caballos internamente y de cara al exterior. Ya no queda una sóla institución del Estado que no haya sido atropellada, desacreditada y ninguneada por este Gobierno.

La almendra del asunto es que la directora de los Servicios Secretos españoles ha sido utilzada como moneda de cambio para hacerse con el perdón del independentismo con el objetivo de que Sánchez se mantenga en el poder.

Para ninguna otra cosa más. Y si la ministra de Defensa tiene la dignidad y el sentido del Estado del que se ha vanagloriado tantas veces, ahora tiene la ocasión de demostrarlo presentando su renuncia al cargo. Cualquier otra cosa la convierte en cómplice de esta obscenidad.