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El secuestro de Felipe VI

La visita de don Juan Carlos a España, tras casi dos años de forzada expatriación, ha provocado una agria polémica.

Como es natural, los republicanos (desde Podemos a ERC) han utilizado el regreso del emérito para agitar su causa. Monarquía y corrupción son todo uno. Haciendo tabla rasa del Estado de Derecho, Alberto Garzón (líder de IU y ministro de España) dijo el pasado fin de semana que “toda España sabe que es un ladrón, un delincuente acreditado”.

Lo que es más extraño en todo este lío es que sea Moncloa, el Gobierno, el que asuma el papel de intérprete de la Casa Real

El Gobierno, por su parte, tampoco ha desaprovechado la ocasión para atizarle al padre del Rey, exigiéndole “explicaciones y disculpas” por su comportamiento. Dicen en Moncloa que la forma en la que se ha producido la visita “daña a la Corona”.

Pero, oficialmente, la Casa Real no ha dicho esta boca es mía, lo que permite que se utilice su silencio a conveniencia del medio o el opinador de turno.

El líder del PP, Alberto Núñez Feijóo, aclaró el domingo que don Juan Carlos puede venir a España cuando quiera porque no tiene ninguna cuenta pendiente con la Justicia, y si es a Galicia, mejor que mejor. Vox se ha pronunciado en un sentido parecido.

La llegada del emérito a España fue pactada con su hijo y pilotada desde Moncloa (Félix Bolaños participó en la negociación a tres en la que intervino también el jefe de la Casa Real, Jaime Alfonsín). No parece que don Juan Carlos se haya saltado los límites establecidos, como, por ejemplo, no hacer declaraciones públicas.

Lo que es más extraño en todo este lío es que sea Moncloa, el Gobierno, el que asuma el papel de intérprete de la Casa Real. ¿De verdad Felipe VI está molesto con la visita de su padre?

Me temo que Moncloa está haciendo su particular campaña a costa de don Juan Carlos, y si me apuran, de la Zarzuela para hacer ver a sus socios -todos republicanos- que Sánchez quiere un rey no sólo impoluto, sino débil y, sobre todo, supeditado al poder Ejecutivo. Olvidando el papel moderador y por encima de los partidos que le otorga la Constitución.

A Sánchez le gustaría tener secuestrado al Rey en palacio y sin opinión propia. Por eso utiliza a su padre como un elemento debilitador.

Felipe VI, en ese asunto, debe tener su propia agenda y no permitir que la Corona se convierta en un elemento de disputa en el debate político.

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